El Descenso, por Ingrid Volpi
EL DESCENSO por Ingrid Volpi Nunca supieron cuándo dejó de ser un pueblo y empezó a ser un cadáver que seguía respirando. Las casas permanecían en pie, las ventanas aún reflejaban el amanecer y las campanas de la iglesia continuaban sonando cada domingo, pero nadie recordaba la última vez que un niño había reído sin que, horas después, apareciera una sombra inmóvil junto a su cama. Aurelio era el único sepulturero. Llevaba cuarenta años enterrando vecinos y, con el tiempo, comenzó a sospechar que algunos ataúdes pesaban más al desenterrarlos que al bajarlos a la tierra. No porque hubiera más carne, sino porque algo regresaba con ellos. Cada noche escuchaba pasos alrededor de su vivienda. Eran lentos, pacientes, como si el barro hubiera aprendido a caminar. Nunca abría la puerta. Bastaba con observar la rendija inferior: siempre aparecía una fina línea negra deslizándose hacia adentro, como un humo espeso incapaz de elevarse. Una madrugada decidió seguir ese rastro hasta el cementerio. ...