Era la luz, Fernando Gutiérrez Almeira

Era la luz

Fernando Gutiérrez Almeira


En esa tarde cenicienta, entre paredes opacas, sintió todo el peso de lo vivido, la pena de haber recorrido miles de días con un solo cuerpo cada vez más desgastado. La memoria tenía ya, en su cabeza, enredos de amaneceres y atardeceres, rostros que a duras penas tenían nombres, nombres que no evocaban rostros, ausencias dolorosas donde antes había sonrisas, días que con su rutina se confundían en una masa amorfa de tiempo indiferenciado e insensible. Quería recordar, es cierto, pero también quería olvidar, olvidar para siempre, descansar de los recuerdos. Le parecía clara la sensación de no estar a medias, pues una parte de su alma se había ido con los otros, con los que alguna vez habían sido una dimensión inevitable de su propia vida. Cierto que los postreros, los que vinieron después, aún atestiguaban su existencia, mas esa certidumbre no alcanzaba, pues ellos no miraban hacia el lugar sombrío en el que ahora estaba sentado sino hacia un futuro que no era suyo. Mirar a un niño con los ojos cansados era ya como mirarlo desde lejos, desde atrás, desde una distancia sin ecos. Y lo único que pudo hacer para aliviar ese peso, en esa tarde triste, a punto de ser noche, fue pensar en los comienzos, en los inicios, en la época en que la luz era un milagro, en que todo era nuevo bajo un sol radiante, es que correr lo llevaba a otras partes, a otras emociones, a otros paisajes. Si, aquella era la fuente de la que aún podía beber para aliviar la sed de existir. Y la nostalgia lo envolvió con alas tibias para que volara hacia ese rincón donde él todavía era liviano.

Comentarios