La fuerza de la vida (Prólogo: Las tierras heridas), por Andrés Pintos
La fuerza de la vida
¿Qué significa salvar al mundo?
Andrés Pintos
Tras diez años ininterrumpidos de cruentas guerras de conquista y pacificación, Shieiria Sásani, única guardiana del brillo del Loralnato de Uldamar, retorna a la capital Ishacar esperando recibir los honores de la victoria y una merecida licencia para dedicar tiempo a su esposo e hija, a quienes lleva una década sin ver siquiera.
Sin embargo, para sorpresa de Shieiria, su suegra y señora, la loralna Sahira Sásani, le informa de que las tierras norteñas de la nación, incluyendo Seajira, feudo del que sus padres eran terratenientes, han caído en manos de una sublevación de siervos en rechazo de la autoridad loralnal, liderados por miembros de las antiguas noblezas bárbaras previas a la conquista.
Pretendiendo sofocar esta incipiente guerra civil que amenaza con quebrar su loralnato, Sahira ordena a Shieiria marchar hacia el norte junto con los infames hijos de Ishuriach, sanguinaria secta de monjes guerreros, con órdenes muy simples: someter a quienes sea posible, exterminar a quienes sea necesario.
Lo que Shieiria ignora es que se dirige al encuentro de una fuerza mucho más terrible que sus propios hijos de Ishuriach. Y es que, cuarenta años atrás, durante la fundación del Loralnato de Uldamar, los crueles nómadas Arch-doah fueron perseguidos y forzados a retirarse al confín del norte, atravesando La Cordillera de Roca Roja por el traicionero Sendero de la Desesperanza, hallando refugio en Las Tierras Heridas, lugar maldito y hostil dominado por Iozramaul, una antigua entidad maligna.
Aislados en este nefasto entorno, los Arch-doah mermaron en número y se diseminaron en pequeños clanes familiares que guerrearon entre ellos por los pocos recursos, lo que los llevó al borde de la extinción.
Mas en los años recientes una misteriosa figura, Meshermauc, un caudillo medio hombre medio cadáver capaz de dominar la otrora perdida magia oscura, se propone unificar la tribu y reclamar las tierras que una vez habitaron sus ancestros, dando muerte a todos aquellos que se interpongan en su camino.
Prólogo: Las Tierras Heridas
Año 31985 del Nuevo Talrud. Año 487 después de Zuliei.
Año 41 de la Tregua Calacariana.
Ocultos entre los arbustos de escaso y raquítico ramaje, Shaén y su hijo Salán sacaron cada uno una flecha de su respectivo carcaj y tensaron sus arcos.
A unos pasos de donde ellos se hallaban una decena de pájaros de plumaje grisáceo picoteaban el casi yermo suelo, buscando granos y pequeños insectos.
Los pájaros eran tan raquíticos como todos los seres que habitaban las Tierras Heridas, pero los cazadores llevaban medio día de búsqueda sin hallar presa alguna, y no pretendían permanecer fuera de su refugio al caer la noche.
Poco era mejor que nada.
Shaén chasqueó la lengua, indicando a su hijo el momento adecuado.
Soltaron sus cuerdas y las flechas atravesaron el aire. La punta de hueso de la de Shaén dio contra el cuello de uno de los pájaros, que aleteó inútilmente antes de morir, pero la de Salán pasó muy alto y terminó por clavarse entre las nudosas raíces de un negro y torcido árbol cercano.
La parvada emprendió vuelo súbitamente al percibir la amenaza.
Salán tensó la cuerda nuevamente y arrojó otra flecha, pero esta describió una alta parábola sin alcanzar a ninguno de los pájaros y se clavó en la tierra a cincuenta pasos.
El muchacho bufó frustrado y bajó la cabeza.
Shaén colocó una mano callosa pero gentil sobre el hombro de su hijo.
—Casi le diste —dijo, tratando de infundirle ánimos—.
—Casi no es suficiente —masculló el pequeño por lo bajo, mientras se encaminaba a recuperar su flecha—.
Shaén quiso añadir algo más, pero había una innegable verdad en las palabras de su hijo: fallar, aunque fueses con una presa tan pequeña, en las Tierras Heridas podía significar la muerte por hambre de ellos y toda su reducida familia.
Ambos, padre e hijo, pertenecían a la etnia de los Arch-doah, un pueblo derrotado, humillado y exiliado.
Tenían la piel de un tono marrón rojizo muy oscuro; los ojos castaños, las cabezas rapadas, las narices chatas y las cejas poco espesas. Sus vientres y miembros eran delgados por la paupérrima alimentación, pero los músculos, aunque reducidos, mostraban la dureza de la roca. Vestían apenas unos faldones de cuero rudimentario a modo de taparrabos, y lazos de cuero cruzaban sus pechos manteniendo los carcajes en su lugar, y unas lanzas cortas con puntas de piedra y unos cuchillos de piedra tallada ajustados al cuerpo, para su pronto uso.
Pese a no ser viejo la frente de Shaén mostraba las acentuadas arrugas del entrecejo propias de quien ha vivido una vida nutrida en tribulaciones y oscuras incertidumbres; y Salán, pese a ser una cabeza más bajo que su padre y mantener los rasgos propios de un infante, poseía una mirada tan severa y grave que delataba la temprana perdida de todo rasgo anímico propio de la niñez. Estos eran los efectos típicos que Las Tierras Heridas causaba en el temperamento de sus habitantes.
—Ojala el tío Saedor no hubiese enfermado —dijo Salán, mientras Shaén recogía al ave ensartada con su flecha y se disponían a continuar su jornada—. Él es bueno con el arco.
Shaén nunca había logrado entender esa oscura afinidad de su hijo por mentalizar realidades alternas, mejores a la presente, con tanta insistencia.
—Pero está enfermo, y tú eres el único otro varón en edad de salir a cazar —en realidad esto último era una mentira: con sus once años cumplidos hace poco Salán aún no llegaba al mínimo pactado por sus ancestros para tal peligrosa tarea, pero la necesidad demandaba cambiar los acuerdos de sus padres y abuelos. La necesidad no respondía a las necesidades o deseos de los hombres—. Él se repondrá —añadió, como queriendo amenizar la crudeza de sus palabras anteriores—. Tu tío es fuerte.
Salán asintió, pero su semblante no mostró ningún consuelo.
—Ojala el primo Darshan no hubiese muerto —continuó el hijo, ahora con un tono más afectado—. Él era buen rastreador de animales. Muchas veces me contó cómo identificaba las señales que dejan los adidis y los bresos: una rama rota por aquí, una huella en el polvo por allá; “solo hay que seguir los indicios para dar con lo que se busca”, me decía… Pensé que por conocer sus palabras sería capaz de igualar sus actos, pero ni mi vista ni mi ingenio son tan agudos como los suyos.
En esta ocasión el padre tardó unos segundos en hablar.
—Pero está muerto —sentenció al fin, con voz carente de toda connotación anímica, y tuvo que reprimir su impulso de añadir con gravedad: “los falsavidas lo devoraron”. La reciente pérdida de su sobrino aún pesaba en su corazón; el último de una larga serie de familiares y amigos que el Arch-doah mayor había visto dejarlo atrás.
Continuaron caminando bajo el omnipresente cielo velado por un manto de nubes grises, a través del cual apenas lograba filtrarse un mortecino y amarillento resplandor solar.
Llegaron a la cima de una pequeña elevación del terreno donde crecían abundantes helechos marrones y quebradizos, y desde allí vieron en derredor, buscando alguna señal. Ciénagas vaporosas, yermas llanuras de tierra gris y pequeñas arboledas carente de follaje componían la mayor parte de Las Tierras Heridas.
Dejando vagar la mirada Shaén contempló en el lejano horizonte los altos picos triangulares de la Cordillera de Roca Roja, semejantes a los ensangrentados colmillos de una fiera gigantesca que se dispusiese a devorar el mundo. Aquella cordillera era la que retenía a los Arch-doah en aquel nefasto rincón de Amoan, negándoles la beatitud de las sabanas, bosques, márgenes de ríos y oasis del sur, tierras en que sus antepasados más cercanos, incluyendo a su propio padre durante su infancia, habían habitado desde los tiempos de los antiguos relatos; pero al mismo tiempo los salvaguardaba de un enemigo más terrible que la oscuridad de Las Tierras Heridas: los Nac-shech, los llegados del oeste, que cuatro décadas atrás persiguieron y exterminaron a la mayor parte de su pueblo cuando este se negó a entregar su libertad y aceptar el yugo de su malvada mujer-líder, a quienes ellos llamaban loralna. Amenazados por los Nac-shech, que se habían aliado con otras tribus del territorio, los Arch-doah se vieron forzados a atravesar la Cordillera de Roca Roja por su único paso transitable, el estrecho y traicionero Sendero de la Desesperanza. Solo el temor de los llegados del oeste a la maldad de Las Tierras Heridas había puesto freno a la cacería de su pueblo, pero, como el odio y el temor de los Nac-shech para con sus enemigos es eterno, fortificaron la entrada sur del Sendero de la Desesperanza y apostaron allí un ejército de bravos guerreros, para retener a los Arch-doah en el execrable norte o exterminarlos definitivamente si estos intentasen salir.
Su padre le había contado que, cinco años tras el exilio de su pueblo, el caudillo de aquel entonces (en ese tiempo aún tenían un caudillo y las familias de la tribu no se habían diseminado por todas las Tierras Heridas), inició una campaña para destruir el Bloqueo del Sur y retornar a su hogar perdido. Sin embargo, pese a que lucharon con bravura y sin guardar ningún recurso, la superioridad del enemigo los abrumó y la mitad de los varones de la tribu fue muerta en en aquella incursión fallida. Al final los Arch-doah recorrieron el Sendero de la Desesperanza nuevamente y, debido a la brutalidad y falta de recursos de Las Tierras Heridas, se dividieron en pequeños clanes familiares para abarcar el mayor terreno posible y procurar no guerrear entre ellos por el escaso alimento que pudiesen encontrar.
Shaén a veces fantaseaba en tomar a su familia y emprender la larga marcha hacia el Sendero de la Desesperanza, apostando por la posibilidad de que tras cuarenta años el Bloqueo del Sur hubiese sido abandonado. Pero aquella esperanza era vana y lastimera, su padre se lo había dejado muy en claro: “los Arch-doah hemos perdido, somos un pueblo derrotado, pues el enemigo llegado del occidente es demasiado fuerte y numeroso, y nosotros somos pocos y debilitados por este nefasto entorno”.
“Mantener la esperanza es cruel y peligroso —el recuerdo de las palabras de su padre hería su mente como espinas clavadas en su cerebro— el nuestro es un pueblo derrotado y no hay esperanza en la derrota. Que sea el temor a la muerte, y no el amor a la vida, nuestro único sustento”.
Durante los largos días de hambre y miseria de su juventud Shaén consideró en muchas ocasiones tomar su pétreo cuchillo y con él atravesar su propio corazón, para escapar del sino de su gente, o por lo menos cortar sus propios genitales, para no dejar una descendencia sujeta a este. Pero tanto el temor a la muerte del que hablaba su padre como el impulso de preservar la integridad de su cuerpo le impidieron cometer estos actos.
“Divagas demasiado —se dijo a sí mismo—. Céntrate, no podemos perder el resto del día”.
Al final, al no encontrar señal alguna a la distancia, optaron por seguir un camino arbitrario hacia una arboleda cercana, rodeada en su perímetro por monolitos enhiestos cilíndricos de aproximadamente tres metros de altura con extraños símbolos tallados. Estos menhires llevaban en Las Tierras Heridas desde mucho antes que los Arch-doah, y las manos que los habían erigido hacía incluso más tiempo que habían desaparecido; quizás trasmutados en los primeros falsavidas al caer la maldición que devastó aquél entorno, una vez el más abundante y glorioso de Amoan, si se daba fe a los relatos más antiguos.
Padre e hijo descendieron por la pendiente, saltaron un estrecho riachuelo de fétidas y burbujeantes aguas rojizas, avanzaron por un trecho de terreno baldío y, al llegar a los primeros arboles raquíticos y oscuros, fueron sorprendidos por un falsavida que surgió de detrás uno de los menhires.
El cadáver reanimado era el de un joven con marcas de mordeduras humanas en los miembros y el cuello; la carne desgarrada del vientre permitía a los desprevenidos cazadores contemplar los intestinos resecos y oscilantes de la criatura. La piel había abandonado el tono pardo oscuro propio de los habitantes de los Arch-doah y en su lugar adoptado uno más pálido y verdoso, y las pupilar de sus ojos brillaban ahora rojizas, como ascuas encendidas. Una nube de moscas y una halo de oscuridad (como una radiación esencialmente opuesta a la luz) rodeaba al ente.
Shaén tragó saliva y sintió la humedad en sus globos oculares. Conocía a aquella criatura o, por lo menos, conocía al muchacho devenido en aquel ser.
—Primo Darshan… —Musitó Salán, dejando caer su arco al suelo. Sus labios describieron una sonrisa de enloquecida alegría, una sonrisa propia de quien experimenta un lapso de absoluto alienamiento—. ¡Primo Darshan, eres tú! —Clamó el chico y corrió hacia el ser, que a su vez se aproximaba a él con pasos cojos y convulsivos—. Oh, más que primo hermano mío. Me dijeron que los falsavidas te habían capturado, ¡pero veo que se equivocaban! ¡No sabes cuanto me alegro de verte!
Shaén vaciló, pero solo un instante. Sin malgastar aliento en decir una palabra, antes de que su hijo llegase junto al monstruo que alguna vez había sido su sobrino, tensó una flecha en su arco y apuntó.
—Oh, Darshan —suspiró—.
El proyectil surcó el aire, pasó sobre la cabeza de Salán y la punta dio contra la frente del falsavida, que ya estaba solo a tres pasos del chico. Medio astil penetró la frente del monstruo y el impulso del impacto arrojó su cadavérico cuerpo, exánime, hacia atrás.
Poco después del colapso, cuando Salán llegó a su lado, el candor escarlata de sus ojos se apagó y su halo de sombras se difuminó en el aire.
El chico se arrodilló junto al cadáver y, con manos temblorosas, tocó sus hombros.
—¡Darshan, Darshan! Despierta, Darshan. Dime algo primo mío. Shaén caminó en silenció hasta situarse junto a su hijo.
—¡¿Por qué!! —Chilló el pequeño, volviendo un rostro colorado y con las mejillas surcadas por ríos de lagrimás hacia su padre —. ¡¿Por qué lo mataste?!
Shaén abrió la boca para dar una excusa, pero a mitad del gesto cambió de idea y la cerró.
Se inclinó hacia el muchacho, con mirada severa y, de un súbito movimiento, le asestó un potente manotazo en la mejilla derecha.
Salán no chilló, pero su cabeza giró unos noventa grados y sus lágrimas se dispersaron por la fuerza del golpe. El dolor que comenzó a palpitar en su mejilla y mandíbula sirvió para despejar las brumas que se habían obstruido la luz de su entendimiento.
Miró al falsavida derribado con ojos cuerdos y se incorporó de un salto.
—Yo… Yo… —Balbuceó. Si su padre no hubiese disparado la flecha a tiempo él, por propia voluntad, se habría precipitado a los brazos de una muerte segura y horrenda. Tragó saliva—. Gracias.
Shaén se limitó a asentir.
Le echó un vistazo al cuerpo de su sobrino. En condiciones ideales se habría preocupado por reunir ramas y prender una pequeña pirra funeraria, para purgar el alma de su familiar de las ataduras de la carne y facilitar el viaje de su espíritu a las lejanas estrellas. Pero no tenía ni el tiempo ni las fuerzas para ello. Así que se limitó a recuperar su flecha (la punta se había roto, tendría que moldear otra) y retomar la marcha seguido por su silencioso y cabizbajo hijo.
Penetraron en el bosquecillo, ramas bajas y secas estorbaban su marcha, pero ellos se limitaron a arrancarlas con las manos.
Bajo el amarillento resplandor que tornaba cetrinos los grises y marrones que le rodeaban, los cazadores avanzaron.
Tras un monótono e infructífero lapso que bien podrían haber sido unos minutos o unas horas, Shaén escuchó el inconfundible resonar de los cascos de un adidi, que se aproximaba rápidamente en su dirección.
Preparó una flecha y apuntó. En cuanto la menuda criatura de pelaje anaranjado surgió de la negra arbolada, a treinta pasos ante él, y sus negros y circulares ojos se cruzaron con los del cazador, soltó.
La flecha atravesó el globo ocular derecho del adidi, matándolo en el acto, y por la inercia de la carrera, el animal colapsó hacia adelante y rodó hasta estrecharse contra un tronco torcido.
Shaén y Salán se quedaron quietos y con los ojos muy abiertos, contemplando al animal abatido unos instantes. Sobresaltados por lo súbito del evento. Luego sonrieron, intercambiaron miradas y corrieron hacia el cuerpo.
Shaén vio que el animal debía pesar unos cuarenta quilos, lo que bien podría alimentar a su familia durante diez, quizás doce días. La criatura mostraba algunas marcas rojas de sarna, pero nada muy grabe.
Arrancó su flecha del cráneo del animal… Y en ese momento se percató de una segunda flecha, clavada en el muslo del adidi.
“Oh, no”.
Sonido de pasos acercándose y deteniéndose.
Salán colocó una flecha en su arco y apuntó, nervioso.
Shaén levantó la mirada y los vio. A quince pasos, dos jóvenes Arch-doah, quizás de quince años, quizás menores, apuntándoles a él y su hijo con sus propios arcos.
“Oh, espíritus del viento, no”.
—¡No se muevan! —clamó uno de los jóvenes, el que apuntaba a Shaén—.
—No lo haremos —respondió este, que debió reprimir el impulsó de preparar una flecha—. No queremos problemas.
—Entonces apártense del adidi y aléjense.
“La necesidad”.
—No —indicó Shaén, intentando dar un tono conciliador a su negativa—. Nosotros lo hemos abatido.
—¡Nosotros lo vimos primero! —Estalló el joven, en un tono colérico, casi desesperado—. Llevamos cuatro días sin encontrar otra presa, necesitamos la carne para nuestras mujeres y niños.
Por la mirada del muchacho, parecía estar dispuesto a disparar la flecha que apuntaba al pecho de Shaén en cualquier momento.
Shaén notaba las gotas de sudor frio corriendo por su frente. Notaba su boca seca y pastosa. El tiempo parecía correr más deprisa a su alrededor. Su corazón latía dolorosamente rápido en su pecho, como si acabase de correr una larga distancia en poco tiempo.
“El temor a la muerte”.
—Según la tradición… —Comenzó a decir y tuvo que relamerse los labios antes de continuar. Su mirada apuntaba hacia los jóvenes hostiles, pero en realidad contemplaba un lugar indeterminado del tiempo y del espacio—. Según las enseñanzas de nuestros ancestros, en una situación así, lo correcto es partir la presa a la mitad y dividirla. Si ustedes...
—¡No! —La voz resonó con tanta fuerza que Shaén dio un sobresalto, volviendo a enfocar la mirada en el rostro del joven arquero. Vio como el odio y la desesperación se adueñaba de la facciones del muchacho, tensando los músculos faciales—. ¡No tendrán nada de nuestra carne!
¡Nosotros encontramos las huellas del animal! ¡Nosotros las seguimos durante todo el día!
¡Nosotros clavamos la primera flecha en su carne! ¡¡¡Nosotros, nosotros, nosotros!!! —Chilló con una pureza de emoción más propia de un niño pequeño que de un adolescente, y Shaén temió que disparara su flecha involuntariamente. Respiró hondo, y recuperando un hilo de calma—. Aléjense del adidi.
Shaén vaciló.
En su interior sentía tres fuerzas en conflicto. Una lo instaba a tomar a su hijo del brazo y correr tan lejos como pudiera, otra que lo impulsaba hacia adelante, a luchar contra los jóvenes que le ultrajaban con su rechazo de las normas de los Arch-doah (¡traidores, malvados, enemigos!, clamaba esta fuerza) y una tercera que le exigía que permaneciera en el lugar, sin llevar a cabo ninguna acción; esta tercer fuerza era semejante a la pereza, pero mucho más profunda y trascendental, era el horror a tomar una decisión equivocada, que pusiese costarle la vida a él, a su hijo o toda su familia. Las tres fuerzas eran irreconciliables, una debía imponerse sobre las demás, y él debía decidir cual. El tiempo apremiaba.
Debilidad y temor, fortaleza y rabia, impulso de vida, impulso de muerte.
“La necesidad”.
Shaén agachó la cabeza sin dejar de mantener la mirada fija en el joven, su faz se ensombreció. El resplandor amarillento, enfermizo, omnipresente, le pareció misteriosamente adecuado de un momento para otro.
“No puedes dejar que se lleven al adidi. No puedes Shaén. No puedes”.
—Papá —interrogó Salán. Pese a su intento de sonar valiente, la voz salió de sus labios débil y quebradiza—. ¿Qué hacemos?
Shaén susurró, en un volumen que procuró que fuese lo suficientemente alto para que su hijo lo oyese, pero los jóvenes enemigos no:
—Dispara, y luego escondete.
El que le apuntaba vio que movía los labios.
—¡¿Qué has dicho?! ¡¿Porqué no...?!
Y en ese momento la flecha de Salán abandonó su arco y dio a parar contra el muslo derecho de uno de los jóvenes. Este gritó de dolor y ambos arrojaron sus flechas, que habrían dado a Shaén y Salán si una fracción de segundo antes ellos no hubiesen saltado de lado y buscado refugio tras los troncos de unos arboles cercanos.
Parapetados a cinco pasos de distancia, cada uno con la espalda apoyada en un árbol, Shaén y su hijo intercambiaron miradas y prepararos sus flechas.
—¡Malditos sean! —Clamó el enemigo herido—.
—¿Nansha, puedes caminar? —Le preguntó el otro, que ya tenía una flecha colocada en la cuerda tensada del arco y no separaba su mirada del árbol tras el cual se había refugiado Shaén—.
—No, Chaé, me duele —indicó, intentando contener las lagrimas; pero, pese a su aflicción, logró cargar su arco y apuntar al árbol que servía de parapeto a Salán—. ¡Malignos!
¡¿Están dispuestos a matarnos solo para robar nuestras comida?!
Shaén escuchó estas palabras coléricas y no pudo evitar que su corazón se sintiera herido, como si un puñal al rojo vivo atravesase su pecho muy lentamente.
“¡Lo hago por necesidad!” Quiso clamar, pero sospechaba que aquellas palabras caerían en oídos sordos.
La mirada de Salán no se apartaba de la de su padre. El niño estaba aterrado, consternado, había locura y negación en aquellos demasiado abiertos ojos castaños.
“Perdóname hijo mio. Perdóname por lo que estamos a punto de hacer”. Shaén chasqueó la lengua y asintió para reforzar el gesto. Salán comprendió. Simultáneamente ambos abandonaron sus coberturas, apuntaron y dispararon. Sus enemigos los vieron, apuntaron y disiparon también.
Cuatro flechas de Arch-doah surcaron el aire.
La de Chaé dio contra la oreja izquierda de Shaén, partiéndola por la mitad y arrancándole un pedazo de cartílago.
La de Nansha se clavó en el tronco de un árbol cercano a la posición de Salán.
La de Salán dio contra el arco de Nansha, partiendo la madera en dos pedazos, haciendo volar astillas y, con la fuerza restante del lanzamiento, la punta de hueso se hundió en el hombro del joven tullido.
Por ultimó, la de Shaén atravesó de lado a lado el pecho de Chaé, poco por debajo de la tetilla derecha.
Shaén apretó los dientes y se llevó una mano hacia la oreja herida, que ardía y pulsaba salvajemente, y sangraba en abundancia.
Nansha colapsó de espaldas chillando de dolor, con ambos astiles sobresaliendo de su cuerpo. El arco roto cayó inútil al suelo a su lado.
Chaé permaneció de pie un instante, con los ojos abiertos pero la mirada perdida, y la boca entreabierta, como si estuviese apunto de decir algo pero se hubiese olvidado de las palabras específicas. Luego tosió y un abundante flujo de sangre surgió de su boca y se derramó por su barbilla, manchando aquella yerma tierra donde nada noble o bello puede nutrirse; sus pupilas apuntaron hacia arriba, dejando los ojos completamente en blanco y su cuerpo perdió todas sus fuerzas, desplomándose como árbol que acaba de ser talado.
Salán contempló la escena con mirada consternada pero fiera, cargó otra flecha y se aproximó al encuentro con su padre. Al ver la herida de Shaén preguntó preocupado:
—¿Es muy grave?
—No —contestó él, colocando la mano libre sobre el hombro de su hijos—. Duele, pero no creo que me cause la muerte.
“Toda herida puede causarte la muerte en Las Tierras Heridas —le recordó la voz de su cabeza— toda herida puede infectarse, la enfermedad y la podredumbre flota en este rancio y estancado aire, omnipresente como el fulgor amarillento de cada día”.
Decidió que no era el momento de prestar atención a aquella voz.
—¡Hermano! —Chilló Nansha, quitándose el astil de la flecha de su hombro. La punta se había partido y permanecía dentro de su piel— ¡Chaé! —Gritó, al ver el cuerpo exánime de este a su lado—. ¡Oh, Chaé!
Intentó quitarse también la flecha del muslo, pero el dolor del intento era tan intenso que contorsionaba su cuerpo y debilitaba sus brazos. Gritó y, como pudo, se arrastró de lado sobre el polvo gris hasta el cadáver de su hermano.
Apoyó una mano sobre el pecho perforado, junto al astil de la flecha de Shaén. Lloraba copiosamente y sus dientes castañeteaban.
Shaén y Salán llegaron a su lado. El niño le apuntaba a la cabeza, dispuesto a matarlo en cualquier momento. El padre tomó el arco del hermano muerto para que el herido no pudiese usarlo en contra de ellos, y se lo cargó al hombro.
“¿Y ahora qué?”.
Aquella preguntá le hería.
Nansha no suponía ninguna amenaza inmediata para él y su hijo, pero si se recuperaba de sus heridas o si daba aviso a sus familiares, podría desear vengarse de ellos en los próximos días.
“¿Piedad o precaución?”.
Si habían hombres fuertes en la familia de aquellos muchachos, o si la familia era muy numerosa, entonces…
“La necesidad”.
Antes de que pudiera conciliar sus pensamientos, Nansha empuñó una de las flechas de su carcaj a modo de puñal, se incorporó de un salto, sobreponiéndose al dolor y, con la cara deformada por el odio, se abalanzó contra Shaén.
Salán reaccionó más rápido que su padre, disparó y su flecha atravesó el cuello de Nansha. El joven tropezó y cayó sobre el cuerpo de su hermano, ante ellos, sangrando por la boca y convulsionando.
Shaén vio con aflicción como la vida abandonaba lenta y agónicamente a su enemigo abatido. Ya no había ninguna decisión que tomar. Todo se había consumado ya.
El cuerpo de Nansha dio un último temblor y quedó quieto, con un charco de sangre formándose a su alrededor.
Salán contempló los cadáveres durante un largo instante. Luego se colocó el arco al hombro y se aferró a su padre, sollozando como un niño pequeño.
“Perdóname, hijo mío”. Quiso decir Shaén, pero no era ni lo suficientemente fuerte o hipócrita como para pronunciar estas palabras. “Es por la necesidad. Todo es por la necesidad. Algún día lo entenderás… Si vives lo suficiente, hijo mío”.
—Volvamos a casa —dijo, con un tono categórico, carente de cualquier emoción—. Ya es entrada la tarde, y llevar el peso del adidi hará que vayamos más lento.
Salán secó sus lagrimas con sus manos y asintió.
Shaén ignoró por completo la sangre que manaba de su oreja herida y el ardiente pálpito que ahora dominaba todo el flanco derecho de cabeza. Aquello era irrelevante. Se cargó el adidi a los hombros y, seguido de cerca por su hijo, emprendió la marcha a su hogar.
...
“Quizás esos jóvenes tenían un padre y unos tíos más grandes y fuertes que tú —decía la voz de la cabeza de Shaén, mientras él y Salán ascendían en diagonal por la ladera de un pequeño cerro cubierto por un manto de hierbas cetrinas —. Ellos encontrarán los cadáveres de los muchachos y seguirán el rastro de los asesinos. Con justa indignación en sus pechos, hallarán tu hogar, a tu familiar, y tú no podrás hacer nada para defenderlos del castigo que pesa sobre tu alma. No tienes la fuerza suficiente”.
Junto con la voz venía algo más terrible, un miedo profundo y violento, como un viento frío que soplase en el interior de su vientre, lacerando con su roce sus entrañas. Era la suma del temor de la presa indefensa, imponente, que se sabe al acecho de un depredador hambriento y dotado de grandes garras y colmillos, combinado con la vergüenza y el espanto del vil criminal que escapa de los testigos de su terrible crimen.
“Y quizás este sufrimiento, este martirio sea en vano. Quizás los familiares de aquellos jóvenes solo fueran mujeres y niños… Mujeres y niños que necesitaban alimento. Alimento que tú les has arrebatado...” Al darse cuenta de que aquella línea de pensamiento tampoco le ofrecía consuelo alguno decidió sencillamente cesar de pensar en cualquier cuestión y centrar la totalidad de su consciencia en su marcha, en mantener el cuerpo del adidi sobre sus hombros, aferrando a sus patas con las manos; y en poner un pie delante del otro, un pie delante del otro...
El fulgor amarillento de Las Tierras Heridas se tornaba tenue y anaranjado a su alrededor; era posible distinguir la silueta del disco solar remarcada tras el velo de nubes, muy bajo en el horizonte.
Llegaba la noche.
Un pensamiento fugaz logró colarse en la laxitud autoimpuesta de la mente de Shaén. “En aquél momento de tensión, durante el enfrentamiento contra los jóvenes cazadores, mi hijo ha demostrado una velocidad de acción y una certeza de disparo verdaderamente envidiable, logrando vencer a un chico unos años mayor que él en casi igualdad de condiciones”.
“El primer disparo fue a traición”, se recordó, pero ese hecho no le quitaba todos los méritos a Salán. El muchacho poseía una habilidad muy superior a la de que solía darse crédito.
“O quizás solo tuvo suerte”.
Posibilidades, terribles posibilidades.
Salán, que caminaba un poco por delante de su padre, se detuvo súbitamente mirando hacía la cima del cerro. Sacó una flecha de su carcaj y tensó la cuerda de su arco.
Shaén siguió con la mirada la dirección señalada por la flecha de su hijo.
Un falsavida se encontraba en terreno elevado, a unos cincuenta pasos de ellos.
El cadáver reanimado se hallaba en un estado muy avanzado de descomposición, dejando ver los huesos de sus costillas y los tendones podridos de sus miembros. Sus ojos fulguraban en rojo y un halo de oscuridad emanaba de su cuerpo.
El rostro (casi faz de calavera) del falsavida apuntaba a ellos desde la distancia. Salán disparó y la flecha dio a parar lejos del falsavida.
Maldiciendo por lo bajo, el muchacho cargó otra flecha.
Shaén dejo caer el cuerpo del adidi y también preparó una flecha tensando la cuerda de su arco.
Padre e hijo dispararon al mismo tiempo. Una flecha alcanzó al falsavida en su pierna izquierda y la otra en su vientre. Se tambaleó por los impactos, pero permaneció de pie. Mirándolos con aquellos ojos como brazas encendidas.
Para matar a uno de aquellos seres era preciso dañar su pútrido cerebro.
Volvieron a preparar sus flechas. A Shaén le parecía extraño que en todo ese lapso el ente no avanzara hacia ellos, lo cual era el comportamiento habitual en los de su categoría, y mayor fue su asombro cuando el cadáver viviente elevó su mano derecha con la palma abierta y enhiesta, en el inconfundible signo de la conciliación.
Aquello era como salido del delirio de un loco. ¿Un falsavida pidiendo paz? ¿Qué era lo siguiente? ¿El renacer de la madre de la tierra? Ridículo.
Shaén no vaciló. Disparó, y en esta ocasión su flecha atravesó el globo ocular derecho de la criatura. El brillo rojizo de su ojo izquierdo se esfumó junto con la emanación negra del resto de su cuerpo, y el cadáver colapsó.
¿Aquello era alguna especie de augurio de los espíritus de sus antepasados? De ser así Shaén rezó pidiendo un poco más de claridad en su significado.
Padre e hijo intercambiaron miradas inquisitivas. Los falsavidas eran bestias del mal, cadáveres corrompidos por Las Tierras Heridas, que solo actuaban guiados por su odio y desprecio hacia los vivos. Ellos no pedían paz.
Aquí yacía un enigma. Enigma que Shaén no pretendía resolver aquél día.
Cargó al adidi nuevamente en sus hombros y retomó la marcha, esta vez mucho más alerta del entorno, con su mente completamente en blanco salvo por la conciencia de estar dando un paso tras otro. Un paso tras otro...
Minutos más tardes llegaron a la entrada de su hogar.
...
Para llegar a la boca de la caverna era preciso recorrer un estrecho saliente de menos de un metro de ancho y veinte de largo, que daba a una caída muy empinada de casi quince metros. Los cadáveres de dos falsavidas yacían desparramados allí abajo, donde habían sido repelidos días atrás, cuando intentaron colarse en el hogar.
Sentada en una roca justo debajo del portal de piedra, sosteniendo un largo garrote de madera con ambas manos, se encontraba una mujer delgada y con la oscura piel más arrugada de lo que debería estar a sus treinta y dos años; sus largos y sucios cabellos eran como una maraña de resecas plantas trepadoras que caía sobre sus hombros y espalda y sus dientes frontales eran tan grandes que sobresalían de su boca al mantener los labios entreabiertos.
En cuando Shaén y la mujer cursaron miradas, él no pudo evitar reforzar por milésima vez que ella era el ser más hermoso que sus ojos conocían.
—Schera, mi luz de sol, mi agua de manantial —le saludó él, sonriendo de oreja a oreja mientras salvaba con zancadas rápidas pero cuidadosas el ultimo tramo del saliente, seguido de cerca por Salán—. ¡Mira con lo que nuestros ancestros nos han bendecido! —hizo un gesto con la mirada señalando el cuerpo del adidi que yacía sobre sus hombros.
La mujer, Schera, dejó el garrote contra la pared de la caverna y, en cuanto estuvieron a su lado, abrazó con fuerza a su marido y a su hijo a la vez.
—Gracias por volver a mi lado —susurró ella, cerrando los ojos en un profundo gesto de alivio—.
“Cada vez es la misma historia —pensó Shaén, aceptando el abrazo—, amada mía, tus temores son tan terribles, tan profundos… y tan bien fundados”.
—¿Es que acaso dudas de nosotros, madre? —interrogó Salán en tono humorístico, separándose un poco de ella y dedicándole una amplia sonrisa—. ¿No te parece que es lo natural que un cazador hecho y derecho como yo consiga tan buena presa? —Añadió, tensando la cuerda de su arco sin colocar una flecha, con falsa arrogancia—.
Schera dejó escapar una risita de felicidad e hilaridad mientra miraba la pose de su hijo.
Pero luego vaciló.
—Salán, brote de mi vientre, ¿a que se debe esa tristeza que se nota en tus ojos? — interrogó. Pasó la vista a Shaén y luego la devolvió a Salán con gesto interrogativo— ¿Es que acaso les ha acontecido alguna desdicha durante la caza?
El chico guardó un silencio dubitativo durante un instante e intercambió una rápida mirada con su padre.
“No se lo digas —decía la mirada de Shaén—. Ella tiene derecho a saber la verdad, que su marido y su hijo se han convertido en asesinos, pero no deseo que este conocimiento le genere dolor… Ni quiero que su visión de mí cambie. Por favor, hijo, no se lo digas”.
Salán pareció captar este mensaje.
—Madre, veras, antes de encontrar al adidi, mientras nos internábamos en un bosque… Nos topamos con un falsavida: era el cadáver de mi primo Darshan. Padre tuvo que devolverlo a la muerte con una flecha para evitar que me atacase… Yo, yo… —Su voz se tornó trémula, y se llevó las manos a la cara para ocultar sus lagrimas—. Lo extraño tanto...
—Oh, mi niño —suspiró Schera acongojada, rodeando los hombros de su hijo con sus brazos y estrujando su cabeza contra su pecho— mi pobre pequeño. Ya, ya, mamá está aquí.
Shaén los observó sorprendido.
Por un lado se hacía a la idea de que los sentimientos de su hijo eran auténticos, sentimientos que había logrado mantener en calma desde que le había devuelto a la realidad de una fuerte cachetada. Por otro lado, era evidente que su hijo había evitado con intención mencionar a los jóvenes a los que habían matado.
“Hijo mío, ¿qué clase de hombre llegarás a ser?”.
Una mujer con un bebé en brazos y una muchacha unos años mayor que Salán llegaron desde el interior de la caverna.
—¡Shaén, Salán! —exclamó la muchacha, dándole un abrazo al primero y mirando preocupada al segundo, que seguía sollozando contra el pecho de su madre. Dirigió su mirada a la del hombre—. ¿Tío, le ha pasado algo a mi sobrino?
—Nada grave, Shadara —la tranquilizó él—.
Tras intercambiar saludos, sonreír por la buena caza y contar lo acontecido durante la jornada, la mujer del niño de pecho se fijó en la oreja herida de Shaén y la sangre reseca que la rodeaba.
—Descuida, Sarasha —indicó él, sin dejar de sonreír—. Tropecé y golpee mi cabeza contra una roca, pero es solo un corte superficial.
“Desearía saber mentir con la verdad como Salán, así no me sentiría tan culpable...”
—Ven, cuñado, prepararé un fuego para asar al adidi y calentaré algo de agua para limpiarte la herida… No olvides que muchos de nuestros familiares han muerto por menos que eso.
—No lo olvido —asintió él, con seriedad, intentando mantener una sonrisa, ahora forzada, en el rostro—.
...
Una hora más tarde el fulgor solar había abandonado la sempiterna capa de nubes que encapotaba Las Tierras Heridas, sumiéndolo todo en una oscuridad comparable a la del más profundo de los abismos de la tierra, y un viento de un frío gélido, que hería la piel y llegaba al hueso al mínimo roce, comenzó a soplar.
Salán montaba guardia a en la boca de la caverna envuelto en una piel de adidi, con el garrote en la manos, y una pequeña lumbre ardiente a su lado, dispuesto a arrojar a cualquier falsavida atacante por el barranco de un golpe. Mientra que en el interior de la caverna el resto de la familia se encontraba reunida en torno de un fuego contenido en un bajo círculo de piedras y barro cosido; madera seca y yesca era de los pocos recursos que abundaban en aquel nefario entorno, y ellos tenían una abundante reserva recolectada. Ese fuego alejaba el preternatural frío nocturno y servía para asar la carne del adidi que yacía despellejado y empalado sobre él, chorreando gotas de grasa sobre las flamas danzantes. También el pájaro cazado por Shaén se había asado, pues en Las Tierras Heridas no es sensato desperdiciar ni la porción más pequeña de alimento, y se lo habían dado de comer al antiguo patriarca de la familia, por la blandura de la carne.
Shaén se relamió los labios expectante. Hacía tiempo que no probaba buena carne y las fuertes emociones del día le habían estimulado el apetito.
Junto a él, a su derecha, se encontraba su esposa Schera, que en ese momento arrojó una rama reseca de una pila cercana al fuego. A su izquierda, algo más separados, yacía su sobrina Shadara, con el pequeño Jadsar en brazos; acunaba a su hermanito con ternura y le tarareaba en susurros una melodía sencilla y relajante. Sarasha, del otro lado de la fogata, sostenía una vejiga de adidi repleta de agua purificada al fuego, que vertía en la boca su marido. Saedor, hermano mayor de Shaén y último miembro del reducido clan familiar, se encontraba tendido entre pieles de adidi, con la cara somnolienta boca arriba y un verdor ominoso en las mejillas. Había vomitado tres veces desde el retorno de los cansadores y su mujer no daba abasto en hidratarlo lo suficiente para recuperar los fluidos perdidos. La carne del pájaro se había desperdiciado en él, pero Shaén no lo consideró una perdida importante.
Saedor llevaba varios días así, desde poco después de la muerte de Darshan. La enfermedad había llegado súbitamente, sin otro augurio que el decaimiento en el ánimo del hombre. Cada tanto le llegaba un lapsus de lucidez, pero la mayor parte del tiempo permanecía inconsciente o murmurando incoherencias. Otros de sus seres queridos habían caído en males similares, y ninguno había vuelto a ponerse en pie.
Shaén lamentaba la condición de su hermano por dos razones muy distintas: la primera y principal, era el puro amor fraternal que profesaba por Saedor; pero la otra, más oscura, tanto que odiaba siquiera reconocerla, era que, mientras Saedor estuviese incapacitado o si moría, Shaén debía tomar el puesto de patriarca y decidir sobre el destino de la familia. Ni Salán, ni Schera, ni Sarasha, ni Shadara desconfiaban de su liderazgo, pero en secreto él si lo hacía, porque odiaba la responsabilidad, la había odiado desde su más tierna infancia. Por ello siempre se acobijaba en la obediencia a otro, primero a su padre y luego de su hermano mayor. Porque toda desgracia que aconteciera estando él a cargo sería su culpa, y en Las Tierras Heridas las desgracias proliferaban como moscas en la podredumbre de la carne.
Y la culpa era algo que lo aterraba más aún que las serpientes que se deslizan en las sombras de la cueva mientras uno duerme.
Quizás con suficientes cuidados y alimentos su hermano recuperase la salud. Pero Shaén sospechaba que la debilidad de su hermano no yacía en su cuerpo, sino en su alma, en la pérdida de su hijo bien amado. Shaén y Saedor había perdido hijos antes, pero la mayoría no había alcanzado los dos años de vida; en cambio Darshan ya era todo un hombre, preparado para engendrar a sus propios hijos… Si hubiese conseguido una esposa antes de su muerte.
Aquél era otro problema que inquietaba a Shaén: la reproducción.
Su padre le había advertido de los riesgo de la endogamia, y de la antiquísima tradición Arch-doah de intercambiar muchachas entre clanes familiares luego de que estas hubiesen sangrado por vez primera, demostrando su fertilidad. De esa manera las tribu nómadas esquivaba los riesgos del incesto. Pero en la situación actual, aquella tradición se había tornado difícil de practicar.
Pensar en esto le llevó a una nueva lamentación.
“Esos muchachos que matamos… Alguno de ellos podría haber sido un buen esposo para Shadara. Y alguna de sus mujeres podría haber sido una buena esposa para Salán...”
Como patriarca se le había presentado una oportunidad de desempeñar su sagrada función y consultar matrimonios con el patriarca de otra familia… Y la había destrozado de un flechazo.
“Realmente eres un desastre Shaén, ojalá hubieses muerto tú y no aquellos jóvenes”.
Este último pensamiento le pareció el más terrible de todos, pues de él emanaba una ineludible fetidez de muerte y condenación. La fetidez del desprecio a la propia vida. La misma fetidez que ahora consumía las escasas fuerzas restantes de su hermano mayor.
“¿Por qué todo ha de ser tan horrible?”. Se preguntó desconsolado.
“Porque nosotros somos un pueblo derrotado, y este es el destino de los derrotados, de los que carecen de la fuerza suficiente para alzarse contra sus enemigos y lograr la victoria”. Le respondió la voz de su padre. Una voz vieja, cansada, quizás sabia, o quizás simplemente cobarde.
—¿Shaén?
La voz de Schera lo sacó de sus meditaciones. La mujer le extendía una de las humeantes patas asadas del adidi.
—Ya está pronto para comer —le indicó al ver que él salía lentamente de su trance. Luego de que Shaén tomara la carne y comenzara a masticar con celeridad, y su sobrina y cuñada tomasen sus porciones, ella extrajo otra pata y se incorporó—. Se la llevaré a Salán.
Shaén asintió mientras seguía comiendo y su mirada volvía a perderse en un punto indeterminado de la caverna, entre los relieves irregulares de la roca en cuya superficie insidia el irregular esplendor anaranjado del fuego.
Schera caminó por el estrecho túnel que daba al exterior y encontró a su hijo de pie, con la ardiente lumbrera en la mano alzada y sus pieles de adidi danzando al viento.
—Salán. ¿Ocurre algo?
—Madre, creo que vi algo moverse allá abajo, pero puede que se tratase solo de algún arbusto arrancado por el viento —respondió frustrado y notoriamente nervioso—. Esta maldita oscuridad impide que puede distinguir cosa alguna.
—¿No serán falsavidas? ¿Es eso en lo que piensas? —aventuró ella, entregándole la pieza de carne asada—.
Salán dejó el garrote contra la roca para aceptar la pata.
—No, el brillo de los ojos de los falsavidas pueden distinguirse hasta desde la más lejana lontananza por las noches… Sin embargo…
—¿Sin embargo?
—Aquellas figuras me parecieron humanas —indicó, dándole una mordida a la jugosa carne—.
Schera guardó silencio.
Fue entonces que los fuegos prendieron allá abajo.
...
Al escuchar los gritos de asombre procedentes de la boca de la caverna Shaén, Sarasha y Shadara con Jadsar en brazos se incorporaron y corrieron hacia Salán y Schera.
No hizo falta preguntar la razón de la exclamación de madre e hijo, pues ante ellos, abajo en la ladera del cerro, cuatro pequeñas fogatas ardían alrededor de un pequeño grupo de Arch-doah.
Aún a la distancia Shaén los distinguió a la perfección: al frente se encontraba un hombre quizás de su misma edad, ancho de hombros y que sostenía una lanza corta con punta de roca pulida en cada mano. Tras él habían cuatro mujeres de entre veinte y treinta años, dos de ellas con niños pequeños en brazos, y un chico y una chica que no llegarían a los diez años cada uno. Todos ellos parecían acongojados, con lágrimas en los ojos, e ira en sus miradas.
“Oh, no”.
En aquél momento Shaén se sintió como se sentiría un hombre que, tras soñar que es atacado por una serpiente, despierta e inmediatamente después recibe la mordedura de una víbora venenosa que se ha deslizado a su lado. Y vio a aquellos raquíticos y enfermizos Arch-doah, a aquellos seres desviados como él y sus familiares por Las Tierras Heridas, como una manifestación de una pesadilla que cobra carne propia por los oscuros designios de un dios maligno.
Su corazón latió con violencia dentro de su pecho y un sudor más frío que el viento que acariciaba su piel manó de cada poro de su cuerpo.
“No puedo… Oh, almas de ustedes que vinieron antes que yo, saben bien que no soy lo suficientemente fuerte...”
El hombre de las lanzas señaló hacía la boca de la caverna de la familia de Shaén, a los Arch-doah iluminados por la lumbrera que sostenía en alto el desconcertado Salán, y clamó con voz colérica.
—¡Malvados, viles traidores de los Arch-doah, asesinos de hermanos de hermanos!
¡¡¡Asesinos de mis hijos!!!
Las mujeres y niños tras de él se echaron a llorar.
—¡Soy Sarac y se los exijo! ¡Quiero a los asesinos de mis hijos, Nansha y Chaé, los quiero a ellos para retarlos a un juicio por duelo, bajo la mirada de los ancestros! ¡¡¡Para que paguen por sus muertes!!! ¡Manden a los asesinos, o iré yo por ellos, y no dejaré a ninguno de ustedes con vida!
Entonces el enfurecido hombre clavó una de las lanzas en la seca hierba y retrocedió tres pasos, tomando una postura de combate con la otra lanza y mirando a la boca de la cueva con fijeza, odio y expectación.
Shaén se dejó caer de rodillas entre sus familiares. El frío viento heria su cuerpo que aún retenía algo del calor de la hoguera, pero aquello no importaba; el pequeño Jadsar comenzó a llorar en los brazos de Shadara, pero aquello tampoco importaba; Schera desvió la mirada de los inesperados visitantes y la fijó en su marido, con la más absoluta incomprensión señoreando su semblante… Y Shaén deseó con todas sus fuerzas que aquello tampoco importara, pero se trataba de la última roca en su túmulo funerario.
“Este es mi límite —halló la paz en aquella revelación, en aquella renuncia, en aquella derrota. Curiosamente, experimentó una placentera laxitud en aquella derrota; un sentimiento maravilloso que le había sido velado durante toda su vida. ¿Aquella era la genuina paz? ¿Aquello era lo que anidaba en el pecho de un hombre que había perdido incluso la esperanza? —. Renuncio a todo, he sido derrotado, despojado de la totalidad de lo que alguna vez he sido. Locura… Dame fuerzas tú, pues ya ni en el temor a la muerte encuentro las fuerzas suficiente para seguir respirando”.
Con el rostro súbitamente demostrando una completa y antinatural carencia de emociones, Shaén se incorporó lentamente y hizo girar sus hombros, sus huesos crujieron y los músculos tensos se aliviaron un poco. Se sentía curiosamente liviano.
—Shaén… —comenzó Schera, y su voz se quebró, dando indicios de histeria— ¿Qué… qué está pasando? ¿Quiénes son esas personas? ¿Por qué ese hombre nos amenaza y nos acusa de las muerte de sus hijos? ¿Qué… Qué es esto...? —Se trabó, como si no pudiese hallar las palabras adecuadas para formular su pregunta—.
Shaén inhaló fuerte y sonoramente, y luego exhaló con calma.
“Una vez que ya te das por vencido, aparentemente el miedo a la derrota desaparece.
Por vez primera me doy cuenta de cuán plenamente cobarde he sido durante toda mi vida”.
Shaén miró a los ojos a su familia, uno por uno, intentando trasmitir en su mirada el intenso amor que sentía por cada uno de ellos.
Luego habló.
—Aceptaré el reto. Espero que sirva como distracción para que ustedes ganen algo de tiempo. A pesar de sus palabras dudo que les perdonen la vida después del duelo… Sea cual sea el resultado… Tendrán que escapar. Tomen todo lo que puedan, los arcos, flechas, agua y la carne y las pieles… Tendrán que dejar a Saedor, lo siento. Pero es lo que él hubiese querido de estar consciente ahora mismo.
—¡Padre, no! —Clamó Salán—. ¿Y si te lanza su lanza a traición mientras te acercas a aceptar el desafió? ¡No confíes en su palabra!
—Quizás, pero somos menos, ustedes necesitan esta distracción para ganar alguna ventaja en la huida.
—Entonces yo iré contigo, ¡a mí también me está retando!
—No —sentenció Shaén y colocó una mano sobre el hombro de Salán—. Fue guiado por mi voluntad que hiciste lo que hiciste. Yo soy el padre y tú aún eres demasiado joven para entender todas las implicaciones de lo que pasó. Deja que con este acto pueda redimir tu pizca de culpabilidad, hijo mio, y así quizás yo mismo pueda llevarme un poco de decencia y dignidad a la tumba.
“Realmente ya te das por muerto, maldito necio. Bien, mejor así”.
—No entiendo nada… —interrumpió Schera, dando un brinco entre ambos—. ¡¿Cómo que te sacrificarás por nosotros?! ¿Cómo que debemos huir? ¡Nosotros no hemos hecho nada malo!
¡Ellos se confunden! Ellos, ellos, ellos… —Y comenzó a llorar desconsoladamente—. Por favor, esposo, dime que ellos se confunden… Lo necesito…
El semblante de Shaén tembló, pero recuperó su impasibilidad al instante.
—No, lo que necesitas es ir juntando nuestras pertenencias para escapar. Ella abrió la boca sin decir palabra alguna, al borde de un colapso nervioso. Shaén la rodeó con sus brazos súbitamente, y le susurró al oído:
—Te amo. Te amo como no puedo expresarlo con palabras. Y es porque te amo que tengo que hacer esto. Debes entender y actuar rápido. Debes ser fuerte. Debes... Esta es nuestra necesidad ahora. Confío en ti.
Tan rápido como lo hizo deshizo el abrazo, encaró a Salán, colocó las manos sobre los hombros de su hijo y le dijo:
—Te amo. Protégelas a todas y a tu pequeño primo. Se fuerte. Eres el patriarca ahora. Miró por ultimo a su cuñada y a su sobrina.
—Sean fuertes. No se dejen vencer. Qué ninguno de ustedes se deje vencer sin luchar.
Dicho esto se separó del grupo, recorrió el estrecho saliente con pasos temerarios y bajó por una zona de la pendiente del cerro muy empinada. Por poco se hubiese torcido el tobillo y resbalado, pero evitó este accidente y siguió andando.
Llegó a la zona iluminada por los fuegos de los visitantes. Vio en la proximidad más detalladamente esos semblantes de odio dirigidos hacia él, esas miradas penetrantes que clamaban por justa venganza. Se fijó en que las mujeres llevaban arco y lanzas y los dos niños cuchillos de piedra pulida en las manos.
“Corran”. Quiso gritarle a sus familiares, pero consideró que eso alejaría la atención de él. Caminó hasta la lanza clavada temiendo que la predicción de Salán se cumpliera y un proyectil atravesase su pecho antes de tener ocasión siquiera de dar batalla. Pero esto no aconteció. Tomó la lanza corta y la sostuvo en posición de ataque.
Miró al Sarac a los ojos.
—Yo soy al que quieres.
—Junto a los cadáveres de mis hijo encontré huellas de dos personas distintas.
—Pero las flechas que les arrebataron la vidas salieron todas de mi carcaj.
Shaén no supo si Sarac creyó su mentira o simplemente aquel hombre de hombros anchos no podía contener sus ansias de justa vindicación.
—Es imposible que los ancestros te perdonen la vida, villano, come excremento, asesino de niños… Derramaré tu sangre en nombre de mis hijos.
Curiosamente en aquel momento Shaén se permitió algo que no se había permitido en mucho tiempo. Con una sonrisa de negro humor y un deje de cinismo en la voz dijo:
—¿Quién sabe? Los ancestros han permitido muchas cosas bastante cuestionables de un tiempo a esta parte.
—¡Blasfemo! ¡Éste será tu último crimen, pedazo de mierda de adidi!
Y con este ultimo grito Sarac cargó contra Shaén, dirigiéndole la punta de su lanza al pecho.
Shaén reaccionó a tiempo. Con el astil de su arma golpeó el de la del rival, desviando la punta que solos atravesó el aire.
Sarac giró súbitamente y le asestó una patada a Shaén en la cadera derecha, que le hizo tambalear y dar un traspié, pero no resultó muy efectiva.
Ambos contrincantes giraron mirándose mutuamente y apuntándose con las lanzas dispuestas al siguiente golpe.
—¡Eran buenos chicos! —Clamó Sarac, dejando salir la cólera en cada palabras—. ¡Mis niños!
Shaén lo miró con el gesto propio de quien acepta el epíteto de criminal. Algo que podría considerarse la expresión más pura de maldad alcanzable por la condición humana se apropió de su rostro.
—Quizás lo eran, pero no me dieron esa impresión —dijo, girando ligeramente la cabeza para enseñar su oreja herida—. Aunque te concedo que eran decentes como arqueros.
Sarac abrió la boca asombrado ante esta muestra de absoluto desprecio.
—¿Es que acaso eres un señor de la devastación?
—No —indicó Shaén, iniciando su ataque—. Simplemente soy un hombre derrotado. Las lanzas chocaron, pero esta vez ambas puntas hallaron carne.
La de Sarac se hundió en el antebrazo de Shaén y la Shaén en el hombro de Sacar.
Ambos rivales gruñeron, dieron un paso atrás, desprendiendo sus armas del cuerpo del otro e inmediatamente después, sin calcular el siguiente golpe, guiados por el ardor de sus pechos, volvieron a cargar.
Shaén movió rápidamente la cabeza de lado, evitando que la lanza penetrase su ojo derecho y recibiendo solo un pequeño corte en la mejilla.
Sarac, por su parte, recibió el impacto de la punta de roca en el bajo vientre.
Sarac chilló de dolor pero no perdió tiempo. Con su mano libre se aferró al astil de la lanza del rival evitando que este retrocediese, y con un giró descendente de su propia arma, clavó la punta pétrea en la parte delantera del muslo de Shaén.
Shaén gritó de dolor y jaló con fuerza su arma, logrando deshacer el agarre de Sarac y dar unos pasos tambaleantes hacia atrás. El ardiente dolor de su muslo le hizo hincarse de rodilla. Sangre manaba de la herida.
Sangre manaba también del bajo vientre de Sarac justo cerca del ombligo. Si sus intestinos habían sido perforados, entonces la vida que le quedaba a aquel hombre podía contarse en días, quizás horas.
Ambos rivales contemplaron sus propias heridas, haciendo una rápida estimación de que tanto los limitarían para el resto del combate y luego se miraron mutuamente. Una curiosa conexión comenzaba a formarse entre ambos hombres, un odio tan profundo, una enemistad tan significativa, que bien podría ser considerado el opuesto absoluto a una hermandad.
—Los amaba tanto… —Suspiró Sarac, con lágrimas en los ojos—. Nansha… Chaé… Mis pequeños…
Shaén se permitió un momento de vacilación al sentir un metafórico golpe de culpa que bien podría haber sido dado con un garrote revestido de puás al rojo vivo.
Sarac notó la vacilación y la aprovechó.
Impulsando el astil con ambas mano, logró que la punta de su lanza se clavara en el pectoral derecho de Shaén.
En un acto reflejo, Shaén empleó su laza como un sable, dando un mandoble en horizontal. El agudo filo rocoso de la punta de la lanza cortó los pómulos y el puente de la nariz de Sarac profundamente. Si el golpe hubiese ido dos centímetro más por lo alto, le hubiese dejado ciego.
Los rivales retrocedieron y giraron uno en torno al otro. Jadeaban, sudaban y tiritaban, sangrando de las numerosas heridas. Sin dejar de mirarse el uno al otro a los ojos, aumentando el odio mutuo a cada instante.
“Por favor que estén lejos ya… No sé cuanto tiempo puedo aguantar esto...”
Como si el mundo tuviese consciencia de sus pensamientos y el imperioso objetivo de desmoronar hasta la más pequeñas de sus esperanzas, en ese preciso momento Shaén vio las figuras que se acercaban a los combatientes desde la elevación del cerro, cargando lumbre y lanzas y arcos en sus manso.
Eran Salán, Schera, Sarasha y Shadara (habían dejado al pequeño Jadsar junto con su moribundo padre, en el interior de la cueva).
La familia de Sarac reaccionó con violencia a la llegada de los familiares de Shaén, lanzando improperios y cargando flechas en sus arcos.
Shaén quiso preguntarles porqué habían ido a por él y también gritarles que se alejaran. Pero estas protestas murieron antes de salir de su garganta. Pues en los rostros de su hijo, esposa, cuñada y sobrina vio un gesto de fidelidad y valentía que le entibió el alterado corazón. Ellos lucharían junto a él y por él. Porqué lo amaban.
Copiosas lagrimas se derramaron por las mejillas de Shaén.
—¡Necios! —Gritó—. ¡Maravillosos necios!
Todo su mundo daba vueltas, próximo al colapso. Quizás por toda la sangre que seguía manando de su muslo y pecho. Pero aún así halló las fuerzas para mantenerse de pie. Tiritando de frío, pero completamente alienado del temor a la muerte.
“El aprecio a la vida es la esperanza de los insensatos”. Resonó la voz de su padre en su cabeza.
“Pues soy el mayor insensato que ha surgido entre los Arch-doah”. Resonó su propia voz.
Ambos bandos familiares se ubicaron por detrás de sus respectivos patriarcas, con lanzas dispuestas a ser arrojadas y flechas colocadas en cuerdas de arcos tensadas.
Shaén y Sarac miraron cada cual a su respectiva familia y luego se miraron mutuamente.
—¡Todos pagarán por tu crimen, maldito! —Le recriminó Sarac—.
—Lo sé, y me odio por ello —espetó Shaén y sonrió ampliamente con locura—. ¡Pero los protegeré hasta el ultimo de mis alientos!
Ambos patriarcas cargaron uno contra el otro, las lanzas dispuestas nuevamente, cada una apuntando al corazón del rival.
Y entonces una voz masculina, gruesa y potente resonó en el gélido viento:
—¡Suficiente!
Un rayo negro, más negro de que la misma noche de Las Tierra Heridas, que irradiaba un fulgor rojo que hería sus almas como el viento gélido les hería la carne, se estrelló en la tierra que separaba a ambos combatientes, y la potente onda expansiva levantó una nube de polvo y pasto quemado entre ellos y desvió las lanzas.
Sarac y Shaén cayeron sentados, desconcertados, y buscaron con la mirada el origen de aquel rayo antinatural, de una maldad tan papable como los astiles de las lanzas en sus manos.
Lo que encontraron fue algo como salido de un sueño. Más específicamente de una pesadilla.
El gigantesco lagarto, un drogerdhier (especie que solo habita la linea costera noreste de Las Tierras Heridas), era un falsavida, o por lo menos algo muy semejante a un falsavida. La escamosa piel putrefacta y repleta de llagas y heridas, con musgos y hongos proliferando por su superficie; carecía de mandíbula inferior y su gruesa lengua viperina pendía inanimada de su garganta descubierta. Los ojos del ser ardían en escarlata y las sombras se intensificaba a su alrededor.
Pero más terrible que la montura era su jinete: un hombre que era solo la mitad de un hombre y la otra mitad la de un cadáver, de largos cabellos grisáceos, el cuerpo envuelto en una amplia y majestuosa túnica roja, y ojos que desprendían fulgor escarlata (aunque el izquierdo no era más que una cuenca vacía), iba sentado parsimoniosamente en la cabeza del reptil falsavida. Y detrás de él, sobre el lomo curvado de la cadavérica criatura, se encontraban tres mujeres, de entre quince y veinte años, todos ellas de hermosas facciones, dotadas de una salud visiblemente superior a la de los miembros de ambos clanes familiares y los cuerpos cubiertos prendas tan rojas como la túnica de su señor.
Shaén tragó saliva. Confuso.
“¿He muerto? ¿Estoy soñando ahora?”
Pero la maravilla apenas comenzaba.
De detrás de la montura y sus jinetes surgieron otras figuras: guerreros Arch-doah, gloriosos, saludables, de músculos voluminosos y miradas soberbias, armados con arcos y lanzas aunque sin adoptar una pose amenazante, y junto a ellos, caminando hombro con hombro como hermanos, decenas de falsavidas en diversos estados de descomposición.
—No… No puede ser… —Atinó a murmurar Sarac, febril, poniéndose en pie con la vista fija en los inesperados visitantes—. ¿Nuestros ancestros los envían? ¿Ustedes… Ustedes vienen a juzgarlo —señaló a Shaén con su lanza— por la muerte de mis hijos?
El hombre mitad cadáver de la túnica roja saltó de la cabeza del lagarto falsavida y caminó hasta los patriarcas con pasos lentos pero decididos. Al llegar ante ellos extendió su brazo derecho, el de su lado humano (el otro parecía que la había perdido como su montura había perdido su mandíbula inferior), con su mano enhiesta y la palma abierta en el gesto de la paz y la tregua. Detrás de él sus hermosas mujeres desmontaron e imitaron el gesto, y detrás de ellas hasta la lontananza todo guerrero y falsavida mostró su palma.
—Paz —indicó el hombre mitad cadáver, con aquella voz dominante y severa pero al mismo tiempo beatifica, propia del arquetipo del patriarca de los Arch-doah, aunque malograda por la ausencia de la mejilla izquierda—.
Shaén miró al hombre cadáver con una mezcla de espanto, admiración, terror y fascinación. Él parecía ser el líder de aquel peculiar grupo.
Ahora que estaba más cerca pudo distinguir más rasgos: carecía de nariz, y de oreja izquierda, pero el lado derecho de su cara presentaba una salud y una masculina beldad que era la antípoda de su lado zurdo, y aparentaba rondar la treintena.
Una de las tres mujeres llegó junto a él mientras las otras dos se quedaban atrás y abrazó el único brazo del hombre cadáver.
Este la miró fijamente y ella asintió.
Shaén tuvo la extraña sensación de que en aquella mirada había acontecido un intercambio de información mucho más grande del que suelen propiciar las miradas.
La mujer, una beldad tan saludable que Shaén bien podría haberla tomado por la reencarnación de la diosa perdida, con sus largos cabellos negros como la noche enmarcando un rostro de facciones delicadas y grandes y oscuros ojos, les sonrió y dijo:
—No tengan miedo, habrá dolor, pero durará poco.
Tras estas palabras dos tentáculos de oscuridad y fulgor rojo manaron del aura negra que envolvía al hombre cadáver, serpentearon en el aire y envolvieron tanto a Shaén como a Sarac.
Ambos contrincantes gritaron y se retorcieron de dolor ante las atónitas mirada de ambas familias y la inmutable soberbia de los guerreros Arch-doah, pero solo durante un instante. Los tentáculos se desvanecieron y Shaén y Sarac palparon sus revitalizados cuerpos con más desconcierto y maravilla que horror.
Todas sus heridas habían sanado.
—Tomad esto como un galardón y una demostración de buena voluntad por parte de mi marido, de quien soy la primera entre sus esposas y la portadora de su voz —siguió diciendo ella, y Shaén no pudo evitar notar que a sus espaldas las otras dos mujer (esposas también) la miraban con una mezcla de admiración y envidia—. Él es Meshermauc, señor de la devastación y caudillo de los Arch-doah. Y yo soy Danaasharea. ¿Cuales son sus nombres?
Shaén sintió un vuelco en el corazón.
¿Un señor de la devastación?
Aquello no tenía sentido: se suponía que los señores de la devastación eran magos malignos, servidores de los dioses oscuros que habían herido a la madre de la tierra.
¿Porqué sana mis heridas y pregunta por mi nombre?
El otro patriarca vaciló menos que Shaén.
—Mi nombre es Sarac —indicó—.
Una voz inesperada sonó al lado de Shaén.
—Mi padre se llamá Shaén.
Shaén se volvió sobresaltado. Salán se había desplazado a su lado en silencio, fuera de la atención de todos los presentes, y contemplaba a Meshermauc con una fascinación absoluta, como si aquél hombre fuera un glorioso ídolo dedicado a los ancestros.
Danaasharea frunció el ceño, pero Meshermauc sonrió con su media boca (la otra mitad eran diente y pútridas encías al descubierto).
—¿Y tú, muchacho? —Interrogó con su propia voz, en un tono particularmente paternal que hizo sentir incomodo a Shaén—.
—Yo… Yo soy Salán —respondió el muchacho, y bajó la mirada tímidamente—. Meshermauc asintió e intercambió una nueva mirada con su esposa.
Danaasharea prosiguió:
—Asumo que ustedes son los patriarcas de sus familias ¿no es así? Ambos, Shaén y Sarac, asintieron.
—Pues prestad atención a mis palabras, pues en ellas se encuentra la esperanza para toda nuestra etnia. Ocho años atrás, mi marido, que por aquél entonces habitaba en las regiones más norteñas de Las Tierras Heridas, dio con La Caverna de Carne, hogar de Iozramaul, dios regente de este, nuestro oscuro hogar, a donde los Nac-shech nos han forzado a buscar refugio. Iozramaul es uno de los dioses de antaño, de antes de que la diosa antigua fuese herida y la superficie de la esfera fragmentada, como narran los relatos de nuestros más remotos ancestros. Pero antes de ser reducida, la diosa de la luz logró sellar a los dioses de la oscuridad en una profunda cavidad de la esfera, aprisionados por el propio poderío del Aumhah. Con el correr de los eones el sello se ha debilitado, al punto de que los dioses oscuros pueden manifestarse, aunque no totalmente, en la superficie de la esfera. Como es el caso de Iozramaul, amo de la pestilencia, señor de las moscas y las aves carroñeras, y Las Tierras Heridas no es otra cosa de que su dominio oscuro. Todo esto le reveló Iozramaul a mi marido Meshermauc en la Caverna de Carne y, viendo que él era un guardián del brillo, le ofreció un pacto: servir a las tinieblas, ascendiendo a señor de la devastación y expandiendo su dominio oscuro por todo Talrud, a cambio de la salvación y la gloria de los Arch-doah. Mi marido aceptó el pacto, que selló con su propia carne, y obtuvo gran poder y sabiduría a cambio. Los falsavidas le obedecen, pues las almas de estos engendros sombríos manan del propio Iozramaul, quien le otorga un señorío absoluto sobre sus súbditos. Con sus poderes y su ejército de las tinieblas, mi marido se propuso entonces unificar a los Arch-doah y encaminarnos a nuestra antigua gloria; o mejor dicho, una gloria que supere a la de nuestros ancestros. Con Iozramaul ahora como dios señorial de nuestro pueblo, Meshermauc ha pasado estos últimos ocho años unificando los clanes familiares dispersos por todas Las Tierras Heridas, brindándoles prosperidad, y siendo venerado como el mesías y el caudillo absoluto de nuestra mermada etnia. Ahora mismo miles de hombres y mujeres y niños nos siguen y nuestro ejército crece en números, más y más con cada clan que hallamos en nuestra. Muy pronto encontraremos al resto de los Arch-doah dispersos y marcharemos entonces por el Sendero de la Desesperanza ¿o debería decir El Sendero de la Esperanza? Para reclamar las tierra de nuestros ancestros.
Tras este discurso la mujer les dedicó una sonrisa autocomplaciente y siguió.
—Ahora bien, debéis aceptar a Meshermauc como vuestro caudillo y mesías, y a Iozramaul como vuestro único dios. A cambió de vuestra fidelidad y vasallaje, nosotros les ofrecemos todas las riquezas del mundo.
Al decir estas palabras Danaasharea se separó de su marido, dio un paso al frente sacando una pequeña bolsa de un bolsillo disimulado en la amplia manga de su vestido, extrajo una semilla de su interior y la dejó caer en la tierra, entre las hierbas moribundas. Volvió luego al lado de su marido. Un nuevo tentáculo negro-rojizo surgió de la negra aura de Meshermauc y se clavó en la tierra, donde su primer esposa había dejado caer la semilla, y en esta ocasión, junto con una potente lumbrera roja, un manzano, perfectamente formado, manó de la tierra en cuestión de instante.
Shaén sintió asombrado el temblor del suelo bajo sus pies, donde las raíces del manzano se extendían tan veloces como el ataque de una serpiente.
Aquello era un milagro. Un milagro envuelto en máculas de maldad. Pero un milagro al fin y al cabo. Grandes y rojas manzanas pendían de las rama donde antes solo había habido viento helado. Danaasharea arrancó una con cada mano y se las entregó a ellos.
Quienes, cuidadosamente, como si se tratara de un tesoro valioso y en extremo delicado las aceptaron.
Dejando su odio de lado, Shaén y Sarac intercambiaron mirada inquisitivas, como preguntando al otro si morder aquellos frutos producidos por las artes de umbra era buena idea. Pero en aquel preciso momento, tanto la seductora delicia de las manzanas como las vidas repletas de hambre y privaciones de ambos hombres les traicionaron, sus estómagos gruñeron al unisono y, a un mismo tiempo, mordieron.
Una dulzura desconocida hasta aquel entonces acarició sus paladares. Lágrimas manaron de los ojos de Shaén.
“Salvación”.
Fue todo cuanto logró pensar mientras daba un segundo mordisco y hacía un gesto a sus familiares para que lo siguiera, al igual que Sarac.
Con la velocidad de un rayo los miembros de ambas familias, que hace unos instantes intentaban matarse mutuamente, comenzaron a arrancar manzanas de las ramas y llevárselas a la boca. Para muchos era la primera vez que probaban aquella fruta, o cualquier fruta, en toda su vida.
Muchos se abrazaron los unos a los otros o cayeron de rodillas sollozando de felicidad.
¿Qué importaba la oscuridad o los dioses oscuros o los señores de la devastación o si aquellos eran los poderes de umbra? Meshermauc podía proveer comida. ¿Qué insensato no cedería a sus demandas?
Tras un instante más de regocijo por parte de las familias, bajo la complacida y sonriente mirada de Meshermauc, los dos patriarcas volvieron ante el mago negro.
—Mi esposo quiere saber porqué se batían cuando los encontramos —indicó Danaasharea, que tenía los grandes ojos posados en la fas derecha de su marido, mientras que con una mano le acariciaba la larga melena gris con sumo cariño y sensualidad—.
Shaén abrió la boca, pero no acertó a decir nada. Cerró la boca y bajó la cabeza. Sarac tomó la palabra.
—Este… Este villano… —Dijo, señalando a Shaén con un tono extraño, como si su odio, momentáneamente enfriado por el horror y la maravilla, ahora volviera a arder con la llamas del recuerdo del conflicto truncado, pero, por el súbito cambio de temperaturas, deformado y mellado—. Asesinó a mis hijos para robarles una presa que habían capturado…
—Era un adidi… —Suspiró Shaén, distante—. Comida como para diez días…
—¡Eso no importa! —Estalló Sarac—. ¡Mataste a mis hijos, los ancestros te tienen que juzgar!
En ese momento Sarac convirtió sus manos en puños, como si fuese a asestarle un golpe al otro patriarca en el acto. Shaén ni se inmutó.
—Los ancestros ya le han juzgado, dice mi marido —indicó Danaasharea, sin separar ni por un momento la vista de Meshermauc, con un tono que no denotaba ninguna muestra de interés por este asunto—. Él dice que al aceptar su señorío tendrán que dejar de lado toda rencilla entre sus familias. Él dice también que todo el dolor que nosotros, los Arch-doah, nos hemos causado mutuamente desde nuestro exilio en Las Tierras Heridas, no ha sido otra cosa que el efecto de los actos de los Nac-shech sobre nuestro padres y abuelos. Ellos tiene la culpa última de que debamos matarnos entre nosotros para acaparar el suficiente alimento para seguir con vida —súbitamente posó su mirada en Sarac—. Ellos son los verdaderos culpable de la muerte de tu hijos, a ellos es a quienes deberías odiar en lugar de a uno de tus hermanos de hermanos —y entonces miró a Shaén—. Ellos tiene la sangre de los hijos de Sarac en sus manos, no tú.
Volvió la vista a su marido y siguió acariciándole los cabellos. Las otras mujeres, por apartadas a unos pasos de su marido, parecían arder en deseos de tocar aquellos cabellos.
Shaén y Sarac guardaron silencio durante unos instantes, cabizbajos.
“Servir a las tinieblas, comida, paz, comida, familia, comida, perdón, paz con los falsavidas, comida, comida, comida, servir a las tinieblas”. Así bullían los pensamientos en el interior de la mente de Shaén, como la superficie de un río cuando cae la lluvia, y las gotas producen ondas concentricas que chocan mutuamente, distorsionado la visión del lecho.
A su lado Sarac pareció tomar una decisión. Caminó junto a donde había caído el rayo negro y rojo y tomó su arma caída. Retornó al lado de Meshermauc, se hincó de rodillas, colocó su lanza ritual enhiesta ante él, sujetándola con amabas manos, e inclinó la cabeza en señal de subordinación.
—Yo, Sarac, en nombre de mi familia, te acepto a ti, oh Meshermauc, como mi caudillo y mesías, y a Iozramaul como único dios al cual rendir tributo.
—Y yo te prometo todas las riquezas del mundo —dijo el hombre cadáver con su propia voz—.
Todos los presente miraron a Shaén en aquél momento.
Sus rodillas temblaban, y no solo por las ráfagas de viento frió que azotaban su cuerpo.
“Servir a las tinieblas”. Esta idea le aterraba, tanto su mente como su cuerpo la rechazaban en extremo; sentía nauseas y un atisbo de condenación en llevar a cabo tal acto. Aquél era un rechazo primitivo, como el que genera la súbita visión de un animal venenoso. Pero solo accediendo a aquello alcanzaría la supervivencia de su familia y la escapatoria de aquella pesadilla que venía atormentándolo desde su nacimiento, una escapatoria de Las Tierras Heridas.
Giró la cabeza y miró a sus familiares a su lado, con manzanas en las manos y las miradas, expectantes, fijas en él. Salán asentía enérgicamente con la cabeza, como intentando incentivar a su padre. De todos, era el único que no parecía experimentar aquella mezcla de maravilla y espanto por las fuerzas de las tinieblas, solo maravilla, nada de espanto.
“No quiero ser responsable de esto”. Se dijo Shaén, volviendo la mirada a Meshermauc y su ojo y su cuenca ocular de fulgor escarlata. “No quiero ser yo quien decida, no quiero… Espera un momento, no tengo porqué ser yo”.
—Oh, Meshermauc —dijo Shaén—, has de saber que yo no soy el verdadero patriarca de mi familia, pues mi hermano mayor, Saedor, sigue con vida, mas se encuentra enfermo en una caverna cercana que nos sirve de refugio —extendió una mano, indicando el lugar—. Hasta ahora temía que el mal consumiese por completo la vida de mi hermano, pero al conocer tu poderío, tu capacidad de sanar heridas, veo que queda esperanza para él. Cure a Saedor, Meshermauc, y será él, el verdadero patriarca, quien le jurará lealtad.
Tras estas palabras Shaén sonrió aliviado, como quien resbala y por poco cae al abismo, pero logra sujetarse al borde a tiempo.
El señor de la devastación entrecerró su ojo, en un gesto que podía ser de cavilación o de disgusto. Danaasharea dijo:
—Mi marido comprende tus palabras, pero no está de acuerdo con ellas. Dice que, por más que solo seas patriarca de facto, sigues siendo el responsable de tu familia mientras tu hermano siga enfermo. Y, como tal, eres tú quien ha de rendir vasallaje en nombre de ellos. Si lo haces, entonces tu hermano será curado de todo mal.
Shaén sintió temblar sus piernas y congelarse su corazón, como un obre que se salva de caer al abismo sujetándose del borde, pero un instante después el borde se desprende condenando tanto al hombre como a su esperanza de salvación a un final inevitable.
Con pasos más pesarosos que los de Sarac fue por la otra lanza, manchada aún con la sangre del patriarca que momentos atrás había sido su adversario a muerte y que ahora, por subordinación a un tercero, sería su aliado.
“Qué extraño es el mundo. Qué extraño como en el se entremezcla la vida y la muerte, la luz y la oscuridad”.
Se arrodilló con la lanza enhiesta ante él, bajó la cabeza y dijo:
—Yo, Shaén, en mi nombre y en el de toda mi familia, te acepto como mi caudillo y mesías, y a Iozramaul como mi único dios.
—Y yo te prometo todas las riquezas del mundo —contestó Meshermauc, con una amplia media sonrisa en su medio labio—.

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