Pa, por Valery Lapeyra
Pa
por Valery Lapeyra
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La noche en un hospital no avanza, se arrastra.
Cruje la silla de plástico cada vez que intento acomodar el cansancio entre la espalda y el miedo. El sueño pesa detrás de mis ojos como una puerta vieja, pero no me atrevo a cerrarla del todo.
Porque tú te mueves apenas, un mínimo sonido, el roce de una sábana, un pitido distinto, y despierto como si el cuerpo hubiera aprendido a vivir en alarma.
Desde el quinto piso solo se ven los autos que siguen pasando. Van rápido, obedientes a los semáforos, persiguiendo horarios, llegadas, rutinas. Ninguno imagina que aquí arriba el tiempo se rompe, que detrás de estas ventanas hay personas sosteniendo su mundo con las manos temblando.
La madrugada vuelve el cielo más claro pero nunca deja de ser gris. Es un gris enfermo, eterno, como si el amanecer también estuviera cansado.
Todo tiene color azul quirúrgico. Las cortinas. Los uniformes. Los guantes. Hasta el silencio parece azul.
Gasas, botones, camillas que van y vienen, ruedas chirriando por los pasillos, nombres pronunciados en voz baja, máquinas respirando por otros.
Y yo aquí, contando las horas en la luz fría del monitor, aprendiendo que amar a alguien a veces significa esto: quedarse.
Aunque el cuerpo duela. Aunque el sueño arda. Aunque el corazón viva encogido cada segundo.
Quedarse viendo cómo la noche se consume lentamente mientras tú respiras y eso, por ahora, es suficiente.

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