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El Descenso, por Ingrid Volpi

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EL DESCENSO por Ingrid Volpi Nunca supieron cuándo dejó de ser un pueblo y empezó a ser un cadáver que seguía respirando. Las casas permanecían en pie, las ventanas aún reflejaban el amanecer y las campanas de la iglesia continuaban sonando cada domingo, pero nadie recordaba la última vez que un niño había reído sin que, horas después, apareciera una sombra inmóvil junto a su cama. Aurelio era el único sepulturero. Llevaba cuarenta años enterrando vecinos y, con el tiempo, comenzó a sospechar que algunos ataúdes pesaban más al desenterrarlos que al bajarlos a la tierra. No porque hubiera más carne, sino porque algo regresaba con ellos. Cada noche escuchaba pasos alrededor de su vivienda. Eran lentos, pacientes, como si el barro hubiera aprendido a caminar. Nunca abría la puerta. Bastaba con observar la rendija inferior: siempre aparecía una fina línea negra deslizándose hacia adentro, como un humo espeso incapaz de elevarse. Una madrugada decidió seguir ese rastro hasta el cementerio. ...

Los eucaliptos del Monte de la Francesa y el viento del norte, por Willian Araújo

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Los eucaliptos del Monte de la Francesa y el viento del norte Willian Araújo “Hay quienes dicen que el viento norte solo mueve las hojas de los árboles. Pero los viejos vecinos de Colón saben que no es así. Ellos aseguran que, antes de llegar al Monte de la Francesa, ese viento cruza el océano, recoge una antigua promesa en las costas de Francia y la trae de regreso para que el amor nunca sea olvidado.” Nadie sabe cuándo comenzó la leyenda. Los más ancianos afirman que nació con el primer eucalipto. Otros dicen que fue el propio viento quien la susurró por primera vez. Pero todos coinciden en una sola cosa. Cuando el viento norte sopla entre los árboles del Monte de la Francesa, el tiempo deja de existir. Muchos años antes de que existiera Villa Colón, Juan Bautista Perfecto Giot había llegado solo al Uruguay. Era un hombre de mirada serena y espíritu inquieto. Recorrió aquellas tierras abiertas, observó sus campos infinitos y comprendió que allí podía levantar una villa diferente, un...

"El Afilador." Luizana Fleitas Herrera

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  "El afilador."  https://entreversosynarrativas.blogspot.com/2026/07/el-afilador-luizana-fleitas-herrera.html?m=1 En un pequeño pueblo a las afueras de Canelones, cuando el sol desaparece, las puertas se cierran. No por costumbre. Por miedo. Nadie recuerda cuándo llegó el afilador. Los más ancianos aseguran que ya recorría las calles cuando ellos eran niños. Hoy parece el mismo hombre: unos setenta y tantos años, espalda encorvada, ropa gastada y una bicicleta antigua, oxidada. En una caja de madera lleva tijeras, navajas y cuchillos que chocan entre sí con un sonido seco. Y entonces... suena el silbato. Es una melodía aguda. Extraña. Tan penetrante que parece atravesar las paredes. Si lo escuchás de día, no pasa nada. Pero si suena después de que oscurece... no salgas. No mires por la ventana. No respondas si alguien golpea la puerta. Hace años desapareció un niño que quiso verlo pasar. Su madre juró haber escuchado el silbato detenerse frente a la casa. Del niño nunca volv...

Imprevistos, por Diana Fajardo

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IMPREVISTOS               Por Diana Fajardo   Hace poco visité a mi prima Josefina; había pasado demasiado tiempo desde la última vez que logramos reunirnos como antes. Entre anécdotas, noté en ella esa mirada y esa sonrisa pícara que conozco de sobra. Con un gesto de fingido desinterés, me adelanté a sus palabras:    —¡Otra vez la pelota en la casa de doña María! Aunque... todavía me acuerdo de él.   Sentí el calor subiéndome a las mejillas. Josefina soltó una carcajada.    —No te imaginas la cara que pusiste cuando lo viste. Estás del mismo color ahora. Recuerdo que pensé: «A esta guacha le gustó el muchacho».    —Me da vergüenza recordarlo —admití, algo sonrojada—. Quizás se dio cuenta de todo. Me quedé petrificada, sin saber qué decir; solo atinaba a mirarle las manos. Era lindo —añadí con una sonrisa tímida—. Creo que fue un flechazo, Jose.    —Claro que me acuerdo —procedió ella con tono burl...

A Trilce (de César Vallejo), por Jazmín Villarino (Nollaig Murray)

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  A Trilce (de César Vallejo)  por Jazmín Villarino   Me asombra y me asombra ... lo presiento    quiero entrar en él , dejar que entre a mí    Hace rato a su alrededor... está en mis manos , y no puedo, ni me acerco   ... entonces me desarmo lento, me vuelvo muy liviana, me dejo flotar "llévame adonde sea ..." Desde el libro, él siente la entrega Y llega no todo, apenas llega y es Todo.   (Algo en él hace que no me entienda y entienda que no importa no entender)   Y me dice al oído, a las manos, a la yema de mis dedos que lo rozan apenas, alma que me contacta desde el papel, que todo es un apenas... Gracias Yaz   Lloro por el poeta que existirá hasta que el mundo   se termine. Siento en mí su tristeza. Tu poesía es la vena que me lleva   al pulso de cualquier desconocido, y soy una con todos:   belleza cruda y caos...¡Vida, poeta, vida! Los poetas no mueren, se transfor...

Sonidos de tu amor, por Diana Fajardo

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SONIDOS DE TU AMOR  Por Diana Fajardo Quiero dormirme oyendo tu corazón, pues tu voz es la más hermosa canción. En  mí despiertas mi mejor versión, y en tu abrazo encuentro emoción. Me encanta cuando vienes a abrazarme, cada momento es un motivo para  soñarte. Todo lo que vivimos hace al amor florecer, y cada instante fue hecho para besarte y quererte. Cierro mis ojos y te escucho respirar, en la serena noche de Brasil, dejándonos  llevar. Mi alma se une con la tuya en dulce armonía, y tus manos entrelazadas con las mías me llenan de alegría. Bajo la luz de las estrellas dejo el tiempo pasar, y en el silencio de la noche solo  deseo amarte. Te siento tan cerca, como un sueño sin fin, y en cada latido de tu corazón encuentro la paz en mí. SONS DO SEU AMOR Por Diana Fajardo   Quero adormecer ouvindo o teu coração, pois tua voz é a mais linda canção. Em  mim, você desperta a melhor versão, e no teu abraço encontro emoção. Eu adoro quando vem me abraçar, c...

Pa, por Valery Lapeyra

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   Pa por Valery Lapeyra   1 Hay cuerpos que siguen vivos pero una tarde el destino les roba un pedazo de mundo y cambia el rumbo del camino. Quedan las fotos colgadas como ventanas al sol, y el recuerdo entra descalzo haciendo ruido en la voz. Porque la mente es un puerto donde anclan sin avisar las escenas más pequeñas que no volverán jamás. Una risa entre la espuma, un verano en el jardín, unos pasos persiguiendo la pelota hasta el confín. Y ahora el aire se hace vidrio, cuesta respirar después; la ansiedad es una sombra sentada bajo la piel. El futuro tiene dientes, mastica lento el valor, y la noche hace preguntas que no responde el reloj. A veces duele mirar a quien parecía eterno, como un árbol que una tormenta partió en mitad del invierno. Y aunque siga dando abrigo, aunque siga dando luz, hay silencios en sus ramas que ya no llenará junio. Entonces uno comprende que la vida no es igual: hay ausencias que se quedan aunque todo siga en paz. Pero también hay un...

La boda de las profundidades, por Ingrid Volpi

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 La boda de las profundidades por Ingrid Volpi El viento soplaba cálido sobre las aguas turquesas del Atlántico cuando el lujoso yate Estrella del Mar abandonó el puerto. A bordo viajaban cincuenta invitados, una banda de música, un chef de renombre y una pareja de novios que parecía salida de una revista. Valentina y Sebastián habían elegido celebrar su boda mar adentro, rodeados de arrecifes y delfines. Todos decían que sería una ceremonia inolvidable. Y tenían razón. Solo que no por los motivos que imaginaban. La ceremonia comenzó al atardecer. Las olas golpeaban suavemente el casco mientras los invitados levantaban copas de champán. —Acepto —dijo Sebastián. —Acepto —respondió Valentina entre lágrimas de felicidad. Los aplausos estallaron. En ese mismo instante, algo golpeó el fondo del barco. BOOM. El yate se estremeció. Las copas cayeron. La música se detuvo. —¿Qué fue eso? —preguntó alguien. El capitán apareció corriendo desde el puente de mando. Tenía el rostro pálido. —Todo...

La casa del ensueño, por Rodolfo Caravia

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 La Casa del Ensueño por Rodolfo Caravia Cuando llegué al desayuno, mi sobrino Miguel, de ocho años, estaba ya tomando la leche, un poco apurado para ir al colegio, mientras mi cuñada preparaba más café y tostadas. Como todas las mañanas, le pregunté qué había soñado anoche. Era una costumbre medio en broma, en la cual inventaba sueños aunque no hubiera soñado nada, y yo, con lógica precisión, demostraba que lo que contaba era un invento. Al final, nos reíamos. Esta vez, me contestó con una curiosidad que demostraba, o intentaba demostrar, que lo soñado era cierto: —Soñé que me había perdido en un bosque y que al final encontré una casita de madera con una puerta y una ventana. De pronto, saliste vos, sin verme, poniéndote el saco, y te fuiste por el camino. Yo quería gritar por qué estabas ahí y miré por la ventana. No vi mucho: solo una cama grande y desordenada, una mujer desnuda debajo de la sábana. Ah, no... no le pude ver la cara. Yo me pregunto: ¿qué estabas haciendo vos en ...

Verde Fortuna (3 de 3), por Fernando Gutiérrez Almeira

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 Verde Fortuna (3 de 3) por Fernando Gutiérrez Almeira      Con el tiempo se me hizo patente lo que significaba mi conexión al mod. No era una simple conexión digital, ni siquiera bastaba con llamarla adicción. Algo había cambiado en la configuración de mis neuronas, en el mapa de mi cerebro. Imposible tener una prueba clara de ello, pero empecé a sentir que mi apego a la realidad se estaba deshaciendo y que mi manera de percibir, imaginar y sentir estaba cambiando hacia una especie de encapsulamiento que me alejaba del presente concreto. Era una alteración al mismo tiempo sutil y profunda de mi alma, sea lo que sea el alma. Era más que un adicto: era parte de una máquina cuyo circuito parecía estar mal cosido en el tejido del espacio-tiempo. Eso explica, claro, por qué abandoné durante tanto tiempo mi comunicación contigo y con cualquier otro ser humano.      Jugué durante meses dentro del maldito mod. Perdí toda referencia acerca del juego principal,...

Mon veston noir (Mi saco negro, Soneto) por Gerardo Molina

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Mon veston noir (Mi saco negro) por Gerardo Molina Hermano silencioso, si en la enlutada balsa bogamos en las horas que sueños predestina, acércame a las sombras y prende en mi retina la visión de una diosa que sus sandalias calza. En la estrella lejana do su fulgor realza, que me nimbe de gloria su magia sibilina, como en aquella noche de locura divina que a los pies yo te puse de la amada descalza. Compañero de lunas, vaguemos y no ignores que abrigas el latir de esta paloma inquieta que dialoga en silencio con silfos creadores. Se ha de dormir un día tu espíritu profeta y me hablará el recuerdo diciéndome: "¡No llores!", de aquella insomne y dulce vagancia del poeta. Nota: Poema de adolescencia. Escrito a los diecinueve años .  

Guía para existir en el silencio y Sacraditud, por Jazmín Villarino (Nollaig Murray)

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  Guía para Existir en el Silencio Por Jazmín Villarino   (Cierra los ojos. Respira hondo. Siente el latido de tu corazón como el pulso sutil del Daf...) Solo cuando te amas en la divinidad, encuentras ese punto de conexión con lo divino, con el amor, con el universo todo y la nada que lo une todo... [... Haz una pausa larga ...] (Siente aquí el eco del Ney. No pienses en lo que sigue, solo flota en esa nada que lo une todo...) Solo ahí, amas completamente sin necesitar... Conoces el amor absoluto. [... Haz una pausa larga ...] (Deja que tu pecho se llene de aire, reconociendo ese amor sin condiciones...) Puedes dar y estás lleno, porque la fuente pasa a través de ti. Es el éxtasis supremo. Sacraditud , le llamo... [... Haz una pausa muy larga ...] (Este es el silencio del desborde. Siente el calor de la fuente cruzando tu cuerpo. Quédate ahí unos segundos...) Sacralidad, plenitud y gratitud: esos tres estados emocion...

Toda la maldad del mundo, por Andrés Pintos

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   Toda la maldad del mundo: prólogo de Demonios en el Cielo Por Andrés Pintos Las alarmas resonaban por los pasillos del antiguo complejo militar, sellado mil años atrás tras las Guerras de Belor, y luces rojas teñían las paredes con su brillo irregular. —Ya casi... —dijo Jairen Becser, entre exhalaciones cansadas—. Derecha, y luego hasta el final del pasillo. A su lado, Nereon Seirat asintió. Ambos corrían a largas zancadas por los pasillos semiderruidos y resplandecientes de rojo, seguidos muy de cerca por una decena de soldados zexerianos, de vetustos exoesqueletos negros con el símbolo del Imperio Sagrado grabado en dorado en sus yelmos como cabezas de demonios. Portaban además pesados rifles de fulgor seráfico. Jairen y Nereon doblaron en una bifurcación de las antiquísimas instalaciones, y unas ráfagas finas de fuego blanco, como chorros de líquido a presión, quemaron el aire a sus espaldas y fundieron la milenaria aleación del metal del que se componían las paredes, co...