Los zapatos que corrían solos, José Luis Perera

 Los zapatos que corrían solos


José Luis Perera



La primera vez que Hassan oyó la sirena, pensó que la ciudad estaba cantando. Era un sonido largo, triste, que subía por las calles. Tenía siete años y una costumbre: cuando no entendía algo, inventaba una explicación mejor. Así que decidió que la sirena era una canción que cantaban los edificios cuando tenían miedo.

Bajaron las escaleras junto a otros vecinos. El sótano olía a humedad, jabón viejo y papas guardadas mucho tiempo.

—¿Cuánto dura la canción? —preguntó Hassan.

Mamá lo miró un segundo. Le acomodó el cuello del abrigo.

—Lo que tenga que durar.

Eso tampoco explicaba nada.

En el sótano había sillas desparejas, cajas de herramientas y una lámpara amarilla que parpadeaba. Hassan se sentó sobre una bolsa de arroz y apoyó la oreja en la pared. Sentía vibraciones lejanas, golpes sordos, como si gigantes caminaran encima de la ciudad.

—Están peleando otra vez —murmuró alguien.

Hassan pensó en gigantes de humo empujándose entre las nubes.

Cuando por fin subieron, la calle seguía ahí, pero un poco distinta. Había vidrios sobre la vereda y polvo en las plantas del balcón. El kiosco de la esquina tenía la persiana doblada como una sonrisa torcida.

—No pises nada —dijo mamá.

Él obedeció, aunque le dieron ganas de saltar sobre los vidrios como si fueran hielo de invierno.

Desde ese día, la ciudad empezó a cambiar de costumbres. Las panaderías abrían cuando podían. La escuela cerró “por unos días”, frase que los grandes repetían con la misma cara con que dicen mentiras pequeñas. El cartero dejó de venir. Las luces se apagaban temprano. La gente hablaba mirando al piso y también al cielo.

Y los zapatos comenzaron a aparecer solos, en las calles, en las veredas. El primer par estaba en medio de la avenida: unos zapatos marrones, con cordones desatados, como si hubieran corrido hasta cansarse y se hubieran quedado dormidos.

El segundo par apareció frente a la farmacia: unas sandalias azules. Luego botas, zapatillas, pantuflas, un botín embarrado.

—¿Por qué dejan los zapatos en la calle? —preguntó Hassan.

Mamá tardó en responder.

—Porque a veces la gente sale apurada.

Pero Hassan no vio a nadie volver por ellos. Así que inventó otra explicación: por las noches, cuando sonaban las sirenas, los zapatos escapaban solos.

Se lo contó a Lina, la vecina de al lado, que tenía ocho años y sabía silbar con dos dedos.

—No seas tonto —dijo ella—. Los zapatos no corren.

—¿Y entonces por qué están ahí?

Lina no respondió. Miró hacia donde miraban últimamente los adultos: ninguna parte.

Se hicieron amigos por necesidad, que es una manera seria de hacerse amigo. Jugaban en el fondo de la casa porque ya no los dejaban ir lejos. Con cajas vacías construyeron una ciudad mejor: tenía puentes de cartón, túneles secretos y plazas donde siempre era domingo.

—Acá no entran sirenas —decretó Lina.

—Ni gigantes —agregó Hassan.

Cada vez que sonaba la alarma, corrían al sótano cargando su ciudad por partes. El puente debajo del brazo, la plaza en una bolsa, las casas dentro de una caja de galletas.

Una tarde faltó el agua. Otra tarde faltó la electricidad. Otra tarde faltó el señor Amir.

—Se fue con la hija —explicó la señora Aisha.

Pero dejó la radio apoyada en una silla del sótano, encendida muy bajito, como si todavía estuviera escuchando.

Después faltó la farmacia. Después la plaza quedó cercada. Después Lina no bajó a jugar. Hassan esperó en el fondo con una bolita azul en la mano. Contó hasta cien. Escuchó pasos ajenos, puertas cerrándose, murmullos. Finalmente fue a la casa de la vecina. La puerta estaba abierta y vacía.

En el suelo había una hoja arrancada de cuaderno.

“Nos fuimos temprano. Mamá dice que al norte. Si volvemos, silbá.”

No había firma. No hacía falta. Hassan guardó la hoja bajo la remera, contra la panza, donde se guardan las cosas importantes.

Esa noche la sirena sonó dos veces. En el sótano, la lámpara amarilla no encendió. Quedaron a oscuras. Se oían respiraciones, algún llanto contenido, la jaula del canario moviéndose. Hassan apretó el papel de Lina y sintió por primera vez que tal vez los gigantes no estaban en el cielo. Tal vez los gigantes eran hombres.

Cuando subieron, una ventana del edificio de enfrente había desaparecido. No rota: desaparecida. Como si alguien hubiera arrancado un pedazo de casa para mirar adentro.

Mamá empezó a guardar cosas en una valija.

—¿Nos vamos de viaje? —preguntó Hassan.

—Sí.

—¿Al norte?

Ella se detuvo.

—Ojalá.

Empacaron poco: documentos, pan, una manta, fotos, una linterna, dos mudas de ropa. Hassan quiso llevar todos sus juguetes.

—Solo uno.

Eligió el tren de madera que hacía clic-clic al arrastrarlo.

Antes de salir, miró sus zapatillas. Eran rojas, con una línea blanca al costado. Les habló bajito:

—No se escapen sin mí.

Caminaron al amanecer entre personas que también llevaban valijas, mochilas, gatos en brazos, bebés dormidos, bolsas demasiado pesadas. Nadie parecía ir al mismo lugar, pero todos iban lejos.

En la esquina de la farmacia destruida había otro par de zapatos abandonados. Pequeños. De niño. Hassan se agachó y les ató los cordones.

—Así corren mejor —dijo.

Mamá lo abrazó de repente, fuerte, como si él fuera algo que también podía perderse.

Caminaron hasta la estación de autobuses. El techo tenía agujeros y había filas larguísimas. Un voluntario repartía vasos de agua. Una mujer anotaba nombres en una libreta. Un hombre gritaba destinos que cambiaban a cada rato.

Hassan oyó entonces un silbido agudo. Se dio vuelta tan rápido que casi cae. Entre la gente, parada sobre una mochila enorme, estaba Lina. Tenía la misma campera verde y el pelo más sucio que antes. Sonreía apenas, como quien no quiere gastar la sonrisa por si tarda en conseguir otra. Silbó de nuevo con dos dedos.

Hassan corrió.

Los adultos hablaron, se abrazaron, se explicaron cosas urgentes. Al parecer, el norte estaba lleno. Al parecer, ahora irían al oeste. Al parecer, el mundo entero se había vuelto una palabra tachada y escrita encima. Pero ellos no escuchaban.

Sentados en el suelo de la terminal, Hassan sacó el tren de madera. Lina puso dos cajas vacías. Construyeron una estación.

—Este tren llega a donde quiera —dijo ella.

—¿Y vuelve?

—Siempre vuelve.

Afuera sonó algo lejano. No sirena, no explosión: trueno. Empezaba a llover. La gente corrió a cubrirse. Los niños siguieron jugando.

Hassan empujó el tren sobre el piso rajado.

Clic-clic.

Clic-clic.

Y por un momento breve, pequeño como una semilla, la guerra tuvo que esperar.


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