Ser Irremplazables, por Fernando Gutiérrez Almeira
SER IRREMPLAZABLES
Aun así, nos desgastamos, sin que
importe a la larga el poder regenerativo milagroso que llevamos dentro ni
nuestros esfuerzos constantes por florecer y no marchitar. Envejecemos. Es una
fatalidad que llevamos en los genes y que la inmortalidad no podría compensar
más que con un absurdo desajuste de la esperanza y las expectativas. Pues, en
el fondo, sabemos que la única manera estricta de tener una vida con sentido es
que esta sea finita, que llegue a su fin, y que solo hay plenitud en ella según
lo que hayamos podido lograr o disfrutar en el tiempo del que disponemos.
Y eso no es todo. No es solo la
fatalidad de ser humanos; es también la de habitar un mundo de leyes que actúan
como cadenas y de estar condicionados por un entorno que es obra, bien de la
Madre Naturaleza, bien del ingenio humano acumulado desde tiempos remotos.
Vivimos sometidos al frío que cala los huesos, al hambre que aprieta el
estómago, a la enfermedad que llega sin aviso y al accidente que acecha en
cualquier esquina. Vivimos en la redondez de una naturaleza que se nos impone y
en la cuadratura artificial de miles de pensamientos materializados en
artificios sin fin. No podemos escapar a las razones que se nos imponen, ni
siquiera a las más superficiales del día a día. Somos, casi sin tener
conciencia de ello, empujados por influencias, flujos de información, fuerzas e
impulsos, arrastrados de un lado a otro como cometas en una tormenta de
posibilidades que no controlamos.
¿Qué hay, entonces, de nuestra mínima
aspiración a tener alguna decisión sobre lo que somos o sobre nuestro futuro?
¿Qué breve apertura a un acto libre se nos otorga en medio de tantos rigores
impuestos, incluyendo el rigor mismo de tener este rostro y no otro? ¿Cómo ser
algo más que un títere de las circunstancias? Tal vez de lo que se trata es de
no limitarse a respirar, comer y funcionar, sino de intentar crear algo por uno
mismo, de ser el autor de una nueva manera de decir las cosas, aunque hayan sido
dichas antes. Tal vez de lo que se trata —y en esto fundamentalmente estribaría
el no ser solamente un autómata con su carga y su destinación— es de elevarse
cada tanto del suelo para volar con el poder del pensamiento y la imaginación
hacia las alturas de la creatividad divina. Tal vez ni siquiera se trate de
algo tan genialmente sofisticado; tal vez solo se trate de jugar con la
libertad con que juegan los niños que aún no han sido atrapados por el sistema
de vida de los adultos.
Nuestra conciencia tiende a
convertirnos en piezas de juegos mayores que nos abarcan y nos reducen a
fragmentos funcionales —el juego de la naturaleza, el juego de la sociedad, el
juego de la historia—, pero también tiene, en alguna parte, una puerta luminosa
que nos conduce al juego de nuestra propia vida única, la única que parece
habérsenos otorgado. Es, quizá, una vida prestada y cargada de deudas para con
el Universo, la humanidad y muchos otros acreedores menores, pero es nuestra
vida y en su usufructo tenemos también el deber de ejercer esa libertad, tal
vez recortada, ignorada y vapuleada, pero que nos da una voz y un paso propio
allí donde solo parece reinar la música con la que el imperio del todo nos hace
bailar.
Tal vez se trate, en última
instancia, de conservar esa actitud exploratoria del niño que traza un dibujo
en la arena sabiendo que la marea lo borrará, y aun así lo dibuja con toda el
alma. Crear, aunque sea efímero; amar, aunque el amor sea frágil. Después de
todo, y pese a todo, somos unicidades irrepetibles. En esa novedad, en esa
cuota de distinción que nos fermenta de un modo personal, está la razón que
escapa a todas las razones y el efecto que no se rinde ante las omnímodas
causas. Aunque el universo no nos necesite, nosotros tenemos que aspirar a ser
irreemplazables.
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