El cuarto hombre era un ángel, Jazmín Villarino (Nollaig Murray)

 El cuarto hombre era un ángel




Jazmin Villarino

En memoria de mi amigo Sergio

Y el cuarto hombre se parecía a dios.

Daniel 3:24-25

Los cuatro estaban sentados alrededor del fuego. En la oscuridad del universo ellos brillaban.

En un pequeño planeta, cuatro hombres en un terreno baldío se calentaban alrededor de un fuego encendido. No se conocían.

He sido atraído hasta aquí, algo hay en ellos, algo que he estado esperando hace eras de luz… No es ese fuego, no es la belleza de las chispas ni la luz que sale del que está sentado a mi izquierda, está enamorado… No es la pena del de mi derecha por la muerte del hijo, que lo limpia de toda pequeñez del mundo. Tal vez el de enfrente, tan duro por fuera, ha estado en la cárcel, ha sido asesino y despiadado, pero su alma está limpia, ¿qué le habrá pasado? Esperaré a conocerlos, si dijeran algo… Pero solo hay silencio.

SERGIO

Caminaba a paso firme, sin apuro. Era de estatura pequeña y frágil, de mirada perspicaz, todo él, agradable. Parecía cuidar cada paso, esforzándose por ver en la oscuridad a su alrededor, entre las lágrimas que le bañaban el rostro mientras sonreía con una tristeza inconmensurable. Aún lo amaba, siempre amaría a Antonio, su esposo.

El lunes, en la cama del hospital habían contraído matrimonio “in extremis” y se despidieron solo pensando en reencontrarse.

Antonio le pedía que viviera, que fuera feliz, que era mucho mas joven que él, y Sergio le dijo todo que sí, que sí…

Pero no.

"El amor duele", pensó en voz alta, y se quedó un momento mirando al cielo. Entonces, al bajar la vista, vio las piedras en aquel lugar solitario, ideal.

Dio vuelta el tacho quemado, aún con restos de maderas dentro, y buscó alrededor basura, ramas secas y un resto de periódico. Sacó el yesquero del bolsillo, se prendió un cigarro y encendió el fuego. Se sentó, empezaba a sentir sueño. Sonrió.

Alguien se acercó a compartir el calor y tiró dentro del tacho un palo más. No le importó.

Creyó ver dos personas más, una a cada lado, pero se dijo que era el efecto de los barbitúricos que había tomado.

Este mundo es lento…

Solo tiene momentos en que todo gira y se mueve en forma perfecta… Son instantes mágicos fuera del tiempo denso.

Y sin embargo, aun acorralado en la densidad, el humano lucha, persiste, espera, sostiene y espera el instante, aunque sea una vez en la vida, lo reconoce… Y se lanza al salto de fe con absoluta entrega.

Y nos atrae la luz que sale de ellos cuando el instante está cerca.

Ahora lo está.

He sido atraído por ella.

ANDRÉS

Andrés estaba dolorido y contento. Al salir del trabajo había tenido un accidente de tránsito: un camión atropelló su bicicleta y salió ileso. El golpe fuerte contra el asfalto lo mareó, pero enseguida se recobró.

El camionero lo quiso llevar al hospital pero Andrés se negó, diciendo que estaba bien, solo con unos raspones. Su esposa lo esperaba en casa, era su aniversario y habían estado muy tristes después de la muerte de su hijo. Aún le faltaban unas cuantas cuadras para llegar. La bicicleta había quedado estropeada y tendría que arreglarla.

Cuando al pasar vio el fuego y las piedras alrededor, sintió la invitación a descansar un momento. Miró con algo de desconfianza a los hombres… Uno parecía un vagabundo alcohólico que se dirigía hacia una de las piedras. El otro dormitaba, tal vez drogado. No pudo pensar mas, un dolor fuerte lo dobló. "La pucha", pensó. "Es cierto que los golpes se sienten cuando el cuerpo se enfría".

Se sentó despacio, y un temblor lo sacudió. Trató de acomodarse tranquilo, en una posición cómoda, y al enderezarse, un cuarto hombre estaba a su lado. Lo saludó con un gesto amable, no lo había visto llegar.

Siento sus pensamientos, su dolor, su amor.

"Por favor, que alguien hable y rompa el silencio…!

En unas horas ya ninguno vivirá. No lo saben aún… solo Sergio que ha decido seguir a Antonio, su amor de una vida.

Ya ninguno formará parte de este planeta".

EMANUEL

Pasaba por ese lugar, esa noche sin saber adónde ir; no tenía familia y no era amistoso. Últimamente dormía en las calles. El baldío daba a una pared semidestruida, la única que quedaba de lo que había sido una antigua fábrica. Vio el fuego y sintió una atracción irresistible por acercarse, el frío le calaba los huesos. Caminó hacia el grupo de hombres, pero se arrepintió enseguida y al dar la vuelta vio su sombra en la pared, temblorosa.

La sombra era monstruosamente mas grande que él en esa luz… Se rio bajito, luego lanzó una sonora y liberadora carcajada, y se sintió mejor. Tosió muy fuerte, respiró hondo y se acercó al fuego. Ya no tenía nada que perder.

Al sentarse, mascullando un "permiso" casi inentendible, sintió como si ya hubiera estado allí. "Qué raro" pensó, y los miró, y ellos a él por un segundo.

Aún no había llegado el cuarto hombre.

Miró a los lados sin levantar la cabeza… Tuvo la sensación de que faltaba alguien. "¡Qué estupidez!", pensó.

Ya era un anciano, estaba tan cansado, del dolor del cuerpo, pero más de los recuerdos… Desde hacía un tiempo algo lo había quebrado, no sabía qué. Él estaba entero, siempre fue tan fuerte… "¿Qué habría pasado?", se preguntaba. Se sorprendía sin poder contener las lágrimas, sensible, él, que nunca lloró ante nadie… Una sensación de entrega lo envolvía, y ahora ese dolor en el pecho que no lo dejaba respirar… Apuró la botella hasta el fondo y se la quedó mirando. Con un gesto de impotencia la tiró al suelo y enseguida miró a los otros como si les debiera una explicación… "Estoy enloqueciendo".

Entonces vio venir al cuarto hombre y sin saber por qué, asintió.

El hombre a mi izquierda se ha acomodado en el suelo, se ha envuelto en su abrigo y se ha entredormido. El de la derecha sueña, la mirada perdida en el infinito, piensa en su hijo… El tercer hombre me mira murmurando algo para sí mismo. Tal vez me hable. Algo está por suceder.

Estaban todos. Y entonces, en un momento cualquiera, alguien rompió el silencio, pudo ser un quejido de Andrés, un momento de lucidez, el llanto enamorado de Sergio o la tos fuerte de Emanuel, pero se inició la charla.

Andrés contó primero lo que lo había llevado hasta allí e intercambiaron historias, hasta que los tres miraron al ángel, que escuchaba sin participar…

Quedó perplejo y por primera vez, sintió un escalofrío.

"¡Me ven…!", pensó con asombro. Un silencio extraño lo envolvió y respiró hondo, sintiendo el aire, no ya a su alrededor sino adentro de él.

Ahora sé por qué fui atraído. Era el momento de hacerme humano. El instante mágico para entrar en su dimensión y sentir como ellos. ¡Que honor! Y se sintió agradecido, humilde ante la nueva experiencia tan deseada: tener un cuerpo, sentir, ser visto, tal vez amado… Al fin.

Será un pequeño espacio de este tiempo, pero habrá alcanzado para saber qué se siente ser humano.

Nada podrá borrar en el éter este encuentro. Nos haremos amigos y me amarán. Cuando el tiempo apremia, aquí en la tierra suceden los milagros, y basta un segundo para sentir lo que una vida.

Hoy, antes de que termine el día terrestre, ya no estarán aquí, y tampoco yo, pero habré sido humano.

Y les contó su historia.

Sentados alrededor de fuego, cuatro hombres, en medio del universo, observaban aquella escena, en un lugar sin tiempo.

Ya no pertenecían al mundo.


 

“Los cuatro estaban sentados alrededor del fuego. En la oscuridad del universo ellos brillaban. En un pequeño planeta, cuatro hombres en un terreno baldío se calentaban alrededor de un fuego encendido. No se conocían.”

Son observados. Con reverencia por la humanidad.

Estaban destinados a, no sé si conocerse, pero sí contactar. Tienen algo en común.

Podrías ser uno de ellos.

Es importante que los encuentres, o te encuentren.

El cuento está abierto…

Es tu elección, ser el observador o el observado.

Yo ya elegí.

Comentarios