La espada de Orión que no deja de espiar a Alnitak, por Sebastián Walch Abete
En uno de los tugurios cercanos a la acrópolis de Creta se encontraba Orión con sus amigos, bebiendo el néctar de guayabas. Alardeando de su poder y creyendo que podía matar a todo ser vivo sobre la faz de la Tierra y el Mar —sumado a que su padre le había concedido el poder de caminar sobre las aguas—, iba de isla en isla amenazando con su espada.
Los dioses del Olimpo, al enterarse de sus alardes, convocaron a Eos para que lo asesinara. Ellos argumentaban que ella tenía facilidad para involucrarse rápidamente con cualquiera, porque era lujuriosa, pero no tenía corazón. Por eso fue la elegida para asesinar a Orión.
En la antigua Grecia, el destino era obra de las Moiras, y nada ni nadie podía cambiarlo. La diosa, entonces, no tuvo alternativa.
Un día, mientras daba un paseo por el horizonte, Orión se encontró con Eos, y allí mismo ella quedó enamoradísima; cosa rara en la diosa, que recién estaba dejando ir a Céfalo de su cautiverio de amor. Orión, sin pensarlo demasiado, se involucró con Eos y se enamoró perdidamente. Comenzó a cortarle flores de las copas más altas de las montañas, a traerle frutos del más allá y a regalarle el universo. Ella quedaba locamente impactada con los obsequios, pero sabía, por orden divina, que debía matarlo. Inevitablemente, su carácter cambió, consciente de que la hora final estaba llegando, y eso despertó sospechas en el dios.
Orión le pagó a Alnitak, un sirviente, para que la siguiera y le contara todo lo que ella hacía mientras él andaba de paseo por una de las esquinas del Tirreno. Alnitak se enteró de que los dioses habían enviado a matar a su amo y de que la ejecutante de ese mandato sería nada menos que Eos.
Una tarde, en la casa de Eos, estaban los enamorados recostados en el lecho, amándose como la última vez.
Bien sabía ella que era la última vez.
De repente, se escucharon gritos por los pasillos. Era Alnitak, pidiéndole al dios que se fuera bien lejos, porque ella lo iba a matar. Casi en dos movimientos en uno, Eos desenfundó la espada de Orión y se la clavó en el corazón. Allí no solamente moría él: moría el amor que ella le profesaba; ella, que ahora debía continuar con su vida de soltera empedernida.
Al ver Alnitak que su amo estaba muerto, Eos le pronunció unas palabras: “La espada de Orión que no deja de espiar a Alnitak”, y juró matarlo si abría la boca.
Eos, consciente de la existencia de un dejo de injusticia en el destino de los enamorados, aun en la más real de las certezas, se conformó con ponerle a una constelación su nombre y quiso que la estrella más cercana a la espada fuera llamada Alnitak, para recordarle al sirviente que siempre lo iba a estar vigilando.

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