La Confesión, Lebun Criptofer
La Confesión
Lebun Criptofer
«Si alguien derramara la sangre de un ser humano,
otro ser humano derramará la suya,
porque el ser humano ha sido creado a imagen de Dios»
— Génesis 9:6, Nueva Versión Internacional (NVI)
Disculpen la hora, queridos. Sí, Pablo, son las tres de la madrugada. Perdónenme, pero ya no aguanto. No puedo dormir, hace años que vengo soñando con lo mismo. Que me persiguen, que intento escapar, que me escondo, pero me encuentran, siempre me encuentran, y cuando lo hacen me entierran una tijera en el pecho, en el corazón. Entonces despierto, a veces ahogándome en saliva, otras en sangre. Despierto siempre a esta hora, ardiendo de fiebre, todo sudado y con el corazón golpeándome las costillas. Ya no aguanto, estoy aterrado. ¿Qué más debo hacer? No, Matías, no hay médico que me salve. Ustedes no lo saben, pero se los debo, se los debo a ustedes y a Dios. Mi única salvación es el perdón. ¡Necesito confesar!
¿Recuerdan a Renato? Sí, ese mismo, de él despotrique infinidad de veces. Claro que lo odio, Pablo, cuando sepan lo que me hizo, lo que me hizo hacer, frío les parecerá el infierno. Pasaron ya diez años, lo conocí en sexto de escuela. Sí, en la doce de Río Branco, la de insuperables murallas e imponentes plátanos, la de fascinates aulas y folclóricos recreos, pero también la de colores grises y negros y, a veces, rojos. Él tenía trece recién cumplidos, yo once, él había repetido dos años, yo venía con unas notas insuperables, él era un violento, yo un cobarde. Cinco días de clases, del lunes al viernes, y cinco veces la maestra Graciela lo sentó en un rincón, una vez por escupir en los bancos, otra por saludar con una piña en el hombro, otra por pegar en la nuca con papeles encintados, otra por dar un tinguiñazo detrás de la oreja, yo ligué un par de esos y hasta hoy recuerdo el ardor, y la última por andar con cartas de mujeres en traje de baño. Aunque me caía terrible, nuestra amistad nació sin contracciones, por virtud de nuestros vicios: opté por hacerle las tareas a cambio de protección e inmunidad a sus bravuconadas.
Así duró el contrato, unos dos meses, hasta que un día se le dio por llevar cuetes, una caja de bombitas brasileras. Me obligó a salir con él a tirar en el recreo. Un pibe distraído, pum en el bolsillo de la túnica. Una cocinera distraída, pum debajo de la mesa del comedor. Una maestra distraída, pum por la ventana. Así siguió y siguió, todo mundo alborotado y nadie lo descubría. Hasta que se le ocurrió tirar en la dirección. Se dio a la fuga y yo quedé parado como un banana, la directora me agarró y se me vino el mundo abajo. Entre lágrimas, terminé delatando a mi amigo. Lo agarraron y lo suspendieron una semana. Yo le pedí disculpas, pero él me escupió la cara y, antes de irse, me gritó “Cagón traicionero”. Varias noches no dormí, me sentía peor que Judas.
Cuando regresó de la suspensión, no me dirigió la palabra, yo, por el contrario, lo seguía y le pedía perdón a cada rato. Pero no me hacía caso. Entonces comenzó a desquitarse con un rubio de cuarto año. Todos los recreos lo iba a buscar, pasaba corriendo por detrás y le cinchaba el pelo, lo empujaba, le pegaba una piña en la espalda, lo escupía, lo pateaba, en fin, le hacía de todo. Estuvo así una semana entera, y ni los padres ni las maestras hacían algo. El gurí era invisible para todos. Y un día, vaya si recordaré ese día, lo agarró en el baño. El pobre lloraba y moqueaba, gritaba por ayuda, pero nadie lo escuchó, nadie lo quería escuchar. Lo llevó al váter y lo obligó a lamer la orina de la taza, y cuando oponía resistencia, le daba la boca contra la losa. Cuando vi la sangre corriendo de sus labios partidos, quise empujarlo, darle una piña, sacármelo de encima, pero no pude hacer nada, no quise hacer nada. Cuando todo acabó, corrí hacia un plátano y me escondí y lloré, y ni una palabra le dije a la maestra. Varias noches no dormí, ninguna otra noche dormí.
Quise vengarme, vengar a ese pobre muchacho de pelo lacio y rubio, de ojos celestes, menudo, flaquito, chico e indefenso. Me junté con él en el barrio, lo fui a buscar a la casa, le pedí perdón por todo y juntos maquinamos un plan. La idea era sorprender a Renato a eso de las cinco de la mañana, nocturna madrugada. Nadie nos iba a ver, menos preocuparse por él, la madre ni bola le daba, viviendo en la pobreza, en una casa de hojalata, en la zona baja y descampada, nadie se iba a preocupar. Así hicimos, y a las cinco en punto lo esperamos en la esquina, ambos con una tijera de sastrería en las manos. Pero fue entonces cuando nos vio y disparó, lo perseguimos hasta que lo pudimos acorralar en las barrancas. Sacamos las tijeras y él nos sorprendió a cascotazos, me pegó en la mano y largué el arma, al rubio le tiró en la cabeza y lo durmió. La mano me ardía y sangraba, traté de huir, pero me agarró del cuello, me tiró contra la tierra y me amenazó con la tijera. Me arrastró hasta donde estaba el rubio, casi inconsciente, y el hijo de puta me dijo “Si no le cortas el cuello acá, yo te lo corto a vos”. Y lo hice, Pablo, Matías, lo hice, fui yo quién lo mató.
¡Pero qué sabrán ustedes, queridos! Soy rubio, y qué, ustedes son un montón de rocas, y qué, y Renato en un montón de huesos, y qué.
FIN

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