Ser Irremplazables, por Fernando Gutiérrez Almeira


SER IRREMPLAZABLES

Por Fernando Gutiérrez Almeira


Mientras conducimos un auto, al cruzar la calle o —lo que es menos frecuente, pero bastante usual— asomándonos desde una altura empinada, sentimos o intuimos que la vida es incierta y frágil. Esa fragilidad, sin embargo, no solo existe respecto de la exterioridad que nos envuelve, sino que también es interna, y parece hasta inverosímil que un corazón humano pueda latir regularmente durante décadas sin fallar. La fragilidad de nuestra vida, además, no es más que un aspecto de todo el peso con que la llevamos de un lado a otro en nuestra peripecia efímera. Vivir es, literalmente, una carga, pues en estos kilogramos de células que nos constituyen la gravedad terrestre tironea sin pausa. También debemos sostener, como una constante imprescindible que nos mantiene bien licuados y en funcionamiento, la temperatura corporal homeostática. A esto se suman toda clase de gastos imprescindibles que nos obligan a luchar por el alimento diario, el agua y todos los demás nutrientes necesarios para que este metabolismo unificado que somos no sucumba a su propio desgaste.

Aun así, nos desgastamos, sin que importe a la larga el poder regenerativo milagroso que llevamos dentro ni nuestros esfuerzos constantes por florecer y no marchitar. Envejecemos. Es una fatalidad que llevamos en los genes y que la inmortalidad no podría compensar más que con un absurdo desajuste de la esperanza y las expectativas. Pues, en el fondo, sabemos que la única manera estricta de tener una vida con sentido es que esta sea finita, que llegue a su fin, y que solo hay plenitud en ella según lo que hayamos podido lograr o disfrutar en el tiempo del que disponemos.

Y eso no es todo. No es solo la fatalidad de ser humanos; es también la de habitar un mundo de leyes que actúan como cadenas y de estar condicionados por un entorno que es obra, bien de la Madre Naturaleza, bien del ingenio humano acumulado desde tiempos remotos. Vivimos sometidos al frío que cala los huesos, al hambre que aprieta el estómago, a la enfermedad que llega sin aviso y al accidente que acecha en cualquier esquina. Vivimos en la redondez de una naturaleza que se nos impone y en la cuadratura artificial de miles de pensamientos materializados en artificios sin fin. No podemos escapar a las razones que se nos imponen, ni siquiera a las más superficiales del día a día. Somos, casi sin tener conciencia de ello, empujados por influencias, flujos de información, fuerzas e impulsos, arrastrados de un lado a otro como cometas en una tormenta de posibilidades que no controlamos.

¿Qué hay, entonces, de nuestra mínima aspiración a tener alguna decisión sobre lo que somos o sobre nuestro futuro? ¿Qué breve apertura a un acto libre se nos otorga en medio de tantos rigores impuestos, incluyendo el rigor mismo de tener este rostro y no otro? ¿Cómo ser algo más que un títere de las circunstancias? Tal vez de lo que se trata es de no limitarse a respirar, comer y funcionar, sino de intentar crear algo por uno mismo, de ser el autor de una nueva manera de decir las cosas, aunque hayan sido dichas antes. Tal vez de lo que se trata —y en esto fundamentalmente estribaría el no ser solamente un autómata con su carga y su destinación— es de elevarse cada tanto del suelo para volar con el poder del pensamiento y la imaginación hacia las alturas de la creatividad divina. Tal vez ni siquiera se trate de algo tan genialmente sofisticado; tal vez solo se trate de jugar con la libertad con que juegan los niños que aún no han sido atrapados por el sistema de vida de los adultos.

Nuestra conciencia tiende a convertirnos en piezas de juegos mayores que nos abarcan y nos reducen a fragmentos funcionales —el juego de la naturaleza, el juego de la sociedad, el juego de la historia—, pero también tiene, en alguna parte, una puerta luminosa que nos conduce al juego de nuestra propia vida única, la única que parece habérsenos otorgado. Es, quizá, una vida prestada y cargada de deudas para con el Universo, la humanidad y muchos otros acreedores menores, pero es nuestra vida y en su usufructo tenemos también el deber de ejercer esa libertad, tal vez recortada, ignorada y vapuleada, pero que nos da una voz y un paso propio allí donde solo parece reinar la música con la que el imperio del todo nos hace bailar.

Tal vez se trate, en última instancia, de conservar esa actitud exploratoria del niño que traza un dibujo en la arena sabiendo que la marea lo borrará, y aun así lo dibuja con toda el alma. Crear, aunque sea efímero; amar, aunque el amor sea frágil. Después de todo, y pese a todo, somos unicidades irrepetibles. En esa novedad, en esa cuota de distinción que nos fermenta de un modo personal, está la razón que escapa a todas las razones y el efecto que no se rinde ante las omnímodas causas. Aunque el universo no nos necesite, nosotros tenemos que aspirar a ser irreemplazables.

 

 

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