Consecuencias, por Diana Fajardo

 Consecuencias



Diana Fajardo


Noche fría en la ciudad; una tormenta feroz comienza a desatarse. Un fuerte trueno retumba e ilumina la habitación de la joven Nancy, quien despierta en su cama, exaltada y con la respiración agitada. Se lleva la mano al pecho como si su corazón fuera a escaparse. Queda con la mirada perdida, aún sentada en la cama, despeinada y casi dormida, y rompe en llanto. Al mirar a su lado, la cama está vacía… donde solía dormir su esposo, abrazados todas las noches. Sollozo profundo; la mano de Nancy palpa el colchón frío:

—¡No estás! ¡Otra vez no estás conmigo, amor mío!

Camina a tientas y descalza. La joven, con la mirada vidriosa, fija y perdida, escapa de su casa a pesar de la furiosa tormenta. Por las calles, el viento huracanado golpea con fuerza su rostro, mientras sus lágrimas se mezclan con la lluvia, sus lamentos y cada paso que da hacia ese lugar: el cementerio.

Los faroles apenas alumbran cada rincón de la necrópolis. El viento ulula entre las lápidas. Nancy escala con dificultad el muro del cementerio; sus manos tiemblan, su pijama está empapado, y sus uñas se clavan en el muro, dejándole lesiones en los dedos, hasta lograr entrar en la necrópolis.

Sus pies descalzos se dirigen desesperadamente hacia la tumba de José, su esposo. Con el rostro pálido y los ojos vacíos, suspira al encontrar la lápida. Se agacha sobre el suelo mojado y la abraza con desesperación, como si estuviera sujetando en carne y hueso a José. Nancy observa y acaricia la foto del hombre en el frío mármol.

—Amor, perdóname. No puedo soportar esta realidad que tanto me cuesta aceptar. No puedo aceptar que ya no estarás conmigo nunca más. Sé que no debería dejarme caer, pero el dolor dentro de mí se vuelve cada vez más insoportable, mi amor.

La tormenta se intensifica. El viento impetuoso arrecia brutalmente. Los faroles del cementerio titilan más seguido. Un fuerte trueno cae en sincronía con la intensa lluvia. Oscuridad absoluta. Nancy se aferra con más fuerza a la lápida, mientras los rayos iluminan el lugar por breves momentos.

La última vez que Nancy vio a José, él no pudo sostenerse… con el aliento ronco y una tos interminable, su esposo sostenía una botella de whisky entre sus temblorosas manos. Aquella era una imagen que no debería sorprenderla en aquella ciudad, donde tantos hombres se hundían en esas malditas botellas como refugios humanos.

—Me asustaba verte cada vez más pálido y delgado… Ahora, todos los días miro hacia donde solías sentarte, y en la mesa… tu vaso de whisky vacío… en ese instante entro en razón: ya no estás… se me cae el mundo en mil pedazos.

De repente, en las penumbras, una fuerte ráfaga de viento se hace sentir. Nancy sigue aferrada a la lápida, posa sus labios en el frío mármol y grita con angustia:

—¡Me duele tanto mi corazón! ¡Mi alma reclama por la tuya, estés donde estés, en cada rincón del universo!

Con desgano, continúa:

—Llévame contigo… por favor, amor.

De repente, un crujido metálico terrorífico en las penumbras: una chapa de la techumbre de una de las capillas cercanas al cementerio se suelta violentamente. El viento furioso la hace silbar hasta aturdir, mientras los relámpagos iluminan el metal girando como un cuchillo por los aires.

Al día siguiente, el encargado del cementerio abre las puertas de la necrópolis e ingresa a la oficina administrativa. Enciende el monitor de la computadora y revisa los registros de las cámaras de seguridad del cementerio. Allí observa partes del momento en que la mujer escalaba el muro, hasta que el monitor queda en modo estático debido al corte de luz durante la tormenta de la noche anterior.

El encargado se levanta de golpe de su asiento, tropezando con él. Mientras el monitor sigue mostrando la leyenda SIN SEÑAL en la pantalla, el funcionario corre hacia el lugar de los hechos. Allí se encontraba el cuerpo inerte de Nancy: la chapa incrustada en su abdomen, un charco de agua teñida con su sangre, junto a algunos pétalos de rosas negras y rojas. Los brazos de Nancy, aunque inertes, sujetan la lápida de su esposo José.

Han pasado algunas semanas desde ese trágico momento. Dicen que, en las tardes de los viernes —el día aniversario del fallecimiento de Nancy—, un pájaro negro sostiene siempre un pétalo rojo en su pico y lo deposita con delicadeza sobre la tumba de José, antes de desaparecer entre las sombras del cementerio. Y en las noches de tormenta, como si el dolor de Nancy no hubiera terminado con su vida, sino que se hubiera enterrado con ella, los ojos de José en la lápida siguen respondiendo… No lloran, pero su profundidad brilla al ritmo de los truenos.


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