Los eucaliptos del Monte de la Francesa y el viento del norte, por Willian Araújo

Los eucaliptos del Monte de la Francesa y el viento del norte

Willian Araújo

“Hay quienes dicen que el viento norte solo mueve las hojas de los árboles. Pero los viejos vecinos de Colón saben que no es así. Ellos aseguran que, antes de llegar al Monte de la Francesa, ese viento cruza el océano, recoge una antigua promesa en las costas de Francia y la trae de regreso para que el amor nunca sea olvidado.”

Nadie sabe cuándo comenzó la leyenda.

Los más ancianos afirman que nació con el primer eucalipto. Otros dicen que fue el propio viento quien la susurró por primera vez.

Pero todos coinciden en una sola cosa.

Cuando el viento norte sopla entre los árboles del Monte de la Francesa, el tiempo deja de existir.




Muchos años antes de que existiera Villa Colón, Juan Bautista Perfecto Giot había llegado solo al Uruguay.

Era un hombre de mirada serena y espíritu inquieto. Recorrió aquellas tierras abiertas, observó sus campos infinitos y comprendió que allí podía levantar una villa diferente, un lugar donde los sueños echaran raíces.

Sin embargo, mientras imaginaba caminos, hoteles y jardines, sentía que le faltaba lo más importante.

No quería construir un futuro sin compartirlo.

Por eso regresó a Francia.

No volvió buscando fortuna.

Volvió buscando amor.

En un pequeño pueblo lo esperaba Margueritte Badet, una joven cuya sonrisa parecía iluminar los inviernos franceses. Treinta y cinco años separaban sus edades. Muchos murmuraban que aquel amor no podía durar.

Pero el amor jamás aprendió a contar años.

Solo aprendió a reconocer almas.

Se casaron rodeados por sus familias y, poco tiempo después, nació Andrés.

Cuando Perfecto sostuvo por primera vez a su hijo, comprendió que el sueño del Uruguay ya no le pertenecía solamente a él.

Ahora pertenecía a los tres.

Una noche habló con Margueritte.

Le contó de aquella tierra lejana donde el horizonte parecía no terminar nunca.

Le habló de un país joven, donde todavía era posible sembrar un bosque antes que una ciudad.

Ella escuchó en silencio.

No preguntó cuánto tardaría el viaje.

No preguntó qué encontrarían al llegar.

Solo tomó la mano de Perfecto.

Eso fue suficiente.




La mañana de la partida, Margueritte caminó por última vez entre los árboles de su infancia.

Se arrodilló, tomó un pequeño puñado de tierra francesa y lo guardó dentro de un pañuelo bordado por su madre.

—Para que una parte de mi hogar viaje conmigo —susurró.

Con Andrés en brazos subió al barco.

Durante semanas el océano fue el único paisaje.

Las noches parecían interminables.

Cuando las tormentas hacían crujir la embarcación, Perfecto abrazaba a su esposa y a su hijo mientras repetía una promesa.

—Algún día tendrás un hogar donde nunca te sentirás extranjera.

Margueritte cerraba los ojos.

No sabía si aquel lugar existía.

Pero confiaba en quien lo soñaba.




Al llegar al Uruguay descubrió una tierra hermosa.

El viento olía distinto.

La luz tenía otro color.

Y los silencios eran tan profundos que parecía posible escuchar crecer el pasto.

Perfecto veía el futuro.

Margueritte veía la ausencia de Francia.

Nunca se quejó.

Jamás pronunció una palabra de tristeza.

Pero algunas tardes permanecía mirando hacia el norte, como si detrás del horizonte todavía pudiera distinguir los paisajes de su infancia.

Perfecto comprendió entonces que existen nostalgias que no pueden curarse con palabras.

Y decidió hacer algo extraordinario.

No quiso regalarle joyas.

Ni vestidos.

Ni castillos.

Quiso regalarle un paisaje.

A finales del siglo diecinueve comenzó a plantar miles de eucaliptos australianos y otras especies. Junto al paisajista Jean Pierre Serres fue dibujando senderos donde antes solo existía campo abierto.

Algunos pensaban que estaba creando un parque.

Pero la leyenda dice otra cosa.

La leyenda asegura que cada árbol fue plantado pronunciando en voz baja el nombre de Margueritte.

Que en cada raíz enterró una esperanza.

Y que, sin que nadie lo viera, mezcló junto a uno de los primeros árboles el pequeño puñado de tierra francesa que ella había traído escondido desde su pueblo.

Desde entonces, Francia y Uruguay quedaron unidos para siempre bajo las mismas raíces.




Cuando el parque estuvo terminado, Perfecto condujo a Margueritte hasta el centro del bosque.

Ella respiró profundamente.

El perfume de los eucaliptos se mezcló con el aroma húmedo de la tierra.

Por un instante creyó reconocer el olor de los bosques donde había jugado de niña.

Entonces comprendió.

Perfecto no había intentado borrar su pasado.

Había logrado que su pasado floreciera en una tierra nueva.

Lloró.

No de tristeza.

Sino porque comprendió que, a veces, el amor también sabe sembrar.

Desde aquella tarde caminaron todos los días entre los árboles.

Andrés corría delante de ellos persiguiendo mariposas.

Ellos reían.

Y el bosque comenzaba a aprender sus nombres.




Los años pasaron.

Villa Colón nació alrededor de aquel parque.

Llegó el ferrocarril.

Llegaron nuevas familias.

Llegó el Giot Parc Hotel.

El barrio comenzó a crecer.

Pero el Monte de la Francesa permaneció como el corazón silencioso de la villa.

Allí se enamoraron jóvenes.

Jugaron niños.

Descansaron ancianos.

Las familias encontraron un refugio donde el tiempo parecía caminar más despacio.

Sin proponérselo, Perfecto y Margueritte habían regalado a Colón mucho más que un parque.

Habían regalado un lugar donde cada vecino pudiera guardar un recuerdo.




Cuentan que, muchos años después, cuando Perfecto partió para siempre, Margueritte volvió sola al bosque.

Llevaba en sus manos el mismo pañuelo de lino.

Lo abrió lentamente.

Ya no quedaba tierra.

Solo el perfume de Francia.

Entonces el viento norte comenzó a soplar.

No era un viento cualquiera.

Venía desde muy lejos.

Había cruzado el océano.

Había recorrido los caminos donde ella fue niña.

Había atravesado los campos de su pueblo.

Y regresaba para decirle que ningún amor verdadero conoce fronteras.

Las hojas comenzaron a cantar.

Los eucaliptos inclinaron lentamente sus copas.

Y, por primera vez, el bosque respondió al viento.

Dicen que esa noche los árboles aprendieron a recordar.




Desde entonces ocurre algo extraordinario.

Cada vez que el viento norte atraviesa el Monte de la Francesa, el tiempo vuelve a detenerse.

Quien camine despacio, sin hablar y con el corazón dispuesto a creer, podrá ver tres figuras perdiéndose entre la arboleda.

Un caballero de sombrero oscuro.

Una joven mujer de vestido claro.

Y un niño que corre algunos metros delante de ellos, riendo entre los senderos.

Nadie logra alcanzarlos.

Porque no pertenecen al presente.

Pertenecen a la memoria.

Los viejos vecinos sonríen cuando alguien pregunta si de verdad existen.

Ellos nunca responden.

Solo invitan a esperar el próximo viento norte.

Porque saben que algunas historias no fueron escritas para demostrarse.

Fueron escritas para sentirse.

Y mientras los eucaliptos sigan levantando sus ramas hacia el cielo de Colón, mientras un niño juegue bajo su sombra, una pareja se tome de la mano o un anciano cierre los ojos para escuchar el murmullo del bosque, la promesa de Perfecto seguirá viva.

Porque aquel parque nunca fue solamente un parque.

Fue una declaración de amor.

Un puente entre Francia y Uruguay.

El hogar de una familia.

Y el corazón eterno de Villa Colón.

Por eso, cuando el viento norte vuelva a soplar, no apresures el paso.

Detente.

Escucha.

Tal vez, entre el canto de las hojas, oigas a alguien pronunciar en francés el nombre de Margueritte.

Y entonces comprenderás por qué, desde hace más de un siglo, el Monte de la Francesa no pertenece solamente a la historia.

Pertenece a la leyenda.

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