El paso del tiempo, María Julia Lemes

El paso del tiempo

           
          María Julia Lemes


    El hombre llegaba siempre a la misma hora. No porque tuviera algo que hacer, sino porque ya no le quedaban muchas cosas para cambiar. La rutina, con los años, se le había vuelto una forma de sostenerse, un hilo fino, pero suficiente.

    La plaza lo recibía sin entusiasmo, siempre igual, rutinaria, sin expectativas. Los árboles creciendo a su ritmo, cambiando según las estaciones, indiferentes. Los bancos estaban donde siempre, como si el tiempo no los rozara. Él, en cambio, sí había sido tocado; se había ido desgastando.

    Se sentó en su lugar de siempre sin prestar demasiada atención, eso creyó. Tardó unos segundos en advertirlo. No fue una imagen, ni un sonido; más bien fue una incomodidad, una leve fricción, algo que dentro suyo no terminaba de acomodarse.

    Miró el banco con detenimiento y ahí la vio. Una piedra. Oscura, opaca, sin brillo. No tenía nada de particular, salvo el hecho de estar ahí, en el centro exacto del banco. Algo que no encajaba, tal vez, porque no pertenecía a ese lugar.

    Frunció el ceño, molesto. No le gustaba el desorden. No por la piedra en sí, sino por lo que insinuaba: que el orden podía romperse sin aviso, sin explicación y sin testigos.

    Pensó en quitarla, pero no lo hizo. Se sentó a un lado, con cuidado, como si evitara molestarla. La observó un largo rato, en silencio. El mundo siguió moviéndose con su indiferencia habitual: pasos, voces, hojas cayendo, nada fuera de lo normal. Sin embargo, algo había cambiado.

    La piedra no se movía. No exigía nada, salvo el hecho de que ocupaba más espacio del que debía, o del que él estaba dispuesto a tolerar.

    Sintió un cansancio antiguo. No el del cuerpo, a ese ya lo conocía, sino otro, profundo y más oscuro, como si llevara años sosteniendo una forma que ya no le correspondía.

    Bajó la mirada. Sus manos temblaban apenas, pero no de frío: de tiempo. Y en ese temblor, en ese mínimo desajuste, lo entendió.

    No era la piedra, nunca había sido la piedra. Quien estaba fuera de lugar era él.

    La certeza no lo sorprendió y tampoco lo alivió. Fue como una confirmación tardía de algo que había evitado nombrar. Como esas verdades que se sientan a tu lado durante años, en silencio, esperando que dejes de mirar hacia otro lado.

    Apoyó la mano sobre la piedra, sintiéndola fría de una manera extraña, como si nunca la hubiera tocado el sol, como si no perteneciera a ese día. Cerró los ojos un momento, y en esa oscuridad breve sintió el peso de todo lo que había quedado atrás: nombres que ya no pronunciaba, lugares que ya no existían, versiones de sí mismo que nadie recordaba.

    Abrió los ojos. La plaza seguía intacta, demasiado igual.
    Retiró la mano con lentitud, sin mover la piedra, sin decir nada. No era necesario.
    Se quedó allí un rato más, sentado al borde, ocupando menos espacio del que su cuerpo necesitaba, intentando corregirse, si aún fuera posible.
    Cuando finalmente se levantó, lo hizo sin mirar atrás.
    La piedra quedó en el banco.

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