Toda la maldad del mundo, por Andrés Pintos

 


 Toda la maldad del mundo: prólogo de Demonios en el Cielo



Por Andrés Pintos

Las alarmas resonaban por los pasillos del antiguo complejo militar, sellado mil años atrás tras las Guerras de Belor, y luces rojas teñían las paredes con su brillo irregular.

—Ya casi... —dijo Jairen Becser, entre exhalaciones cansadas—. Derecha, y luego hasta el final del pasillo.

A su lado, Nereon Seirat asintió. Ambos corrían a largas zancadas por los pasillos semiderruidos y resplandecientes de rojo, seguidos muy de cerca por una decena de soldados zexerianos, de vetustos exoesqueletos negros con el símbolo del Imperio Sagrado grabado en dorado en sus yelmos como cabezas de demonios. Portaban además pesados rifles de fulgor seráfico.

Jairen y Nereon doblaron en una bifurcación de las antiquísimas instalaciones, y unas ráfagas finas de fuego blanco, como chorros de líquido a presión, quemaron el aire a sus espaldas y fundieron la milenaria aleación del metal del que se componían las paredes, como si fuese endeble mantequilla.

Ambos hombres sintieron el torrente de calor llenar la mohosa y polvorienta atmósfera como efecto secundario de los haces de fulgor seráfico, y vieron con horror que la puerta abierta al final del pasillo recto por el que se habían encaminado se encontraba a una distancia muy superior a la que los separaba de sus perseguidores.

Nereon consultó la pantalla digital del aparato que portaba en su mano derecha y se mordió el labio inferior.

—Es esa... Es allí... —exhaló mientras su frente se perlaba de sudor, tanto por el esfuerzo muscular de la carrera como por el efecto del aire sobrecalentado entrando y saliendo de sus pulmones a un ritmo acelerado—. Oh, mi señor, no me abandones ahora...

Nereon no rezó, pero al igual que su amigo aceleró el avance con las últimas reservas de sus fuerzas. Sabía que las balas de plomo de sus armas convencionales, fabricadas en serie de manera clandestina, no tenían ninguna chance de penetrar las armaduras de archiacero de sus perseguidores, y que su propio traje de tejido antibalístico le conferiría la misma salvaguarda que una camisa de tela ante sus disparos de fulgor seráfico. Escapar era la única chance, no ya de sobrevivir, sino de cumplir su misión antes de morir.

Así pues, pese al ardor en su pecho y las gotas de sudor que irritaban sus globos oculares, halló las fuerzas necesarias, ocultas en algún ignoto rincón de su cuerpo, para acelerar aún más.

Ya solo les hacían falta diez zancadas para atravesar el portal abierto. Del otro lado ya podía ver el brillo azul de una amplia pantalla digital de estilo arcaico, creada por los pioneros que colonizaron Lebren tras atravesar el vacío entre estrellas en las míticas arcas seminales, más de un milenio atrás.

Cinco zancadas.

Su rostro refulgía en escarlata por la iluminación del pasillo.

Cuatro zancadas.

Los soldados zexerianos doblaron la esquina que hasta entonces negaba su ángulo de visión.

Tres zancadas.

El recuerdo del rostro de Maisha atravesó como un flash la mente de Nereon.

Dos zancadas.

Los perseguidores apuntaron a sus espaldas los abominables cañones negros.

Solo una zancada los separaba del umbral.

Los chorros de fuego blanco se proyectaron hacia ellos.

Ambos atravesaron el portal y saltaron de lado.

Uno de los haces alcanzó a Jairen en la espalda, deshaciendo su escápula y pectoral, dejando tras de sí solo un espacio vacío rodeado de ennegrecida carne quemada.

Nereon recibió toda la protección que su dios le había negado a su amigo, y presionó el interruptor próximo al portal apresuradamente. Pesadas puertas de una aleación mucho más resistente que el resto del complejo se sellaron en el acto, cortando los chorros de fuego blanco.

Nereon cayó de rodillas, exhausto, y le dirigió una mirada tribulada a su compañero herido.

Los disparos de fulgor seráfico habían destruido la pantalla y parte del teclado de la computadora central de la sala de control, y ahora chispazos emanaban de los trozos de maquinaria digital fundida.

Con un estertor lastimero, Jairen logró voltear su cuerpo, quedando boca arriba. Y antes de que su corazón dejase de latir, colocó una mano sobre la cruz del cristo de cuatro brazos que colgaba de una cadena de hierro alrededor de su cuello, y le dirigió una mirada significativa a Nereon.

"Lo logramos. Termina el trabajo, viejo amigo. Me adelantaré al otro lado", decía esa mirada.

Nereon asintió sin decir palabra.

Sabía que la puerta sellada detendría el fulgor seráfico, pero solo era cuestión de tiempo que los técnicos informáticos del imperio vencieran a los de su bando. Entonces la puerta se abriría y sus enemigos entrarían con la muerte fulgurando en sus manos. Debía darse prisa.

Tomó el artefacto que Jairen, aún en la muerte, aferraba en una de sus manos, y luego se encaminó hacia la computadora derruida.

Accionó un interruptor y extrajo un cable finalizado en una ficha de puerto plano del aparato; halló una ranura adecuada en la parte intacta, aunque chispeante, del tablero de mando, y la insertó. La pantalla del artefacto mostró la imagen tridimensional de los circuitos físicos y del código digital almacenado en ellos.

Tras unos instantes, aquella sección aislada de la milenaria construcción estuvo casi bajo su poder.

Los pioneros de las arcas seminales, los primeros hombres de aquel planeta, habían puesto satélites en la órbita de Lebren, dotados de cañones de riel y misiles con cargas de proto-fulgor seráfico, con la finalidad de salvaguardar su mundo de una posible invasión de sus dos belicosos hermanos.

El poder de esas bombas podría destruir la biosfera de diez planetas de las dimensiones de Lebren.

Si el imperio de Zexer, o mejor dicho, si su megalómano rey-pontífice, se hacía con el control de estas bombas y encaminaba sus trayectorias en la dirección opuesta a la que originalmente habían sido dispuestas, podría emplearlas para purgar de la superficie de la esfera a las naciones libres que guerreaban contra él.

La misión que se le había confiado a Jairen consistía en disparar todos esos misiles a lugares deshabitados del espacio, privando a sus enemigos de tan terrible arma.

Él había sido elegido, no solo por sus extraordinarias habilidades informáticas, o por su afamada astucia y habilidad de combate que había demostrado en innumerables batallas contra el imperio, sino por su incorruptible temple e irreprochable moralidad. Solo un hombre como Jairen Becser podía tomar aquel poder, el poder necesario para destruir el mundo (todos los mundos), el poder que ningún hombre debería tener, y liberarlo, deshacerse de él.

Solo él era capaz de hacer lo que se debía hacer...

Pero Jairen estaba muerto y, en contra de todas las probabilidades, Nereon aún vivía.

Y el poder yacía entre sus manos.

Rápidamente, las sudorosas manos se desplazaron por la pantalla digital y los botones a los laterales del dispositivo. Seleccionó nodos, empleó los programas disruptores para deshacer bloqueos y omitir contraseñas. Muy pronto, los miles de satélites que componían la milenaria salvaguarda orbital del planeta estaban dispuestos a recibir su comando.

Dentro de la habitación, la temperatura del aire aumentaba, y el metal del que se componía la puerta sellada se tornaba paulatinamente de un rojo radiante.

Los soldados zexerianos debían seguir disparando sus fusiles contra ella.

Muy pronto el calor se volvería insoportable.

"Mi sangre hervirá, mi carne se achicharrará, mis huesos se tornarán en carbón", pensó Nereon con el corazón latiendo acelerado de primitivo terror.

Sus ojos húmedos y vacilantes reflejaron la luz de la pantalla del dispositivo.

"¿Pero a cuántas personas me llevaré conmigo a la nada antes de morir?"

Un mapa tridimensional del planeta, con puntos de luz en torno a él que representaban a los satélites, fue proyectado sobre la pantalla del artefacto.

Nereon se relamió los labios y comenzó a disponer la rotación de los cañones de las órbitas. Al 94% del total los encaminó a un punto aislado de su sistema solar, pero al otro 6% restante le dio un objetivo diferente: toda la superficie del continente Selem, en cuyo corazón, en una península que se adentraba como una lanza en el Mar de Meiran, se erguía la terrible megalópolis de Zexer, capital política, económica y militar de su imperio, cuna de su fe belicosa y residencia de su líder absoluto, el rey-pontífice Garderion III y su cúpula de cardenales-burócratas y santos-generales. Todo el continente, así como las costas de los otros dos que componían la casi totalidad de las tierras emergidas de Lebren: Oroma y Lucmir.

Si Nereon tocaba un solo botón más y accionaba los comandos que acababa de establecer, entonces casi toda la infraestructura del imperio, la vasta mayoría de sus tropas, la casi totalidad de sus recursos y arsenales, todo eso desaparecería de la faz del planeta. Aún quedarían remanentes imperiales en las colonias costeras y las aguas marítimas, pero las fuerzas de los reinos y repúblicas aliados en contra de Zexer serían suficientes para neutralizarlos.

El recuerdo de sus manos rebuscando entre una pila de sanginolentos cadáveres arrojados a una fosa común hasta hallar el de Maisha, repleto de cortes irregulares y oscuros hematomas, invadió su mente.

Si presionaba el botón cumpliría el sueño de su amada, crearía un mundo libre de Zexer y su crueldad fanática. También el de Jairen, su mejor amigo y a aquel que debería haberse hallado en su posición, protegiendo las iglesias y comunidades ultracristianas de Lebren de las purgas llevadas a cabo por el imperio. También preservaría a los tecnopaganos y a los budistas de nivel 4, de igual manera.

Sí, si presionaba el botón el imperio caía, y un mundo de tolerancia religiosa, paz y prosperidad perduraría junto a sus ardientes ruinas.

Pero el precio era grande. Dos terceras partes de la población humana de Lebren, algo así como 16.000.000.000 de humanos. Decenas de millones más, decenas de millones menos.

El aire, cada vez más caliente, abrazaba sus pulmones con cada inhalación.

Ahora Nereon pensó en los hombres y mujeres que habían nacido o sido conquistados por el régimen imperial, en la vasta mayoría de la población meiranina, en civiles que se dedicaban a las fábricas, los campos y los comercios; pensó en sus niños y en sus ancianos. Pensó en los jóvenes, forzados al servicio militar obligatorio bajo pena de ejecución, en los soldados enemigos y disidentes políticos y religiosos capturados y trasladados a sus infames campos de trabajos forzados en las minas y fábricas de la Cordillera Septentrional.

Pensó en un hombre como él, un barrendero de vías públicas, por ejemplo, que retornara a su humilde hogar tras una agotadora jornada de trabajo en la terrible Zexer, que saludaba a su esposa con un beso y acariciaba la cabeza de su hijo, que rezaba a sus tres dioses antes de comer una pasta sintética junto a ellos, y luego escuchaba con una mezcla de temor religioso y oscura resignación el último discurso del rey-pontífice transmitido por su red estatal de televisores domésticos.

Pensó en un hombre así, y luego pensó en decenas de proyectiles balísticos cayendo como gotas de lluvia sobre su mundo, explotando en el horizonte y esparciendo sobre la tierra, entre los edificios, a través de las ventanas y portales de los hogares, llamas blancas que tornasen todo en negras cenizas.

El sudor de Nereon comenzó a tornarse humo en torno a él. Un hilillo de sangre manó de su nariz. El dolor lo envolvió desde fuera y desde dentro, tanto en la piel como en los pulmones. Su conciencia vaciló, su mirada se diseminó.

Finalmente, solo quedó la agonía y la conciencia del botón por pulsar.

"Toda la maldad del mundo está aquí, en este lugar, en este instante. Y aun a las puertas de la muerte, un hombre puede matar a más hombres de los que podría contar si los tuviera frente a él en un espacio llano y abierto".

Eso pensó, y aquel fue su último pensamiento.

Entonces, una lluvia de estrellas fugaces atravesó, perfectamente visible, el cielo de mediodía sobre las ajetreadas calles de Zexer.

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