La casa del ensueño, por Rodolfo Caravia

 La Casa del Ensueño


por Rodolfo Caravia


Cuando llegué al desayuno, mi sobrino Miguel, de ocho años, estaba ya tomando la leche, un poco apurado para ir al colegio, mientras mi cuñada preparaba más café y tostadas.

Como todas las mañanas, le pregunté qué había soñado anoche. Era una costumbre medio en broma, en la cual inventaba sueños aunque no hubiera soñado nada, y yo, con lógica precisión, demostraba que lo que contaba era un invento. Al final, nos reíamos.

Esta vez, me contestó con una curiosidad que demostraba, o intentaba demostrar, que lo soñado era cierto:

—Soñé que me había perdido en un bosque y que al final encontré una casita de madera con una puerta y una ventana. De pronto, saliste vos, sin verme, poniéndote el saco, y te fuiste por el camino. Yo quería gritar por qué estabas ahí y miré por la ventana. No vi mucho: solo una cama grande y desordenada, una mujer desnuda debajo de la sábana. Ah, no... no le pude ver la cara. Yo me pregunto: ¿qué estabas haciendo vos en la casita?

—Yo, este... ¡Es un sueño! Bueno, este... es un buen sueño, jaja.

Y de pronto, el estrépito de la taza de café de mi cuñada estallando en el piso de la cocina, y sus ojos desorbitados que me miraban.


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