¿Por qué?, por Diana Fajardo

 ¿Por qué?

      
                     Por Diana Fajardo

            

  Johana May era aquella joven de belleza arrebatadora, trabajadora, inteligente, curiosa y servicial. Su cabello castaño largo caía como una cascada sobre sus hombros, y sus ojos café guardaban profundidades que parecían susurrar secretos del alma. Vestía con elegancia un largo vestido rojo y blanco que realzaba su figura casi de modelo, otorgándole un aura dulce y femenina. Su sonrisa iluminaba hasta las sombras más oscuras, y en su mirada se percibía un alma pura, de una dulzura e inocencia casi celestial. Para Joaquín, Johana no era solo una mujer: era la perfección que el destino le presentaba en carne y hueso.

  Se conocieron once meses atrás en un restaurante de Kiyú, San José. Desde su primera mirada, un lazo invisible e irresistible los unió, y desde entonces intercambiaron números. Sus conversaciones se volvieron adictivas, devorando horas enteras como si el destino mismo conspirara para no separarlos. Cada mañana, los mensajes de Joaquín llenaban el corazón de Johana de una luz que parecía venir de otro mundo.

  Sus citas eran mágicas: recorridos nocturnos por la ruta 1 bajo cielos fríos, miradas que traspasaban el alma, sonrisas temblorosas, mejillas ardientes y besos que sabían a eternidad. Cupido no solo había disparado sus flechas… parecía haber tejido sus destinos con hilo rojo invisible.

  Todo parecía bendecido, hasta que el destino, cruel y caprichoso, dio un giro brutal de 180 grados. De pronto, el silencio sepulcral de Joaquín sumió a Johana en un abismo de dudas y dolor. ¿Qué había pasado con aquel joven de ojos verdes, alto y apuesto que había conquistado cada rincón de su ser? ¿Todo fue una cruel ilusión? Las preguntas la atormentaban como espíritus sin descanso.

  Las noches se volvieron eternas, llenas de insomnio, llanto desgarrador y un vacío que parecía succionarle el alma. Joaquín había desaparecido como tragado por la tierra. Herida hasta lo más profundo, Johana decidió blindar su corazón y esperar… aunque en su interior sentía que fuerzas invisibles seguían uniéndolos.

  En una noche de tormenta apocalíptica, dentro del hospital, entre luces frías, lamentos de almas sufrientes y truenos que parecían anunciar el fin del mundo, doña Agustina dirigió su mirada cansada hacia la camilla contigua. Allí yacía un joven cuya belleza era devorada por una angustia infernal. Lágrimas ardientes caían sobre una fotografía donde se le veía abrazando a una joven radiante, como si intentara retenerla más allá de la vida.

—Ay, mijito… pobrecito mío —susurró la anciana con voz quebrada, sintiendo el peso de almas que se preparaban para partir.

Joaquín, con el rostro devastado, se secó las lágrimas temblando:

—La extraño tanto… Me arrepiento con el alma. Soy un cobarde… un maldito cobarde.

  Doña Agustina, con la sabiduría de quien ya conversa con la muerte, se acercó. Le reveló su pasado como psicóloga y su propia batalla contra el cáncer. Mientras hablaban, el viento aullaba afuera como si los espíritus mismos escucharan.

  Joaquín confesó todo entre sollozos: la llamada del médico que le anunció el cáncer como una sentencia de muerte, el pánico que lo cegó, su cobarde desaparición para no condenar a Johana a sufrir. La anciana, con mirada profunda, le dijo:

—Muchachito, el destino no te trajo hasta acá para que huyas. Contactala. Aunque duela, aunque recibas su furia… explícale. Las almas que están destinadas a unirse siempre encuentran el camino. Pero hazlo pronto… siento que el tiempo se te escapa entre los dedos.

  En ese instante, un relámpago iluminó la habitación con luz blanca sobrenatural. Joaquín sintió un impulso casi místico; dejó algo anotado:

—Tomá —le dijo a Agustina entregándole un papel—, dales esto.

“Volveré, pero primero tengo otra urgencia que atender”.

  La anciana sonrió con ojos húmedos:

—Andá, Houdini… que los ángeles te guíen en esta noche.

  Johana despertó sobresaltada por un trueno que sacudió los cimientos de la casa, como si el cielo mismo protestara. Eran las 01:10. El corazón le latía con fuerza inexplicable.

  Mientras tanto, Joaquín caminaba bajo la lluvia torrencial, empapado hasta el alma, llorando con un dolor que parecía venir de vidas pasadas. La tormenta afuera era solo un reflejo de la que rugía en su pecho. Cada paso era una batalla entre el miedo y un amor más fuerte que la muerte.

Llegó a la puerta de Johana y golpeó con desesperación, gritando entre truenos ensordecedores:

—¡Johana! ¡Johana! ¡Por favor!

  Ella abrió temblando. Al verlo caer de rodillas bajo la lluvia, como un alma en pena suplicando redención, el mundo se detuvo.

—Johana… tengo que explicarte… —suplicó Joaquín con voz rota, mientras el agua y las lágrimas se mezclaban en su rostro.

  Johana, con el corazón hecho pedazos, lo levantó y lo abrazó bajo el umbral. Lo secó, lo vistió y, con voz temblorosa, le pidió que hablara.

  Joaquín, mirando al suelo como quien carga el peso de mil maldiciones, confesó:

—No quería arrastrarte al infierno conmigo… Tengo cáncer, Johana.

  El silencio que siguió fue sepulcral. Johana sintió que una daga helada le atravesaba el alma. Se tambaleó, se llevó las manos al pecho y estalló en un llanto desgarrador que parecía venir del fondo de su ser. Lo abrazó con fuerza, como si pudiera protegerlo de la muerte misma.

—Tonto… mi tonto —sollozó—. Te perdono… pero no vuelvas a dejarme nunca. Juntos enfrentaremos esto, aunque el destino se oponga.

  Esa noche, entre besos desesperados, lágrimas y relámpagos que iluminaban sus cuerpos entrelazados, se amaron con una pasión casi mística, como si supieran que el tiempo les estaba robado. Afuera, la tormenta parecía bendecir o lamentar su unión.

  A pocos días, doña Agustina recibió el alta entre lágrimas de gratitud. Joaquín, en cambio, un mes después empeoró con crueldad. Una tarde de viernes, en brazos de Johana, exhaló su último aliento mirando el rostro de su amada, susurrando un “te amo” que pareció quedarse flotando en el aire.

  Johana gritó de dolor, un lamento que rompió el alma de todos los presentes. En el funeral, se arrojó sobre el ataúd como si quisiera seguirlo al otro mundo, mientras la tierra caía como sentencia final. Se desmayó, vencida.

  Al despertar en casa de Agustina, la anciana, con voz cargada de misterio, le dijo:

—Unos se van… y otros vienen, mijita. Los hilos del destino son caprichosos. Estás embarazada.

  Johana rompió en llanto, pero esta vez de una emoción profunda y sagrada. Una parte del alma de Joaquín permanecía con ella.

  Años más tarde, Nicolás, de cinco años, comenzó a soñar con su padre. Joaquín lo visitaba cada noche, envuelto en una luz suave y etérea. El niño poseía el don de la mediumnidad, un puente vivo entre dos mundos.

  Una madrugada, Johana escuchó a su hijo tarareando aquella canción sagrada de su romance. Se acercó y lo abrazó mientras el niño, aún entre sueños, le dijo:

—Papi me pidió que la cantara… para que supieras que sigue cuidándonos.

Décadas después, Johana, ya anciana y frágil, sostenía la fotografía con manos temblorosas.

—Qué lindo muchacho… ¿quién es? —preguntó con voz lejana.

—Ese es papá, mamá —respondió Nicolás con ternura.

  A la mañana siguiente, Nicolás encontró a su madre dormida para siempre, abrazando la foto con una sonrisa serena. Había partido en paz, guiada por la mano invisible de Joaquín.

  Ahora, cada noche, Nicolás siente la presencia cálida de sus dos padres, que lo protegen desde el velo, recordándole que el amor verdadero trasciende incluso a la muerte.

 

FIN.

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