Verde Fortuna (2 de 3), Fernando Gutiérrez Almeira
Verde Fortuna (2 de 3)
Fernando Gutiérrez Almeira
Avanzar al principio no requirió esfuerzo. Todos, sin importar forma o conducta, eran fáciles de aniquilar y se movían con la suficiente torpeza como para exterminarlos sin pausa. Recorrí largos y amplios pasillos sin mayor resistencia. Lo que empezó a incomodarme fue la acumulación constante de cadáveres a medida que el laberinto me devolvía a zonas que ya había limpiado, obligándome a liquidar necrófagos sobre los restos de los anteriores. Era una mezcla de desorientación y sórdida descomposición ambiental. Empecé a andar con dificultad, tropezando o arrastrándome en cuclillas por huecos insólitos entre los cuerpos entrelazados. Se alzaba una segunda arquitectura sobre la original, hecha de despojos. Una arquitectura cadavérica que me recordó viejas fotografías de los campos de exterminio. El exterminador, claro, era yo.
En uno de los resbalones que sufrí mientras me desplazaba entre destrozos de carne y hueso, caí de bruces junto a una compuerta que la oscuridad había disimulado bien. Hackeé la terminal de acceso y, tras la puerta, encontré solo una salita repleta de contenedores con células de microfusión y una computadora operativa que exigió mi nivel de Ciencia al máximo. El contenido decodificado no me sorprendió tanto como cabría esperar. Nunca tuve ese escepticismo rígido frente a los fenómenos que rompen las reglas de la normalidad. Recuerdo bien lo que leí:
THRESHOLD PROJECT. PHASE 1.2. WARNING: SYNCHRONIZATION MAY BLUR THE FACTUAL BOUNDARY. ABRUPT DISCONNECTION IS NOT RECOMMENDED.
Quise entenderlo sin medias tintas: algo iba a pasar en mi cabeza, no solo a mi alrededor, y aquel frío persistente en la habitación no era coincidencia. Y no me importaba que así fuera.
Al salir de la sala se me abalanzó un necrófago cubierto de ampollas. No eran normales; eran explosivas. Lo supe al dispararle sin pensar. Sus pústulas malignas estallaron en cadena, convirtiéndolo en una fuente fluorescente que salpicaba en todas direcciones. No lo soporté y me ensañé con él hasta la desintegración total. Quedó una pasta verde sobre la que crujieron mis botas mientras mi rifle de plasma bajaba de la zona roja a temperatura estable. Salí de nuevo al laberinto y seguí la cacería. Todo se volvía más interesante y adictivo; cuando algo así atrapa mi atención, puedo pasar horas concentrado, gastando adrenalina y recibiendo dopamina. Solo me estorbaba la necesidad de detenerme cada tanto para dejar enfriar el rifle o para recoger munición del suelo pútrido.
Continué la matanza sin mayores problemas, pese a notar una mayor resiliencia en los necrófagos y un aumento generalizado de su agresividad. Ese cambio no alteró mi constancia, pero me dejó claro que, si mantenía el ritmo de bajas, tarde o temprano tendría que enfrentar dificultades reales. Pero antes debía suceder algo más. Y sucedió.
Al girar por cuarta o quinta vez en la misma esquina que conducía a la salita de la compuerta, lo vi: un necrófago con restos de bata blanca y un ojo aún lúcido, el otro reducido a una cuenca vacía. Tuve la sensación de que avanzaba hacia mí con la mano tendida, pero enseguida otros necrófagos se lanzaron sobre él y lo despedazaron. Tras lanzar unas cuantas ráfagas de plasma para limpiar el sector, me acerqué al espécimen y confirmé lo que había intuido: la mano cercenada de uno de sus brazos aún cerraba el puño sobre una tarjeta que había intentado entregarme. Una tarjeta negra que decía, en letras plateadas: MARK V NEUTRALIZATION. Sin duda se refería a las torretas láser de quinta generación, aunque aún no había visto ninguna. La guardé, como se guarda en Fallout todo lo que presuntamente pueda ser útil después.
Y el futuro llegó. El laberinto se reconfiguró. Como si el mod hubiera cargado una nueva fase. Aparecieron brechas en el suelo que se abrían a una negrura sin fondo y que, sin duda, equivaldrían a un game over. Empecé a saltar, siempre con éxito, pero sin dejar de sentir ese nerviosismo sordo que provocan las incertidumbres que rompen el dominio basado solo en combate. Luego vinieron, como ya había supuesto, las torretas. Resultaron un obstáculo letal que me obligaba a entrar en pasillos donde las hordas eran más densas y resistentes. Empecé a verme acorralado. Las garras de los que esquivaban la primera, la segunda y hasta la tercera ráfaga de mi rifle ya casi me rozaban la espalda. Sabía que tenía que hacer algo.
La solución apareció en salitas ocultas, iguales a la primera, con compuertas disimuladas entre viscosidad y telarañas. Las abrí, claro está, con la tarjeta negra que obtuve del necrófago científico. Las pantallas interiores seguían mostrando el aviso del Threshold Project, ese lore fundamental que a estas alturas ya me parecía una expansión artesanal de primer nivel. Pero ahora no solo mostraban la advertencia. También habilitaban la reconfiguración de los objetivos de las torretas. Fue un alivio inmediato. Logré que apuntaran a los necrófagos en lugar de a mí, y combinando eso con los saltos que enviaban a docenas de ellos al abismo, empecé a tener zonas de resguardo donde las hordas no me alcanzaban y podía rehacerme. Eso no significa que el juego perdiera el equilibrio; más bien me demostró lo inteligente que había sido su creador. Cuanto más resguardo obtenía, más feroces se volvían los necrófagos en las zonas de caza.
Me adapté. Usé la huida y el sigilo como herramientas de supervivencia. Todo parecía encajar. O eso hubiera querido, porque lo inesperado llegó con su golpe seco. No lo vi venir. Era un necrófago segador de tamaño colosal que apartó a empujones a un buen puñado de otros, mucho menos agresivos. Se abalanzó hacia mí a la velocidad del rayo, con las garras ya dispuestas a aplastarme y destrozarme como una fruta podrida. Logró alcanzarme. Fue el primer golpe que recibí en toda aquella larga jornada de carnicería.
El golpe no fue solo dentro del juego.
Sentí el impacto real y salí despedido hacia atrás sobre mi silla giratoria. La pantalla se oscureció de golpe con un crujido eléctrico anormal y, un segundo después, la PC se reseteó sola. El dolor en el pecho me hizo creer que un trozo de mi cuerpo había sido arrancado, pero al mirarme y tocarme noté que la tela del sacón seguía intacta. ¿Qué era aquel dolor entonces? Lo entendí después, mientras me daba una ducha para despejar la cabeza aturdida. Tenía sobre la clavícula un moretón que empezó rosado y derivó en un violáceo intenso. Tardó tres días en borrarse.
Tras el reseteo, la PC solo mostró el viejo y querido escritorio cubierto de iconos. Nada anormal, excepto que en el suelo, junto a mis pies, estaba la tarjeta negra con letras plateadas que había obtenido de los restos del necrófago de la bata blanca y el ojo solitario. Era real. Absolutamente real. La levanté y la acerqué a mis ojos, asombrado. Si alguna duda me quedaba de que no había incursionado en un mod cualquiera, las palabras sobre la tarjeta habían cambiado. Ahora decían claramente:
CONNECTION ESTABLISHED. WELCOME TO THE THRESHOLD.

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