Entre la eternidad, por Diana Fajardo

 Entre la eternidad


Diana Fajardo


Noche calurosa en la ciudad de Las Piedras. Los autos ya circulan por la carretera con poca frecuencia. Por un lado, el farol derecho de uno de esos coches quedó aplastado y colgando hecho trizas. El farol izquierdo aún parpadea con agonía destellos rojos intermitentes sobre la terrible escena, como si fuera el último latido de un corazón que ya no aguanta más.
El vehículo yace brutalmente volcado boca abajo sobre el pasto húmedo y embarrado, varios metros por debajo del nivel de la carretera. El metal retorcido cruje como huesos quebrándose; sollozos y lamentos se escuchan dentro del coche invertido.
Juan y Catalina cuelgan de sus cinturones de seguridad; la bolsa de aire comienza rápidamente a absorber la sangre de Juan como una esponja. El cabello de ambos arrastra sobre el techo del auto que ahora es suelo, mientras gotas gruesas de sangre caen lentamente de sus heridas abiertas, estrellándose contra el techo con un sonido constante. La sangre de él se mezcla con la de ella formando un pequeño mar viscoso que refleja el parpadeo del faro. Cada gota que cae hace ondular esa mezcla como un lago de dolor.
La camisa de Juan está destrozada, empapada de rojo oscuro, con trozos de tela pegándose a las heridas abiertas en su pecho y abdomen. La blusita clara de Catalina está rasgada y salpicada de fragmentos de parabrisas que brillan como cristales rotos incrustados en sus pieles. Su rostro está cubierto de lágrimas que se mezclan con la sangre que escurría desde un corte profundo en su frente.
Juan, en agonía, gira apenas su cabeza hacia ella, aterrado y a sabiendas de que la muerte está cada vez más cerca. Ronco, susurrando entre jadeos de dolor: —Cata... yo... ¿me... me buscarás? ¿Me... me buscarás en nuestra próxima vida?
Catalina tiene el rostro completamente empapado: lágrimas calientes que se entreveran con su sangre tibia, van recorriendo hasta su cabello. Su brazo derecho está gravemente destrozado, torcido en un ángulo imposible. Su respiración es entrecortada, llena de sollozos ahogados por el dolor físico y emocional que la atraviesa. Llorando y con la voz quebrada: —Te lo prometo, Juan... Pero antes... déjame apreciar la belleza de tus hermosos ojos verdes esmeralda... hasta mi último suspiro.
Sus ojos se encuentran en medio del dolor. A pesar de las heridas, a pesar de la muerte que ya les come los talones, sus miradas siguen conectadas con una intensidad desesperada.
Juan intenta sonreír a través del dolor, pero solo logra una mueca temblorosa, con sangre escapando de la comisura de sus labios. Su mirada se mantiene fija en la de ella con las últimas fuerzas que le quedan. Mientras sus cuerpos se estremecen por los espasmos de agonía, Catalina entrelaza su meñique con el de Juan: —Hasta luego, mi amor... ya sabes que lo prometido es d... deuda. Suspiro profundo...
La visión se va perdiendo lentamente, hasta que todo queda oscuro. A lo lejos, se oyen gritos desesperados de otras personas y la ambulancia que llegó demasiado tarde.

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