El Estado Nación Ejemplar - Por Sebastián Walch Abete

En un mundo distinto, aunque demasiado parecido al nuestro, existen comunidades organizadas bajo la forma de estados nación. Algunos son pequeños; otros, inmensos. Los hay regionales, nacionales e incluso internacionales. Cada uno posee sus propias instituciones, sus leyes y sus formas de mantener el orden para garantizar el funcionamiento de esa sociedad.

Como toda organización política, estos estados poseen tres poderes fundamentales. Un poder judicial encargado de sostener el orden y sancionar las faltas. Un poder legislativo que establece las reglas que todos deben respetar. Y un poder ejecutivo que dirige y organiza el funcionamiento interno del estado.

Curiosamente, estos estados poseen dimensiones precisas: pueden medir desde 90 x 45 metros hasta 120 x 90 metros.

Dentro de estas sociedades, cada habitante cumple una función específica. Ninguno ocupa un lugar por casualidad. Cada tarea existe porque el funcionamiento colectivo depende de que alguien la lleve adelante. Sin embargo, para que este estado perdure no alcanza solamente con la capacidad individual: hace falta templanza, disciplina y, sobre todo, comprensión del otro.

Existen ciudadanos con una sensibilidad extraordinaria, capaces de convertir el movimiento en arte. Son parte de una aristocracia del buen pie: elegantes, creativos, admirados por las multitudes. Pero también existen aquellos cuya virtud no radica en la belleza sino en el esfuerzo; ciudadanos que sostienen el equilibrio mediante el sacrificio, el vigor y el trabajo silencioso. Los obreros incansables.

Y aunque muchas veces se pretenda enfrentarlas, ambas castas se necesitan mutuamente. El artista sin quien recupere el terreno perdido queda aislado. El obrero sin quien imagine lo imposible se vuelve predecible. El verdadero equilibrio aparece cuando cada uno comprende que ninguna función es menor si está puesta al servicio del conjunto.

Incluso cuando uno falla, la comunidad puede sostenerlo. Porque en estas sociedades existe una ley no escrita: cuando alguien demuestra compromiso y voluntad de mejorar, el resto acompaña. El compañerismo evita que el error se convierta en humillación y protege aquello que mantiene unido al estado: la confianza colectiva.

Para preservar la paz entre las distintas naciones, sus dirigentes organizan encuentros rituales donde dos estados se enfrentan bajo reglas estrictas. Son batallas simbólicas donde el conflicto deja de ser destrucción y se transforma en competencia. Allí solo existen tres posibilidades: victoria, empate o derrota.

Cada pueblo vive esos resultados de manera distinta. Algunos celebran; otros padecen. Pero todos entienden que ninguna derrota es definitiva, porque siempre existe la posibilidad de revancha.

Estos enfrentamientos duran noventa minutos divididos en dos tiempos de cuarenta y cinco. Y en ocasiones extraordinarias, cuando la igualdad persiste, la disputa se extiende treinta minutos más antes de llegar al juicio final.

Naturalmente, no todos los ciudadanos respetan las leyes del estado. Algunos se dejan dominar por la violencia, el egoísmo o la desesperación. Cuando esto ocurre, el poder judicial interviene. Primero advierte. Luego sanciona. Y si la conducta persiste, el individuo puede incluso ser expulsado temporalmente de esa comunidad.

Porque ningún estado puede sobrevivir si el interés individual está por encima del bien colectivo.

Así funciona esta sociedad ejemplar: cada integrante comprende que su función, por pequeña que parezca, es necesaria para alcanzar los mayores logros. Y la gloria máxima jamás pertenece únicamente a un individuo. La verdadera gloria es colectiva o no es gloria.

Tal vez deberíamos observar más atentamente a estas sociedades. Ellas enseñan a trabajar en equipo, a convivir con la derrota, a comprender el esfuerzo ajeno, a confiar en otros y a perseguir objetivos comunes. Nos enseñan que el talento necesita disciplina y que el sacrificio también merece reconocimiento.

Incluso permiten que ciudadanos de distintos estados compartan un mismo poder ejecutivo, defendiendo juntos una causa común, dejando de lado fronteras, lenguas o diferencias.

Quizás por eso este mundo resulta tan fascinante.
Porque detrás de una pelota en movimiento se esconde una metáfora de la vida misma.

Y porque, en el fondo, este texto siempre estuvo hablando de uno de los mundos más hermosos creados por el ser humano:

El mundo del fútbol.

Comentarios