Paradox, Gimena P. Veropalumbo

 

Paradox

Consigna: Caminos



 Gimena P. Veropalumbo

Parte 1: “El tren” 

            La oscuridad que había acechado mi mente empezó a disiparse a medida que mis esferas empezaron a videar mis alrededores, notando al instante la ausencia de mi agradable sofá naranja, sintiendo el sabor a Aperol aún en mi lengua, y la estrechez de las cuatro paredes en las que había despertado. Me estiré perezosamente, tratando de recuperar algún recuerdo respecto a qué había sucedido antes de la oscuridad y cómo había terminado en... ¿Un camarote? Sí, un camarote de tren. Ese traqueteo era típico de tal majestuosa máquina, y el paisaje cambiante en la pequeña ventana a mi lado lo confirmaba.

            Pero ¿Cómo llegué allí? Es así que, su confiable narrador se acomodó las ropas, se echó la melena hacia atrás, y se dispuso a obedecer a su naturaleza curiosa, abriendo la puerta frente a mí con decisión. Tras el marco, encontré un bodegón estático, digno de un suspiro: una mesilla con mi desayuno favorito, syrniki (o en términos más simples para que me comprendan, amigos, tortitas apiladas milimétricamente bañadas de savia brillante, con sus infaltables frutas desperdigadas a su alrededor).

            Aquí es donde les pregunto: ¿Cómo resistirse a esta ofrenda sin explicación? Y como buen chico, amigos, me senté y arrasé con el desayuno. Estaba hambriento, aunque por alguna razón, a cada bocado sentía que comía aire y cada vez que tragaba, mi garganta se sentía como si la tajaran. Como de costumbre, luego de comer me dispuse a recorrer los vagones, vacíos para mi gran sorpresa, con un aspecto entre nuevo y viejo, y que en su final, un espejo de marco dorado me recibió con un reflejo que me detuvo en seco. Allí estaba yo, el héroe de este relato, con mi bata y pantuflas, pero sobre mi cuello no asomaba mi rostro agraciado por mi ejemplar genética y juventud. En su lugar, una cabeza de ciervo, con astas que rozaban el techo del vagón, me devolvía una mirada fija, negra y vacía. Amagué a saludar con un gesto torpe, tratando de solapar una sensación de inquietud que me retorció el estómago en un ruido obsceno. Pero el ciervo no saludó. Simplemente extendió su mano (una mano humana, idéntica a la mía) y, desafiando toda lógica física, el brazo atravesó la superficie del cristal como si fuera humo. De su palma abierta brotaba una llave desconocida y enorme, con un cartel que colgaba de ella con una inscripción salvadora: "Casa".

 

Continuará…

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