Apócrifos de Platón - Por Sebastián Walch Abete
En un pasaje atribuido a Platón, hallado —según dicen los sacerdotes de Sais— entre papiros ennegrecidos por el humo del incienso y el paso del tiempo, se relata lo siguiente:
El gato: ¿dios enmascarado o demonio benévolo?
Cuando abandoné Atenas y navegué hacia las tierras negras del Nilo, deseoso de aprender aquello que los egipcios dicen conocer desde antes que los helenos soñaran con la filosofía, creí encontrarme con hombres sabios. Y en verdad los hallé. Pero descubrí algo aún más extraño: animales ante los cuales incluso los hombres sabios inclinaban la cabeza.
No hablo del ibis ni del cocodrilo sagrado, sino del gato.
En Egipto, el gato no camina como criatura sometida, sino como un rey desterrado que recuerda todavía su antiguo trono. Se desliza entre columnas y mercados sin pedir permiso a nadie; entra y sale de las casas como quien visita territorios propios. Los hombres le ofrecen leche, pescado y refugio, pero jamás obediencia verdadera, porque nadie puede mandar sobre aquello que no teme.
Observé entonces algo admirable y terrible: los egipcios aman al gato como se ama a ciertos hombres extraordinarios; no porque sean útiles, sino porque son incomprensibles.
El perro, en efecto, sigue al hombre como el discípulo sigue al sofista que le promete seguridad. El loro repite palabras como los políticos en la asamblea. Pero el gato… el gato escucha en silencio, juzga desde lejos y se marcha cuando descubre que ya no tiene nada que aprender de nosotros.
Uno de los sacerdotes de Bubastis me habló de Bastet, la diosa felina. Decía que podía mostrarse suave como la sombra fresca del templo o feroz como la guerra. Por eso danzaban y bebían vino en sus festividades: no para honrarla solamente, sino para apaciguarla. Pues los dioses más peligrosos no son aquellos que rugen, sino aquellos que sonríen mientras observan.
Y vi también cómo lloraban la muerte de un gato más que la ruina de algunas cosechas. Un anciano me dijo:
“Quien mata un gato, hiere el equilibrio entre los hombres y lo invisible”.
No supe si aquello era superstición o sabiduría.
Los egipcios cuentan incluso que, en una guerra contra los persas, muchos soldados prefirieron bajar las armas antes que arriesgar la vida de los gatos que el enemigo llevaba en sus escudos. Tal era el respeto —o el miedo— que sentían hacia esos animales.
Entonces comprendí algo que jamás había enseñado Sócrates en la plaza pública: hay criaturas que no necesitan hablar para humillar nuestra soberbia.
Porque el hombre cree domesticar al gato del mismo modo en que cree dominar la naturaleza, gobernar la ciudad o poseer la verdad. Sin embargo, basta convivir unos años con un felino para advertir la realidad: nosotros abrimos puertas, cambiamos hábitos, protegemos muebles y toleramos caprichos, mientras él permanece intacto, libre e indiferente a nuestras pretensiones de autoridad.
Así, empecé a sospechar que el gato fue el único animal que aceptó vivir junto al hombre sin renunciar jamás a sí mismo.
Y quizá por eso nos inquieta.
Pues contemplar un gato es contemplar aquello que los hombres perdimos hace tiempo: la capacidad de vivir sin pedir aprobación.
De modo que aún hoy ignoro si el gato es un dios disfrazado con piel y bigotes, o un pequeño demonio benévolo que tolera nuestra compañía por pura diversión. Pero sí sé esto:
quien jamás haya sentido el peso silencioso de la mirada de un gato en mitad de la noche, tampoco comprenderá por qué algunos pueblos llegaron a adorarlos más que a sus propios reyes.
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Quiero un gato 😺
ResponderEliminarhermoso💕💕
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