El Descenso, por Ingrid Volpi

EL DESCENSO


por Ingrid Volpi

Nunca supieron cuándo dejó de ser un pueblo y empezó a ser un cadáver que seguía respirando. Las casas permanecían en pie, las ventanas aún reflejaban el amanecer y las campanas de la iglesia continuaban sonando cada domingo, pero nadie recordaba la última vez que un niño había reído sin que, horas después, apareciera una sombra inmóvil junto a su cama.


Aurelio era el único sepulturero. Llevaba cuarenta años enterrando vecinos y, con el tiempo, comenzó a sospechar que algunos ataúdes pesaban más al desenterrarlos que al bajarlos a la tierra. No porque hubiera más carne, sino porque algo regresaba con ellos.


Cada noche escuchaba pasos alrededor de su vivienda. Eran lentos, pacientes, como si el barro hubiera aprendido a caminar. Nunca abría la puerta. Bastaba con observar la rendija inferior: siempre aparecía una fina línea negra deslizándose hacia adentro, como un humo espeso incapaz de elevarse.


Una madrugada decidió seguir ese rastro hasta el cementerio.


Las tumbas estaban abiertas.


No había cuerpos.


Solo montículos de tierra húmeda rodeaban un pozo enorme, tan profundo que la oscuridad parecía absorber el sonido. Desde el fondo llegaba un murmullo compuesto por cientos de voces susurrando el nombre de personas que todavía seguían vivas.


Aurelio comprendió entonces que el cementerio jamás había servido para guardar a los muertos. Servía para alimentarlos.


Se inclinó sobre el borde y una mano huesuda emergió de las tinieblas. Luego otra. Después decenas. No intentaban sujetarlo; señalaban detrás de él.


Al darse vuelta encontró a todos los habitantes del pueblo observándolo en absoluto silencio. Sus rostros estaban inmóviles, demasiado inmóviles, como máscaras de cera. Uno por uno comenzaron a sonreír. No había alegría en esas sonrisas, solo una certeza insoportable.


El sacerdote dio un paso al frente y habló con una voz que parecía salir desde el mismo pozo.


—Siempre hace falta un nuevo guardián.


Los vecinos avanzaron despacio.


Aurelio retrocedió hasta sentir el vacío bajo los talones.


Entonces comprendió el verdadero horror: nunca había sido el sepulturero. Había sido el último prisionero.


Cayó.


La caída no terminó jamás.


Mientras descendía, las paredes del abismo estaban cubiertas por incontables figuras humanas empotradas en la roca. Algunas lloraban. Otras rezaban. Muchas habían olvidado cómo mover los ojos. En el centro de aquella inmensidad latía una criatura imposible, una masa de carne ennegrecida y raíces entrelazadas que respiraba con el ritmo de un corazón enfermo.


La entidad abrió miles de bocas al mismo tiempo.


Todas pronunciaron el nombre de Aurelio.


Y él respondió.


No porque quisiera.


Porque ya no recordaba haber tenido otra voz.


Cuando el pueblo despertó a la mañana siguiente, un nuevo sepulturero barría las hojas del cementerio con una serenidad inquietante, regodeándose en el aroma de sus propias flatulencias, como si aquel gesto grotesco fuera el único rastro de humanidad que aún persistía bajo la piel.


Nadie comentó nada.


En ese lugar, las cosas más horribles siempre eran las que dejaban de llamar la atención.

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