El paso discontinuo de Vales, por Fernando Gutiérrez Almeira
El paso discontinuo de Vales
Fernando Gutiérrez Almeira
Dicen que hace mucho tiempo, un ingeniero de mirada tangencial daba la cátedra de Cálculo I en la Facultad de Ingeniería. Fue el profesor más raro de todos. Llegaba desde su casa en Pocitos a pie, pero no se limitaba a caminar: de a ratos intercalaba un paso en la vereda con un paso sobre el asfalto. Algo que algunos podrían asociar con una manía, pero que él luego explicaba como una función a trozos que mostraba —a quien quisiera verlo— la idea de que dos límites a veces no suman, sino que equivalen a ninguno, y que la discontinuidad humana es de salto finito, no infinito. Así era él: variable en su invariancia. Y así caminaba, mientras a su costado se balanceaba un maletín marrón de manera asimétrica, donde difícilmente había algo más que algunos papeles sueltos, tizas amarillas y un borrador excesivamente gastado.
Se recibió de ingeniero sin asistir a clase alguna, y su mérito fue muy discutido cuando le concedieron la medalla que recibió sin decir más que “Gracias, no me lo esperaba”. Apenas recibido, todos le auguraban un excelente desempeño futuro y un gran enriquecimiento personal. Pero él dedicó años a reparar máquinas envejecidas —más parecidas a chatarras— en talleres industriales decadentes. Nadie entendió su elección. Solo quedó una anécdota de ese período. Dicen que un poderoso empresario de la industria láctea logró convencerlo de que asistiera a sus técnicos en la reparación de una gigantesca máquina desnatadora. Nadie había hallado el origen de la falla. El empresario, entonces, dijo estar dispuesto a pagar lo que quisiera. Vales, a regañadientes, llegó a la gran factoría de Nueva Helvecia y pidió que le señalaran el artefacto averiado. Diez minutos después dejó un tornillo sobre el escritorio del altivo empresario y le pidió, en paga, una suma abultadísima. El empresario, después de pestañear y angustiarse, le dijo que aquella cantidad era excesiva, dado que solo había tardado diez minutos en resolver el problema. A lo cual Vales —dicen— dijo: “No le cobro por el tiempo, le cobro por el conocimiento”.
Cuando le concedieron la cátedra de Cálculo I en la Facultad de Ingeniería, lo hicieron por descarte: aún habitaba allí la desconfianza hacia su manera poco común de obtener el título. Así que nadie tuvo nada de qué quejarse cuando Vales empezó a generar rumores incontables acerca de su heterodoxia absoluta dando clases. Dicen que en un parcial semestral impuso a los estudiantes una función polinómica suavizada con el producto por una exponencial, en la cual dos raíces distaban solo una milésima, mientras otra distaba de ellas más de cien unidades. A los estudiantes les resultó imposible graficarla. Tras la queja de algunos, Vales les dijo que calificaría el resto de la prueba, pero que ignoraría el hecho de que —así parece que dijo— no habían sabido ir más allá de la escala para replantearse el problema, ni del problema para replantearse la escala.
Dicen que en otro parcial introdujo una función suma de una trigonométrica, una logarítmica y una expresión racional entre barras de valor absoluto. La dificultad fue mayor, y mayúscula la sorpresa cuando los estudiantes empezaron a descubrir que la gráfica representaba claramente la silueta del coche de Vales: un Lada que solamente usaba cuando le dolían los callos o se compraba zapatos nuevos. Ya enterados todos, entre carcajadas, dijo Vales: “Esta función no tiene asíntotas, tiene ruedas”. Y añadió: “La matemática no vive en el vacío: debe rodar por el mundo y llevarnos de un lado a otro”.
Lo más sorprendente de su legendaria trayectoria, así lo cuentan, fue su estridente anuncio de que acababa de resolver uno de los problemas más difíciles del análisis de regresión. Habría, pues, un teorema eterno llamado Teorema de Vales. Todo el staff de la Facultad y una multitud de ingenieros abarrotaron la sala de conferencias para escuchar su voz decantando, paso a paso, la asombrosa demostración. Dos horas se tomó Vales, y sin que pasara un segundo desde el LQQD final, todos se pararon de pie para arrasar el sitio con un estruendoso aplauso. Dicen que Vales se dio vuelta, dejó de mirarlos hasta que hubo un silencio, y luego, con un puntazo de su tiza amarilla, señaló un único error en todo el desarrollo —un error que desmoronaba todo el trabajo. Y allí fue que dijo: “Aquí asumí lo indebido, dando a entender que un atajo elegante es lo mismo que la verdad. Se apresuraron a aplaudirme por falta de exigencia lógica y exceso de vanidad humana”. Acto seguido, guardó en su viejo maletín la tiza y el borrador, y salió sin mirar atrás, dejando a todos desconcertados.
Dicen que lo convocaron desde el MIT, y que por un tiempo todos en la Facultad se imaginaron que finalmente el genio iba a encontrar una manera apropiada de desarrollar su genialidad sin interferir con la vida normal de los que no juegan a las escondidas con ecuaciones diferenciales. Llegó, seguramente, sin corbata y con el saco desaliñado, quizás golpeando alguna rodilla con su maletín al pasar descuidado entre los escritorios de un sexto piso acristalado lleno de computadoras recién instaladas. Y se habrá dedicado a confundir trabajo con elucubraciones sin rumbo, y especulaciones con productividad. No lo soportaron más de seis meses, y dicen que alguien dijo que si bien tenía dos cerebros, estaba claro que eran dos cerebros absolutamente distraídos en discutir entre sí. Supuestamente Vales se enteró de esa sutil afrenta a través de una carta que leyó sonriente para luego decir: “El rigor nace de la fricción, no del consenso. Ponerse de acuerdo con uno mismo es pura comodidad”.
Así que Vales volvió a su cátedra, sin que su despido fuera visto más que como una renuncia aplazada desde su llegada al MIT. Pareció arrinconarse en su tarea docente, sin intervenir en el mundo, pero dicen que se dedicó a conspirar, un año más tarde, con poetas, filósofos y revolucionarios contra la oleada de reacción que ya era casi imparable y que pronto acabó con la democracia. Raro fue verlo un día, tras el golpe de estado, escoltado por dos militares que seguramente no comprendían quién era Vales. Lo sacaron a las apuradas por una puerta lateral, lo tuvieron un par de días en interrogatorio y finalmente decidieron que no daría ya más clases ni ejercería la ingeniería. Con una pensión irrisoria, elaborada a las apuradas, lo encerraron en su propia casa a morir de tristeza. Prisión domiciliaria que lo mató a los setenta y dos años, o eso dicen. Supuestamente recibió muchas visitas de exalumnos y colegas, que lo vieron avanzar desde la distracción hacia un ataque cardíaco que detuvo su corazón inquieto en la gris desesperanza de la desinteligencia que ya había oscurecido el país.
Al cementerio del Buceo, el día de su entierro, bajo una llovizna pegajosa y amarga, llegó una gran multitud. Sobre su tumba, una a una, fueron dejando manos agradecidas: tizas amarillas y borradores desgastados en lugar de flores. Y se dijeron teoremas que escondían la protesta insistente del alma racional contra la locura del poder. Esa fue su despedida. Y dicen que un viejo ingeniero susurró: “Vales, por fin, dio el salto infinito”.
En la biblioteca de la Facultad, después de la requisa, solo quedaron de su pluma unos apuntes archivados, en verdad rarísimos, que ya casi nadie hojea. Allí Vales se tomó su tiempo para teorizar sobre isometrías y proyecciones en un espacio de Hilbert de dimensiones infinitas: una matemática tan bella como inútil. Inútil, claro, para la función de la vida, pero no para la función del espíritu, porque, como decía Vales: “No hay nada más inútil que la belleza”.

Genial!!!
ResponderEliminarMuchas gracias!
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