Citas en Ciclos, por Lebun Criptofer

  Citas en ciclos

 


                                                                                  Lebun Criptofer

Conocí a Yésica el lunes pasado, a eso de las once de la noche, cuando, como es de costumbre, chequeo las notificaciones de Tinder. Para mi sorpresa, habíamos hecho match. Sus fotos eran hipnóticas, ella portaba un precioso contraste, entre ojos diamantes y piel carbón, que me provocaba devoción y deseo.

No tardé en escribirle, ella tampoco se demoró y en un parpadeo ya estábamos coqueteando. Pasamos días conversando y coincidimos en variedad de gustos: películas, series, comidas, libros y más actividades. ¡Ya está, es la indicada!, pensé. Y le propuse vernos en la Plaza Independencia el viernes a las 17:00 h, reservándome la romántica sorpresa de llevarla a la terraza del Palacio Salvo, ¡con vista al puerto!

Afortunadamente aceptó y llegó antes de la hora acordada, yo la estaba esperando sentado frente al Mausoleo, bien vestido: de camisa ajustada, pantalones y zapatos negros, perfumado y estrenando corte nuevo. Ella, deslumbrante, se presentó con un ajustado vestido blanco y luciendo una larga y ondulada cabellera escarlata. No podía quitarle los ojos de encima. Y cuando me saludó con un beso en la mejilla, se me erizó la piel y, de los nervios, comencé a sudar. Tartamudeé un poco al principio, pero enseguida fui tomando seguridad mientras la conversación avanzaba. No me enredé demasiado en palabras vacías y la invité a subir las cientos de escaleras del Palacio Salvo. Infalible, pensé. La miré, nos miramos y su ceño fruncido y extrañado lo dijo todo. Aceptó, pero sólo si tomábamos el ascensor. No había notado que llevaba tacones, mala mía.

Continuamos con la charla durante todo el trayecto. Ella reía, torneaba uno de sus ondulados mechones, tocaba mi hombro derecho y me miraba con una complicidad infinita. Ambos éramos pasionalmente cómplices el uno del otro.

Una vez en la terraza, al borde de la terraza, salté y me senté sobre la valla con los pies mirando al abismo. Entonces comencé a narrarle la historia del puerto de Montevideo, puesto que, muy orgullosa, me había revelado que era oriunda de Cerro Largo y poco conocía acerca de la ciudad. No me quitaba los ojos de encima, la tenía encantada con el relato. Entonces aproveché la oportunidad y le confesé que tenía intención de entablar una relación con ella, que no estaba interesado en los divertimentos de una noche, que estaba ya cansado de eso. No pronunció ni una palabra. Voltee y su rostro de piedra cincelado en horror lo dijo todo. Me contestó con un “andá a la mierda” y me empujó por el precipicio.

A los días, este lunes, desperté en el Hospital de Clínicas, porque los malditos médicos no trabajan los fines de semana. ¡Ya estoy podrido!, grité. Es la décimo séptima vez que despierto en mi cápsula de clonación.

 FIN

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