Sin Celeste, Fernando Gutiérrez Almeira
Sin Celeste
Fernando Gutiérrez Almeira
Un parpadeo en el espejo mientras se cepillaba los dientes, trémulo como alas de colibrí, no bastó para cuestionar el buen estado de sus implantes oculares. Asumió que se trataba de una reverberación de estática en el ambiente de realidad aumentada. Tampoco lo hizo vacilar el desfasaje de los escalones al bajar, breve, apenas disfuncional, pero lo suficientemente intenso como para que titubeara tres veces en su paso. El silencio de la calle, en esa madrugada de San Telmo apenas mojada por la lluvia ácida de siempre, le devolvió una tranquilidad pastosa.
Cruzó hasta la cafetería de Don Lucho, desarrugándose con torpeza el traje que había dejado hecho un bollo a los pies de la cama tras una noche de boliche pesada. Se tomó el cafecito con la medialuna crocante, como era costumbre, mientras intercambiaba miradas cómplices con Celeste, su moza preferida. Ella le había dado entrada un par de veces en su apartamentito ruinoso pero cálido, y le había permitido usar su cronodeck cargado con aventuras sumerias para no simplificar todo en las incursiones calientes.
Lo peor ocurrió al mirar por la ventana, buscando el amanecer entre los edificios. En alguna parte del cielo se habían descosido los hilos informáticos: caía un raudo torrente pixelado que golpeaba intransigente sobre los escasos transeúntes, dejando un extraño brillo ejecutable sobre sus ropas. Prestó más atención y vio a una anciana despegarse del suelo, levitando a diez centímetros, mientras de su boca salía un 01101101101011101011110 de desesperación. No era solo una rispidez en la realidad aumentada; tal vez sus implantes oculares se estaban rebelando, actuando sin permiso ni contraseña.
No era día para ir al laburo, a calentar la silla frente a la PC manipulando hojas de cálculo y formularios mientras el resto de los oficinistas lo ignoraba. En ese estado no podía ir, ni loco. Se levantó nervioso, dejó un pesado billete sobre la mesa y no esperó a que Celeste trajera la cuenta. Salió disparado rumbo a la vieja estación de ómnibus; en el sótano encontraría al cracker Gustavo para subsanar su falla electrónica.
Sin embargo, no lo encontró; se topó con una guarida vacía, llena de desperdicios innombrables y un sillón de conexión remota donde, sorprendido, se halló a sí mismo conectado miserablemente, cableado en un equipo vetusto con evidentes modificaciones de hardware clandestinas. Allí supo que él no era él: solo era una proyección en la realidad aumentada de San Telmo. Su verdadero yo era eso casi muerto, carnal y maloliente, tendido en un olvido cibernético de larga data.
Como confirmación, otro «yo», de voz amargada y gesto cansado por la larga espera, saltó de la pared más lejana, desde la oscuridad profunda. Quizás abrió una brecha en la red, como hacen los ciberkillers, y se le acercó en dos milisegundos para ordenarle abandonar el panorama por colisión antes de que el original perdiera la cordura. «Triste destino para un holograma de cuarta», pensó, mientras dejaba que el otro se fusionara con él en ese cuartucho inmundo. Una oleada de metadatos incoherentes señaló con tinta negra el lugar del colapso.
Lo bueno, pese al dolor del agarrotamiento de los músculos atrofiados y la herida furiosa de la luz en las pupilas, fue que pudo abrir los ojos y escapar al sillón que lo tenía anclado desde hacía dos años. Dos años de alimentación intravenosa, huyendo de una realidad que volvía ahora a ser San Telmo, pero sin Celeste ni su cariño.

Una distopía que encarna la soledad del cyber humano. Gracias Fernando
ResponderEliminarEl encuentro real siempre será superior en calidad, cuando lo es para bien.
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