Verde Fortuna (1 de 3), Fernando Gutiérrez Almeira
Verde Fortuna
Fernando Gutiérrez Almeira
Había jugado a Fallout: New Vegas cinco veces y no me
hartaba. Al contrario, mi fanatismo crecía con cada partida. Para alimentarlo,
después de agotar todas las expansiones, me sumergí de lleno en un modding
minucioso, obsesivo. Fue entonces cuando, en una página de fans que ya no
existe, encontré un archivo de 814 KB sin reseñas ni changelog llamado
nv_goodsprings_extra.esp.
Casi no me quedaban pruebas por hacer cuando lo incorporé a
mi sexta partida. La única descripción que traía era: “Only loads at 38.
Only if plasma is drawn”. El usuario que lo subió no había usado ícono ni nickname;
se mantuvo anónimo, sin posible rastreo. La intriga me rondó la cabeza hasta
que por fin alcancé el nivel 37. Por el nombre del archivo, ya imaginaba que
tenía que volver a Goodsprings y alcanzar allí el nivel 38. Grindeé un buen
rato matando escorpiones en las cercanías, luego hice un viaje rápido a
Freeside y le compré un rifle de plasma a Gloria Van Graff, sin fijarme
demasiado en modificaciones ni perks.
Cuando regresé a Goodsprings con nivel 38, noté el cambio en
un sector que antes solo tenía malezas y rocas. Ahora había una casucha de
techo agujereado y paredes castigadas por el tiempo. El renderizado del mod me
sorprendió: era demasiado detallado, como si otro motor, distinto al del juego,
hubiera tomado el control. Pero lo que más me impactó fue que, en cuanto
enfoqué la vista hacia allí, el tiempo en el pueblo cambió drásticamente. Se
nubló de forma extrema, la luz se volvió pálida y angustiante, y se levantó un
viento que arrastraba polvareda y plantas rodadoras. Todo presagiaba algo
tétrico, y puedo afirmar con certeza que así fue.
La puerta de la casucha cedió sin necesidad de ganzúa, a
pesar de mi baja habilidad para forzar cerraduras. Dentro, la iluminación era
aún más pobre, pero alcanzó para explorar la pequeña habitación en ruinas. Ni
un NPC para desahogar mis ansias de matanza. Solo un fregadero roto, una mesa
destartalada con dos paquetes de Abraxo y un encendedor, una heladera que no
valía la pena abrir —dentro solo había una botella de leche vacía— y, lo
importante, una escotilla en el suelo mugroso rodeada de hongos fluorescentes
para mejor señalamiento.
Una escotilla en una habitación sin looteo siempre
anuncia secretos. La forcé con mi nivel experto y, tras romper cinco ganzúas,
logré abrirla. El chirrido fue tan nítido que pareció asaltar mis oídos. Fue
entonces cuando me di cuenta de algo completamente anómalo: estaba sintiendo
frío. Un frío que había invadido mi apartamento en pleno verano. Por un segundo
quité la vista de la pantalla y miré por la ventana. Afuera brillaba un sol
radiante bajo un cielo de un azul intenso y no necesitaba asomarme para saber
que allí estarían, flanqueando la rambla, la Playa Ramírez y el Parque Rodó.
Todo eso, en ese momento, resultaba ser una anécdota lejana. Yo estaba a punto
de bajar por aquella escotilla mientras el frío inexplicable me envolvía y
procuraba, insidioso, atravesarme la piel y calarme los huesos.
Podrás decirme que ahí debí abandonar el juego, quitar el
mod y volver a lo seguro. Pero me pudo más la tentación del diablo: ese diablo
anónimo que subió el archivo para que yo, o algún otro incauto, cayera en lo
que hoy sufro y gozo como una intensa adicción.
Bajé después de poner el juego en pausa y abrigarme con mi
mejor sacón de invierno. La escotilla se cerró tras de mí con un golpe seco,
como una maldición que yo mismo hubiera invocado. No fue una simple transición:
fue un cierre real, con un chirrido más profundo y perturbador que el de la
apertura. Supe en ese instante que no volvería a abrirse hasta que completara
una misión sin nombre, sin pistas y sin indicaciones, una misión que nunca
aparecería enlistada en mi Pip-Boy.
Solo podía ver la escalera en aquella oscuridad total
gracias a la luz de la linterna. Bajé durante un par de minutos que se me
hicieron eternos. Al frío se sumó pronto una extraña humedad eléctrica que se
me metía por la nariz y me bajaba por la garganta. Era, lo supe sin pensarlo,
una pura maldición de gamer, pero ya no tenía intención de echarme
atrás.
Al llegar al fondo empecé a caminar entre siluetas
laberínticas de paredes mohosas, pisando suelos húmedos donde a veces crujían
fémures y cráneos cuya blancura resaltaba bajo el haz de luz verdosa. Avancé
sin regreso posible hasta que por fin los vi.
Eran una multitud tiesa, de ojos vidriosos, que castañeteaba
los dientes. Pude sentir con claridad el crujido de sus articulaciones antiguas,
el gorgoteo de sus gargantas y sus lamentaciones. A sus pies había cientos de
células de microfusión esparcidas. Comprendí al verlas por qué el mod exigía el
rifle de plasma. Allí solo tendría a mi favor el verdor de sus disparos y el de
la luz de mi linterna. Verde sería mi fortuna y negra mi caída.
Me aseguré de que el rifle estuviera cargado a full y avancé
hacia ellos.
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