Renacer, por Sol Rey

 Renacer


Sol Rey


Toda encrucijada exige una pequeña traición: la traición del camino que no será recorrido. Son las puertas que se cierran de repente; algunas, por voluntad propia, y muchas otras, sin opción. ¿Es posible desviarse cuando se llega a un punto donde el sendero se bifurca? Ambos caminos parecen inciertos, similares; aunque uno de ellos siempre se siente más seguro o conocido.


Tal vez esos senderos no existan, y sea un acantilado el que sorprenda a los pies cansados de tanto andar. Un abismo aterrador, pero a su vez prometedor; una nueva vida que despierta junto a quien la encuentra, luego de haber dormido demasiado tiempo bajo la tierra.


Algunos se atreven a dar el salto. Otros prefieren la costumbre y la comodidad de la certidumbre. La mitad de los que saltan al vacío, paradójicamente, ascienden al cielo; la otra mitad desciende a las tinieblas. Aunque nunca es tarde para volver a saltar. Después de todo, hay caídas que son iniciaciones disfrazadas.


Los antiguos decían que en los cruces de caminos habitan fuerzas invisibles, guardianes silenciosos de las decisiones que transforman el destino. Quizás por eso las encrucijadas despiertan tanta inquietud: porque en ellas algo termina y algo comienza, aun cuando no podamos verlo.


He saltado muchas veces, y lo seguiría haciendo, aunque esta vez no estoy tan sola como la primera vez que me atreví a saltar: asustada y con resignadas dudas en mi mente. Hoy comprendo que, al caminar, no es necesario cargar con un escudo tan pesado; pero también, que no es sabio mostrarse desnudo en un mundo con yuyos.


Entendí que la compasión es necesaria, pero debe ser correspondida, y que las espinas no crecen para impedir el paso, sino para enseñar dónde apoyar los pies. También comprendí que la confianza no consiste en cerrar los ojos, sino en saber cuándo abrir las manos y cuándo aferrarse al borde del precipicio.


Quizás esa sea la verdadera enseñanza de las encrucijadas: no elegir entre el miedo y el valor, sino aprender a caminar con ambos. Porque, al final, ninguna senda garantiza una llegada, y ningún salto asegura el vuelo. Sin embargo, seguir avanzando sigue siendo preferible a quedarse inmóvil frente al abismo, imaginando vidas que nunca serán vividas.


Todavía hay abismos delante de mí. Todavía hay senderos que se bifurcan en la niebla. Pero ya no los observo con el mismo temor. Después de todo, cada vez que me atreví a saltar, una parte de mí murió en la caída y otra nació al tocar el suelo. 


Algunas elecciones son también una forma de renacimiento.

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