El Clon Indebido, por Fernando Gutiérrez Almeira

El Clon Indebido



Fernando Gutiérrez Almeira

    Éramos diversos, con esa diversidad que otorga la naturaleza en su infinita generosidad. Bajo un cielo que mudaba de tono con cada estación, nuestros cabellos variaban sus tonalidades, nuestras huellas se imprimían de manera distinta en la tierra húmeda, y nuestras maneras de mirar cruzaban el aire como rayos de luz en aguas de distinta profundidad. No teníamos conciencia de esa riqueza que disfrutábamos hasta que él surgió, irreverente, atrevido, decidido a imponer su homogeneidad.

    Nadie supo cuándo sucedió su primer nacimiento. La memoria no había dejado senderos por los que regresar tan lejos. Los ancianos siempre habían prestado más atención a los adultos que a los niños; por eso, cuando intentamos recordar, no quedó memoria de aquel día. Además, los niños pequeños suelen parecerse demasiado entre sí, con sus caras redondas y sus brazos cortos. Recordar figuras insulsas es lo más difícil, ya que la atención suele centrarse en lo llamativo.

    Fue quizás después de muchos de sus nacimientos que el anciano Ramón señaló, contrariado, que a lo largo de su vida ya había conocido a dos jóvenes de nuestra comunidad que se parecían a Sebastián. Su voz tembló bajo el peso de años polvorientos cuando declaró con énfasis lo que sabía. Uno había muerto sesenta y siete años atrás y solo él guardaba clara memoria de su existencia, aunque no de su nombre. El otro resultaba ser Arnaldo, cazador de jabalíes, que había fallecido víctima de una fiebre oscura unos años antes de que naciera Sebastián.

    Sebastián se encontraba ese día en su ceremonia de iniciación a la adultez. Ese hecho lo colocó frente al viejo Ramón por primera vez, con el fin de recibir la bendición de los antepasados. Su impronta se erguía orgullosa en el centro del salón mientras el fuego pintaba sombras alargadas sobre los rostros expectantes. Era para él un día de entusiasta consagración, en el que ya había logrado superar las siete pruebas del rigor santo. El dedo índice del anciano Ramón, alzándose en señalamiento acusador, le amargó la jornada. Los tambores de aliento dejaron de sonar.

    —Tú ya has ascendido del polvo tres veces, joven atrevido, y no es propio de nadie, ni de los dioses mismos, repetirse como lo has hecho. Hoy no deberías elevarte a la adultez, sino bajar a la tierra para no volver de sus entrañas.

    Las palabras del anciano fueron tan lapidarias como inesperadas. El fuego ritual pareció encogerse. El humo se espesó.

    Así proclamó el viejo Ramón su descontento y su reprobación hacia el repetido Sebastián, que a partir de entonces fue llamado Clon Indebido por nuestra comunidad diversa.

    Sebastián no podía, de todos modos, ser víctima de aquel mandato, pues ya había ganado con holgura su derecho a la adultez ese día. Ni siquiera a los ancianos les estaba permitido reclamar una muerte deshonrosa, salvo para extraños o enemigos. Claramente, no era posible demostrar con la sola palabra del anciano Ramón que el Clon Indebido era un extraño o un enemigo, y él juró y perjuró que no lo era. Su voz resonó limpia cuando apeló a su inocencia frente al dedo acusador del sabio guía, pero una sombra de sospecha ya se había instalado sobre él.

    Solo cuando el Clon Indebido volvió a nacer, la comunidad supo con certeza que estaba transgrediendo la rigurosa diversidad que la naturaleza otorga a los bien nacidos. Llegó a ser dos, y luego tres; y fue con este exceso de tres que se decidió eliminar su primera manifestación, la que alguna vez habíamos llamado Sebastián.

    Se dirá que con dos ya había exceso y que, en ese caso, debíamos haber matado al primero antes de que adviniera el tercero. Es aceptable el reproche. Lo que nos impidió evitar la duplicación, tal como luego haríamos con la triplicación, fue el temor a confundirnos y a no contar con una prueba flagrante y constante de que el Clon Indebido violaba la sagrada regla de la existencia. La duda podría colarse por las rendijas de nuestras conciencias si perdíamos de vista su antinatural esencia.

    De modo que, durante muchas generaciones, toda triplicación del Clon Indebido fue eliminada y solo se le permitió existir dos veces en simultáneo. Nunca hubiéramos podido anularlo, lo sabíamos, y por eso apostábamos siempre por su contención. La idea era tenerlo a raya y patente ante nuestros ojos para que no evadiera nuestro juicio aniquilador.
    
    Tantas veces lo hemos ejecutado que se ha creado un gran relato de sus muertes, las cuales se han vuelto más ingeniosas y espectaculares a medida que la rutina ha dejado paso a la creatividad. Lo hemos matado con fuego, con la horca, con explosivos, con fieras, con puñales y con mazos; estos son solo los ejemplos más triviales de la cruel imaginación con que hemos procurado que no nos invada. Cada método lo destruía de un modo distinto, como negación de su condición idéntica.

    El Clon Indebido nunca aceptó su culpa y lloró incontables veces mientras lo arrastrábamos a su fin. Sus lágrimas caían estériles en su intento de reblandecer nuestra voluntad. Nunca se resignó a la inviolabilidad de la diversidad; siempre volvió con la resolución de seguir vivo, no solo duplicado, sino triplicado, cuadruplicado y así sucesivamente, hasta centuplicarse e incluso más. Volvía sin tregua desde sus cenizas.

    Cuando sus apariciones se volvieron más frecuentes, nuestro tesón en matarlo y su persistencia en nacer se desequilibraron. Empezó a manifestarse más de lo que podía sostener nuestra pasión reproductiva sanadora. El germen de su presencia contaminó nuestros líquidos seminales y nuestros óvulos. La vida misma de nuestro pueblo pareció volverse un espejo que reflejaba un solo rostro, multiplicado hasta el cansancio. La única manera aceptable de impedir su ascenso nos condujo a la disminución paulatina de nuestro número.

 Cuando empezamos a disminuir a causa de asesinarlo repetidamente, el Clon Indebido se hizo más invasivo y solo nos quedó como alternativa final la de convivir con él. Fue una decadencia terrible, pero inevitable. Pronto su rostro llegó a ser el de casi todos y, cuando ya solo quedábamos tres individuos distintos, el Clon Indebido se reunió consigo mismo y decretó nuestra muerte con la actitud apenas altiva de quien ha ganado por simple insistencia y no por virtud.

    A dos de nosotros, los últimos diversos, los ejecutó, pues, el Clon Indebido; y yo apenas he logrado escapar de las garras de su comunidad de idénticos para contarles a ustedes, los extraños que siempre he odiado, la historia de nuestro fin. Es todo lo que puedo decir y deseo, fervientemente, que vuestra comunidad no sea víctima de otro perverso monstruo repetitivo.

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