Pastillas, por M.A.C.


Pastillas


     M.A.C

Un sudor frío recorrió su cuerpo, desde la nuca hasta la espalda baja. La clínica estaba silenciosa… lo único que alcanzaba a escuchar era el tamborileo de su corazón. Y su mente, igual de callada, incapaz de formular un pensamiento ante aquella visión. Parpadeó varias veces antes de que uno emergiera por fin:

Esto no… no puede estar pasando. Necesito… ¡Necesito mis pastillas!

El ambiente era tan tenso como sus músculos. Dio media vuelta y se adentró otra vez en la sala de descanso del personal. La luz fría de la luna se filtraba por la ventana, iluminando los sillones y una pequeña bolsa de cuero, como un farol que guía a un barco hacia casa.

Con la respiración entrecortada, caminó hacia la bolsa desgastada y sacó un frasco con etiqueta.

—Haloperidol —murmuró para sí misma, aunque en su mente lo llamaba su salvación.

—Solo una pastilla y todo… todo estará mejor —se llevó una píldora amarillenta a la boca con desesperación, como si no hubiera comido en días. Un suspiro resonó entre las cuatro paredes blanquecinas, el alivio comenzó a surgir desde su interior y con él la ansiedad se disolvía poco a poco.

—Ya todo está bien, Gracie. Solo fue una alucinación —sus labios se curvaron en una sonrisa de suficiencia. Salió de nuevo al pasillo de los consultorios, pero apenas cruzó la puerta, se detuvo en seco.

Sus ojos la traicionaban. Era imposible, injusto. El medicamento debía estar tardando en hacer efecto. Sus manos, con ira creciente, se clavaron en el pantalón que llevaba puesto.

Ella había hecho todo lo posible para cambiar. Absolutamente todo: medicamentos, tratamientos, lo que fuera.

—¿Qué se supone que tengo que hacer con esto? —susurró, mirando al techo, pensando que tal vez había llegado la hora de renunciar a su puesto de enfermera.

Un chirrido proveniente de la penúltima puerta la congeló. El miedo le recorrió el cuerpo mientras veía cómo el Doctor se asomaba. Sus ojos recorrieron primero el desastre en el suelo y luego se posaron en Gracie.

—Y-yo, Doctor… necesito explicarle… —balbuceó, pero él levantó un dedo para hacerla callar.

Su rostro reflejaba molestia contenida. Cerró los ojos un instante y luego habló.

—No hace falta que te expliques, Gracie. Ya lo sé todo.

La mandíbula tensa del Doctor la intimidaba. Ella lo respetaba, después de todo lo que había hecho por ella… ¿Cómo no hacerlo?

Culpa, miedo e ira se mezclaron en su pecho. Odiaba la sensación que le causaba. Siempre que él aparecía, se sentía como esos internos que lame los suelos del resto del personal.

Bajó la mirada al suelo que antes estaba pulcro. Pero ahora mismo, un cordón umbilical se extendía en línea recta y sangrienta, acompañado de un rastro que conducía hasta el primer consultorio. Como si estuvieran sincronizados, ambos avanzaron lentamente, siguiendo aquel sendero como si la propia muerte los guiara.

—La paciente en el primer consultorio… ella estaba… —musitó Gracie.

El Doctor asintió sin mirarla. El hedor de la muerte los golpeó en la cara, un recordatorio cruel de lo corta que puede ser la vida. Gracie apretó los labios, luchando por no desmoronarse, cuando su vista vislumbró mejor la escena, su estómago se revolvió arrolladoramente.

Se llevó una mano en la boca, la paciente embarazada que habían recibido hace unas cuantas horas, yacía en la camilla del consultorio, completamente abierta en el abdomen, con sus órganos afuera colgando. Y el bebé… el bebé estaba desmembrado, cada parte de su pequeño cuerpecito se situaba alrededor de cada miembro del cuerpo de su madre, como si los ordenara por tamaño y lugar.

Gracie ya no pudo resistir y cerró los ojos sintiendo que se apagaba al igual que una máquina.

—Aiden… me habías prometido que siempre ibas a limpiar tus desastres —el Doctor farfulló molesto, como si la sola idea de tener que encargarse de todo esto le resultara irritante.

El corazón de la joven se detuvo un instante. Su respiración se quebró.

Entonces, una sonrisa extraña, ajena, se formó en sus labios. La rigidez de su rostro cambió, como si otra presencia la moldeara desde dentro. Sus ojos, antes empañados de miedo, ahora brillaban con un fulgor oscuro.

—Oh, lo sé, pero quería ver la reacción de Gracie —su voz melodiosa captó la mirada del Doctor—. Me sentía algo aburrido.

En ese momento compartieron una mirada cómplice y misteriosa, para la mala suerte de Gracie, su segunda personalidad tenía aficiones muy sangrientas.

Fin

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