Rotura de la realidad, María Julia Lemes

 Rotura de la realidad


María Julia Lemes


 No hubo ningún estruendo. Nadie gritó, ningún vidrio estalló en mil pedazos. La rotura empezó en silencio, como empiezan las cosas que de verdad importan.
 Fue una mínima desviación: la taza no estaba exactamente donde la había dejado, no más lejos, no más cerca… distinta, como si alguien hubiera respirado sobre el mundo y lo hubiera girado un milímetro.
 Al principio, pensé que era cansancio. Miré al espejo del pasillo, y vi que mi reflejo parpadeaba un segundo después de mí —no fue un error de luz—, fue un desfase, una demora mínima, como si mi otro yo estuviera aprendiendo a seguirme.
 Me acerqué inquieta e intenté reírme de mí misma, decir que era solo un malentendido, pero entonces el reflejo sonrió. Yo no. Mi boca permaneció tensa, pero mi imagen del otro lado se iluminó con una tristeza que yo no conocía.
 Entonces, las paredes del pasillo empezaron a cambiar. Los cuadros se deslizaron, y el espejo ya no era solo un vidrio: era un portal.
 Mostraba escenas que yo había olvidado, tardes de lluvia, una voz que me llamaba por mi nombre, pasos en una calle que ya no existía.   Todo era mío, pero yo no lo reconocía.
 Me quedé hipnotizada. Quise tocar el espejo y entrar, porque sabía que al otro lado había una versión de mí que recordaba todo lo que yo no quería recordar. Cuando mi mano tocó la superficie, sentí un frío que no era del vidrio, sino de la ausencia.
 El reflejo ya no me imitaba. Se quedó mirándome, con una calma que nunca tuve.
 Y entonces entendí: la rotura no era el fin. Era el principio. De este lado no olvidaba, solo empezaba a recordar quién era cuando la vida no era solo lo que veía.
 Quise volver.
 Decir mi nombre en voz alta.
 Pero la voz no salió de este lado.
 Y supe, con una calma extraña, que la que había quedado del otro lado… era yo.

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