Un comienzo, por Fernando Gutiérrez Almeira

 



UN COMIENZO




Por Fernando Gutiérrez Almeira

En las tierras requemadas de la Hacienda La Esperanza se curtía al sol en los duros trabajos de campo el peón Ramiro, como tantos otros que eran poco más que esclavos del hacendado don Cristóbal Valdés, amo de tierras, bestias y hombres por igual. Lo acompañaba, por hacerse hombre temprano, su hijo Javier, que tuvo que ser testigo, en una noche de tormenta oscura como boca de lobo, de la muerte de su amado padre.

Afiebrado y moribundo por una extraña peste, tendido ya sin fuerzas en su petate, le dijo el peón Ramiro a su hijo Javier:

—Cuida de tu madre y de tu hermana y no dejes jamás que ningún cabrón te falte el respeto. Júralo por el Santísimo que te ampara, hijo mío.

Javier juró en un murmullo quedo, con lágrimas contenidas. Esa noche negra, al alba, lo vio exhalar su último aliento.

Frente a la tumba recién cubierta y una humilde cruz de madera, dijo la madre con voz apagada pero firme:

—Que esto no sea el fin, hijos míos. Que sea un comienzo. Hay que levantar la frente y seguir adelante.

Así se hizo. A los dieciséis años Javier ya era el hombre de la casa, siempre atento y considerado con su hermana Clara y su queridísima madre Elena.

Llegó el día —porque el destino de los pobres es aciago— en que el hacendado don Cristóbal Valdés se presentó en el jacal de aquella familia humildísima con alardes de señorío:

—Ya tu hija ha crecido, Elena, y está para darme gusto. Si me la prestas, te perdono esa deuda miserable que arrastras como perra. Si no, ese mocoso imberbe tuyo no alcanza ni para limpiar mis botas… y mañana te echo a patadas de mi hacienda con tus chamacos, a que se mueran de hambre en el camino.

Escuchó aquellas palabras venenosas el orgulloso Javier y no dudó: se escabulló por detrás del jacal y desenterró de un cofrecito añejo el revólver olvidado de su padre. No aceptaría jamás aquella ofensa hacia su madre y su hermana.

Con el revólver en la mano se abalanzó ante don Valdés, que creyó que no era más que un amague. Ya iba a reír jactancioso cuando la primera bala lo dobló por el estómago. La segunda le sacó un gemido del pecho, la tercera le dio en el cuello y lo calló para siempre, la cuarta le arrancó un ojo y dejó en su lugar un hueco sanguinolento, y la quinta y sexta, juntas casi, le destrozaron media mandíbula y lanzaron por fin su cuerpo al suelo como un monigote sin hilos.

Se hizo un profundo silencio en el jacal, apenas roto por el sollozo ahogado de Clara. Elena miraba a su hijo con ojos espantados y llenos de preocupación. Javier entendió el vuelco en el corazón de su madre y dijo:

—No te preocupes, madre. Esto no es un final para mí… es un comienzo.

Dicho lo cual, Javier tomó su morral, guardó el revólver, se puso el sombrero y el poncho viejo de su padre, desamarró del mezquite el caballo —el único, huesudo, pero todavía fuerte— y salió al galope con un único gesto de la mano como saludo. Corrió hacia las sierras, levantando polvo a su paso, bajo el sol poniente.

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