La forma original, por Sol Rey

La forma original




Sol Rey

Tras un largo viaje en el carro que avanzaba lentamente por las calles de tierra apisonada, el cansancio de tantos años lejos de su hogar le pesaba en la espalda como una piedra. Lin Yu, que significa bosque y jade, continuó el resto del camino con su hermano Shen, quien lo había esperado con su caballo favorito. Mu estaba algo viejo, pero había aguardado lo suficiente para volver a ver a su primer amigo. En el trayecto de regreso, Shen no detuvo su verborrea: le preguntaba a su hermano qué lugares nuevos había conocido en aquel viaje, qué sorpresas había encontrado.
       —¿Qué viste allí?
      Lin Yu continuó mirando al suelo, cabizbajo y en silencio. Hacía meses que había perdido la costumbre de hablar y, por más que lo intentara, no lograba poner en palabras los recuerdos que se proyectaban en la sala de su memoria. Revivió el día de un arrasamiento, y el aroma del humo intoxicante, proveniente de las casas incendiadas, inundó sus fosas nasales. La madera ennegrecida ocultaba el desgarramiento de aquellas familias saqueadas por los soldados o asaltadas por sus propios vecinos: nada más que otros sobrevivientes. Sin orden ni ley, la vida era impredecible; pero ahora estaba junto a su hermano, en casa.
        —Lo que ocurre siempre: los estados compiten por lo que no les pertenece. El equilibrio se rompe, y cada reino busca imponer el suyo; el pueblo queda en medio, como de costumbre —dijo al fin—. He pensado en visitar nuestra cabaña rural unos días, luego de ver a nuestra madre y hermana, para despejar mi mente. Ya sabes. Ahora que viviré con ustedes, quiero estar en mi mejor ánimo.
    Partió al amanecer. Ya había pasado suficientes días en compañía de su familia. La mañana era brumosa, y la niebla le impedía ver el camino con claridad. Avanzó varios li hasta llegar a la primera aldea, donde unos campesinos le abrieron las puertas de su hogar para que se refugiara esa noche, pues la cabaña aún estaba a varios días de camino. Repitió su accionar en la segunda aldea, aunque esta vez fue un anciano guardián —que lo observaba en silencio, evitando preguntas incómodas— quien le ofreció hospitalidad.
   Al llegar, la cabaña de madera familiar estaba rodeada por naturaleza intacta y contrastaba con las sombras de las montañas lejanas. Lin Yu abrió la puerta y levantó una nube de polvo que se extendió por el interior de la pequeña estructura, casi como en un templo abandonado. La oscuridad era inquietante, pero al cabo de unos minutos el sitio volvió a ser habitable. El sol se había puesto, así que encendió una lámpara de aceite. Antes de escribir en su diario, debía inspeccionar las paredes, tal como le había ordenado su madre, para verificar la ausencia de termitas.
    El sonido de los insectos parecía sumergirlo en los diseños abstractos de la madera. Observó cinco puntos dispuestos como si fueran un tórax, y luego la forma de una cabeza sobre el tronco. Parecía una persona; pero eso no era todo: había dos figuras más, una a cada lado, exactamente iguales.
        —Este se llama Feng —dijo, bromeando.
       Antes de dormir, le inventó una pequeña historia a cada figurilla.
   Despertó agitado. Había recordado una hoguera donde varios troncos eran consumidos por el fuego. Ese día, su imaginación lo había traicionado: ¿serían cuerpos? No, imposible. Él mismo había cortado aquellos troncos. Muchos eran usados para carros y armas de guerra; otros, como esos, para encender fogatas. Su mente no lo dejó en paz. En otra de las paredes, el rostro más detallado de una mujer miraba el techo con aires de melancolía; y cerca de uno de los rincones, otro rostro, con gesto de exasperación —tal vez de sufrimiento—. Su aislamiento no lo estaba calmando como había previsto.
    Sobre una de las mesitas, un libro de filosofía parecía llamarlo a conversar sobre el Tao. Leyó las enseñanzas de Lao Tse: la importancia del origen y el modo en que fluimos con el Tao. Leyó y leyó, hasta que por fin lo comprendió. La naturaleza era el Tao vivo. Sin embargo, la cabaña en la que se encontraba no era más que una construcción humana. Había requerido muchos tablones de madera provenientes de diversos árboles que él mismo había ayudado a cortar.
    Entonces lo asimiló. Las vetas no eran azarosas. Las formas no eran invención. En las paredes, algo permanecía. No como recuerdo, sino como eco. Como si la madera aún soñara con el bosque, o cada tablón conservara una parte de lo que había sido y ahora, inmóvil, aguardara. Lin Yu recorrió la superficie con la yema de los dedos. La madera estaba tibia. Se sentía culpable, pero en ese calor creyó reconocer algo antiguo, algo que no lo había olvidado, contenido en las paredes.

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