Verde Fortuna (3 de 3), por Fernando Gutiérrez Almeira
Verde Fortuna (3 de 3)
por Fernando Gutiérrez Almeira
Con el tiempo se me hizo patente lo que significaba mi conexión al mod. No era una simple conexión digital, ni siquiera bastaba con llamarla adicción. Algo había cambiado en la configuración de mis neuronas, en el mapa de mi cerebro. Imposible tener una prueba clara de ello, pero empecé a sentir que mi apego a la realidad se estaba deshaciendo y que mi manera de percibir, imaginar y sentir estaba cambiando hacia una especie de encapsulamiento que me alejaba del presente concreto. Era una alteración al mismo tiempo sutil y profunda de mi alma, sea lo que sea el alma. Era más que un adicto: era parte de una máquina cuyo circuito parecía estar mal cosido en el tejido del espacio-tiempo. Eso explica, claro, por qué abandoné durante tanto tiempo mi comunicación contigo y con cualquier otro ser humano.
Jugué durante meses dentro del maldito mod. Perdí toda referencia acerca del juego principal, excepto, quizás, mis recurrentes llegadas a Goodsprings, a su tranquila soledad en medio del Mojave. Ya no importaba Fallout, solo importaba sumergirme en el laberinto demoníaco, dedicado al estresante esfuerzo de masacrar sombras necrófagas, sin que los más repugnantes segadores resistieran mi embate, pero también sin que llegara de algún punto del espacio virtual ese golpe traicionero que me empujaba de nuevo hacia afuera. No había guardado ni puntos de control, o por lo menos no los hubo por mucho tiempo. Tenía que empezar siempre desde cero, consumidos mis nervios en muertes interminables, con mi cuerpo cada vez más lleno de moretones, raspaduras y rasguños sobre cuya existencia ya no me problematizaba racionalmente. A veces los rasguños eran tan profundos que llegué a pensar que finalmente iba a correr mi sangre sin parar y la muerte real me alcanzaría. Sería mi propia sangre tibia en medio de la heladera de mi habitación, y no la pixelada. Y sería mi propio rostro pálido el del cuerpo desangrado.
Abandoné la Universidad, dejé de lado a mis amigos con excepción de vagos y esporádicos contactos a través de Discord, como los últimos que tuvimos tú y yo. Los últimos en dejar de insistir en golpear a mi puerta sin que jamás les abriera fueron mis familiares. Mi hermano Brian llegó a preocuparse tanto que intentó convencer al portero del edificio de ayudarlo a forzarle la entrada a mi apartamento, pero ya le había advertido yo al funcionario que ni lo pensara y le había dejado claro que era mi estricta decisión no recibir a nadie. Lo último que escuché de él fueron sus gritos desesperados en el pasillo, a los cuales, testarudo, no contesté. Siguieron los intentos de contactarme por teléfono, por email, a través de las redes sociales, pero todo fue en vano, pues yo ya no estaba en ese mundo llamado Tierra.
Me abastecí de grandes cantidades de comida enlatada, empecé a hacer todos mis pagos recurrentes vía e-Brou, asegurándome la continuidad de los servicios de agua y luz, y luego me limité a reabastecerme cada tanto con pedidos online. Ya no volvería atrás. Me dispuse a usar todos mis ahorros, que no eran pocos, para seguir allí empecinado hasta llegar al fondo del laberinto, hasta resolver el misterio de la misión a la que mi cerebro había quedado atado como Cristo a la cruz. Era la bancarrota de mi vida y lo sabía, pero la llama verde de mi rifle tenía que seguir encendida. No era la inmersión de un gamer en un juego amado, era la intoxicación fatal de una mente hipnotizada por un poder que se revelaba cada vez más inhumano. Me sentí condenado.
El único alivio que tuve después de mucho tiempo fue llegar a un punto de guardado. Sentí que me desplomaba de alegría. ¡Por fin! Sabía que era el anuncio de un próximo desenlace. Fue al cruzar un gran umbral al fondo de un pasillo de atmósfera asfixiante, que tuve que cruzar con traje antirradiactivo y máscara antigás. Al mirar atrás, mientras las dos gigantes hojas metálicas del portal volvían a cerrarse, pude ver el sembradío de cadáveres que había dejado a mi paso. Al ver la magnitud de la masacre en esa repentina retrospectiva, comprendí que solo con fuerzas que no provenían de mí mismo podría haberlo logrado. Estaba absolutamente exhausto mental y físicamente. Dejé de jugar durante dos días antes de retomar en aquel divino punto de guardado.
Lo que vino después fue un salto hacia el futuro. Empecé a recorrer pasillos y salones impecablemente iluminados, con un aspecto de pulido progreso tecnológico. Pantallas incontables me mostraban imágenes de ciudades que me resultaban ajenas e imposibles, o anuncios de estilo anime donde sonaban voces en un inglés alterado quién sabe por qué clase de evolución idiomática. Eso, por supuesto, era lo de menos. El asunto es que la avalancha de necrófagos que había logrado sortear ahora era sustituida por una avalancha de robots. Todo tipo de robots se me presentaron como enemigos: ya fueran protectrones de débil coraza, o insistentes y enloquecidos cerebrobots, o avispados y resistentes robots centinelas. Tuve alivio al recibir ayuda de ojobots que surgían justo a mi lado para contrarrestar los más duros ataques y aumentar mis posibilidades de supervivencia. También fui recibiendo sabias instrucciones asociadas a sofisticados bancos de reparación y modificación que me permitieron aumentar la eficiencia de mi rifle de plasma. Incluso, tras leer las pistas adecuadamente en interfaces de computación que se veían lujosas y demasiado coloridas para mi gusto, encontré un nuevo rifle que supuestamente tenía incorporada tecnología alienígena. En ese momento no me pregunté qué podía significar la presencia de esa tecnología en el mod, pero de todos modos no hubiera sido necesario.
Una secuencia de portales se hizo patente. A medida que los cruzaba, la brutalidad del enfrentamiento con los robots se hacía más aguda. Fue después de cruzar el penúltimo portal y ya teniendo a la vista el Portal Cero que recibí un golpe durísimo de un láser triple que me abrasó físicamente. Sí, físicamente, pues después de sufrir la típica desconexión propia de la muerte digital en el mod, pude ver en el espejo y tocar en mi pecho una quemadura de grandes dimensiones, aunque no había avanzado hacia la dermis. Me di cuenta, por fin, de que si no lograba usar todas mis capacidades mentales y mis habilidades de años en esa etapa del juego, mi fin ya no solo sería digital.
Antes de sumergirme aquella última vez en el juego, fui a la farmacia. Después de consultar a una inteligencia artificial sobre los componentes necesarios para una pasta que aliviara mi quemadura, me consagré a la automedicación. Descansé unas horas y volví a entrar. Tenía que concentrarme al máximo. Tenía que vencer o perecer. Y finalmente vencí. El Portal Cero se abrió ante mí, mientras a mi alrededor se elevaban hacia los techos toneladas de chatarra mecánica destrozada por mi fuego plasmático. Pude vislumbrar lo que me esperaba a partir de allí. Era un gigantesco mapa de horror lleno de extraterrestres. Enseguida me desconecté, sin esperar a que me atacaran. Ya el juego había hecho su guardado automático.
Quizás fue mi decisión de dejar esa última etapa para dentro de unos días lo que me ha permitido escribirte este email. Necesitaba contarle a alguien mi extraña peripecia. Y eso es todo. Voy a volver a entrar, y esta vez sé que no volveré al mundo real; lo sé de una manera que yo mismo no comprendo. Tengo que enfrentar a los alienígenas. Espero lograr el éxito en esta última y absoluta batalla. Adiós, amigo mío.
(Fin de la transmisión del archivo Conexión-Origen, 4353, AWRS1263)
(Inicio de la transmisión del archivo Pauta-Futuro, 4354, AWRS1242)
Hola de nuevo. Ya habrás sabido de mi supuesta muerte. Me gustaría que le dijeras a mi familia que en realidad estoy unos miles de años en el futuro, aunque tal vez tú mismo no seas capaz de creerlo. Me gustaría que ellos lo supieran, pero no les digas nada, por favor. No puedes hacerlo. Si lo haces, romperás el protocolo de corrección temporal de paradojas que los seres humanos hemos establecido en nuestra lucha sin cuartel contra los invasores del espacio. El único motivo por el cual te mando este email desde el más allá al que ahora pertenezco es advertirte de que los alienígenas ya saben que tu cerebro contiene información relevante sobre mi partida. Debes estar atento; no dejes que te alcancen antes de que los Servicios Espacio Temporales de Contraataque te encuentren y te ayuden a borrar tu memoria local pertinente. Por favor, amigo, cuídate.
(Fin de la transmisión del archivo Pauta-Futuro, 4354, AWRS1242)

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