Era el amor, Fernando Gutiérrez Almeira

 Era el amor



Fernando Gutiérrez Almeira


Conservábamos bellos recuerdos de nuestra etapa de enamorados. Infinidad de veces nos sentábamos juntos en el cine para ver películas que a él le gustaban especialmente, como La mosca, con Jeff Goldblum, o Top Gun, con Tom Cruise, cuya banda sonora aún hoy me estremece. Cada verano visitábamos un balneario distinto; la mayoría de las veces íbamos a La Paloma, su favorito, y otras tantas a Piriápolis, donde yo me sentía más a gusto. Ya entonces nuestras diferencias eran evidentes, pero esa fuerza inexplicable que nos unía impedía que surgiera la más mínima discusión.

Nos casamos casi sin pensarlo y construimos juntos nuestra casa en Solymar. Estaba más cerca de su trabajo que del mío, pero a mí me conformaban la cercanía del mar y el aire más limpio que el de Montevideo. Durante muchos años, nuestros horarios laborales no coincidieron y apenas nos veíamos de lunes a viernes. Los fines de semana nos devolvían una cercanía que él ansiaba más que yo. A veces lo acompañaba cuando salía con sus amigos a pescar a la escollera de Sarandí, aunque la mayor parte del tiempo nos quedábamos en casa, viendo televisión y compartiendo comida casera, que siempre fue mi preferencia.

Nuestros amigos se admiraron sin excepción de la armonía que reinaba en nuestra relación y de la suavidad con la que nos hablábamos. Yo solía insistir en que, a pesar de todo, siempre surgían pequeñas diferencias, pero invariablemente preferíamos dejarlas a un lado y centrarnos en lo que nos mantenía unidos. Él acordaba conmigo en que esa era la mejor receta para la felicidad, aunque a veces se mostraba huraño cuando no se atrevía a decirme lo que realmente pensaba. Y no es que yo me guardara ciertos pensamientos negativos sobre él; después de todo, no soy ninguna santa.

Tras jubilarnos, tuvimos mucho más tiempo para compartir. Él insistía en ayudarme con el jardín, una tarea con la que me había encariñado, y yo hacía lo posible por acompañarlo al club de bochas o, con más frecuencia que antes, a pescar a la escollera. Sin embargo, a veces afloraba entre nosotros una necesidad palpable de tomar un poco de distancia. Quizás estábamos demasiado pegados el uno al otro, o tal vez deberíamos haber hablado con mayor claridad sobre nuestros gustos y expectativas, pero ya éramos demasiado mayores para plantearnos esos cambios.

Ya era tarde. Demasiado tarde.

Nunca pude explicarle hasta qué punto la vida me había desilusionado cuando, por fin, comprendí que todo lo que habíamos hecho era esforzarnos por ser conciliadores, comprensivos, amorosos y complacientes. Pero no se puede vivir así eternamente. En algún momento, uno tiene que sacar la rabia que lleva dentro, vomitarla, expulsarla como un fuego que arde en las entrañas y con el que quisiéramos incendiar el mundo entero. En algún momento, uno tiene que estallar y aceptar que lo único que ha hecho es soportar lo insoportable. Y así, con ese sentimiento en la mano, hay que acuchillar esa sombra, esa mentira que ha vivido a nuestro lado, vampirizándonos el tiempo y la oportunidad de ser auténticos.

Era el amor de mi vida.

Comentarios